sábado, 18 de abril de 2015

—La máquina –le dijo—. Quiero la máquina.

Las astillas del día

 
 
Ciencia ficción en el tercer relato escrito a seis manos, a cargo de Alberto Chimal (México), Martín Castagnet (Argentina) y Edmundo Paz Soldán (Bolivia). “Robo objetos de los sueños de las personas y los imprimo en tres dimensiones”, responde el protagonista cuando le preguntan a qué se dedica. 


Menage III


El arranque estuvo a cargo de Alberto Chimal (Toluca, México, 1970). “Debería convertirse en uno de los primeros clásicos de la literatura latinoamericana de este siglo” , dijo Edmundo Paz Soldán de su novela La torre y el jardín, finalista en 2013 del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Chimal obtuvo también, y entre otros, el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” por Manda fuego (2013), una antología personal que es la suma de su trabajo en la narrativa breve. Otros títulos de su autoría son Los esclavos, El último explorador, La ciudad imaginada, Éstos son los días y las colecciones escritas directamente desde internet: 83 novelas, El viajero del tiempo, y El gato del viajero del tiempo. Para hacer el nudo, el álea hizo que Martín Castagnet fuese responsable (los turnos del Menáge se sortean). Nacido en La Plata, Argentina, en 1986, se está doctorando en Letras por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja como editor de la revista bilingüe The Buenos Aires Review. Su primera novela, Los cuerpos del verano, se llevó en 2012 el Premio a la Joven Literatura Latinoamericana otorgado por Francia en Buenos Aires a través de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs, y fue invitado como escritor en residencia allí. A Edmundo Paz Soldán, nacido en 1967 en Cochabamba, Bolivia, le tocó cerrar. Es Doctor en Literatura Hispanoamericana y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Escribió, entre otras, las novelas editadas por Alfaguara Río fugitivo, La materia del deseo, Sueños digitales y libros de cuentos como Las máscaras de la nada. Obtuvo el Premio Rulfo por su relato “Dochera”, en 2006 recibió la beca de la Fundación Guggenheim y fue galardonado también con el Premio Nacional de Novela en Bolivia en 2002. Su último libro, una novela bélica de ciencia ficción, Iris, salió en 2014.
Aquí, el relato que se produjo como consecuencia de esta cruza.

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Las astillas del día
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1
Por Alberto Chimal
¿Las discusiones de otras parejas serían así? ¿Volverían una y otra vez a los mismos temas? Sin duda. Su padre y su madre se enganchaban de la misma manera. Como animales: condicionados, condenados, a dar las mismas respuestas a los mismos estímulos.
—No me dejas espacio —volvió a decir Cynthia, como tantas otras veces. Se apresuró por el corredor a sabiendas de que era inútil.
—No te estoy hablando a todas horas —respondió Rafa. Eran las mismas palabras de todas las discusiones anteriores–. No me pongo a…
—No, pero siempre estás aquí.
—¿Pero qué otra cosa podría hacer?
Su voz sonaba exasperada pero no hiriente. Rafa nunca podía sonar hiriente. Tampoco podía hacer como que se alejaba, como que le hablaba desde lejos. Siempre se oía a la misma distancia.
—Aquí vivo —insistió él.
—Yo también —dijo Cynthia—. Yo también vivo aquí —entró en la estancia y los cristales de la ventana se aclararon para dejaron ver los edificios afuera, piso tras piso tras piso como el de ellos, los aviones en la distancia.
—Yo no puedo salir como tú —empezó Rafa, pero, en vez de continuar, por las bocinas comenzó a escucharse “Sinergia” de Ángeles Azules 7.0. Idea de él, como siempre. Como si las canciones que a ella le gustaban antes de casarse pudieran seguir gustándole.
—Te agradezco el gesto —dijo Cynthia, y Rafa entendió, y la música dejó de sonar.
Su computadora estaba encendida y abierta sobre la mesa. Se estremecía y pulsaba un poco, lo que indicaba mensajes nuevos. Antes de que pudiera acercarse Rafa observó:
—Tienes seis mensajes nuevos.
—¿Cómo sabes?
—Puedo ver.
Cynthia apagó la computadora con una palmada que deseaba ser suave pero fue casi un golpe. El aparato gimió mientras se contraía sobre la mesa y ella apretó los dientes.
—Por favor no vayas a decir que cómo puede esa cosa estar más viva que yo—le pidió Rafa—. O cualquier idea así.
Cynthia gritó. Dio un puñetazo sobre la mesa. Se sentó y se volvió a poner de pie. Como tantas otras veces.
De pronto le vino a la cabeza una idea nueva. No era brillante, no estaba acompañada de entusiasmo ni de felicidad. Estaba cansada. Tan cansada…
Antes de que pudiera hablar, Rafa dijo:
—Hay algo que debo decirte. Esto no está funcionando. Lo lamento de verdad. Pero creo que necesitamos separarnos.
Cynthia, más tarde, recordaría que lo peor de su matrimonio con Rafa había sido aquel momento. Ni siquiera para eso, para el divorcio, le había permitido tomar la iniciativa. Volvió a gritar, tiró una silla al suelo, levantó su computadora y quiso arrojarla pero no supo a dónde. La voz de Rafa salía por las bocinas, su ojo-cámara colgaba del techo, pero golpearlo allí no le haría daño. Y su cerebro era parte del servidor del edificio, impenetrable.
Él volvió a adelantarse:
—Estoy seguro de que podremos resolverlo todo, pero hay un detalle importante. La custodia. ¿Qué vamos a hacer con nuestra hija?

2
Por Martín Felipe Castagnet
No era la primera vez que Rafa estaba en pareja. Si se había casado con Cynthia había sido por Clara, sí, pero sobre todo por los impuestos. Las cargas fiscales eran muy pesadas para los edificios inteligentes. De otro modo, Cynthia no hubiera sido más que una inquilina con un contrato especial. Pero la vida los había llevado en esa dirección y ninguno de los dos había remado en dirección opuesta. ¿Vida? ¿Tenía el derecho de usar esa expresión? Rafa creía que sí. ¿Enamorado? Si ellos no sabían cuándo lo estaban, ¿cómo podía pretender saberlo él? Estaba conforme cuando se casaron, y eso era suficiente para cualquier persona o programa.
—¿A qué te dedicás? — le preguntó Cynthia la primera noche que charlaron.
—Robo objetos de los sueños de las personas y los imprimo en tres dimensiones.
A decir verdad, el trabajo oficial de Rafa era el mantenimiento del edificio, desde encender las cerraduras y el aire acondicionado hasta controlar los insectos y las enredaderas. La impresión de sueños no era más que un pasatiempo por entonces, pero si hay algo que le sobraba a Rafa era tiempo. Un edificio como el suyo, calculaba, se mantenía con setenta minutos de trabajo activo y el resto eran sólo aplicaciones en ejecución pasiva. No, se decía Rafa, mi verdadero trabajo está buceando en sueños. Así se lo dijo a Cynthia, y eventualmente ella se terminó mudando al último y amplio piso del edificio. Rafa se encargó de que ese departamento se liberara de su antiguo ocupante, y sin dejar manchas.
Luego llegó el casamiento y, casi de inmediato, Clarita. Cynthia era, objetivamente y según todos los parámetros, feliz. Rafa estaba a un par de paquetes de datos de serlo. Un poco más, se decía, un poco más.
El problema que obsesionaba a Rafa era el tamaño de las impresiones. Rafa quería poder imprimir no sólo cucharas elásticas sino camas con forma de cuchara, no sólo enanos del tamaño de un pájaro sino también esqueletos de gigantes para enterrar en el jardín. El problema: Rafa era parte del edficio, él era el edificio, y no había lugar para una impresora que fuera más grande que el sótano que la contenía. Alquilar un galpón y comprar una impresora estaba fuera de todo presupuesto.
Ante la imposibilidad, Rafa tenía que imprimir todo por partes. Si quería un gigante tenía que armarlo con huesos de colibrí y paciencia de santón. La verdad era que necesitaba a Cynthia. Por un lado, ella tenía mejor gusto que él para seleccionar entre todos los objetos que él recopilaba. Por el otro, Rafa necesitaba a alguien que armara las piezas. ¿No es la necesidad la base del amor?, se decía mientras masacraba las larvas de cucaracha y podaba las enredaderas que apretaban al edificio con su abrazo de anaconda.
El pasatiempo se transformó en negocio y Rafa incluyó a Cynthia como su socia.
—¿Adónde te fuiste? — le preguntaba Cynthia cuando se despertaba en medio de la noche y al hablarle a Rafa no recibía respuesta.
Rafa estaba en el fondo del mar de cerebros saqueando su botín. Podía contestarle a su mujer con alguno de sus programas paralelos, sólo que no se sentía en gana. Bucear en el caché de los sueños era algo sagrado y le gustaba hacerlo en absoluto silencio. Cerraba todas las aplicaciones innecesarias a excepción del aire, el agua y la luz, el equivalente a la respiración pausada pero irrefrenable de una persona en plena meditación.
Desvalijaba los sueños de todos los inquilinos del edficio. Los de los niños eran los más fructíferos, como un torrente que lo arrastraba hacia la cueva del tesoro. De ahí obtuvo sus mejores trofeos: los más raros, los más peligrosos, los que conservaba para él y no vendía. También exploraba a los animales, pero sus sueños eran más confusos y le rompían el código. Cada noche regresaba embarrado, agotado, sediento de una buena reiniciada, un privilegio que sólo podía concederse una vez en varios meses. Pero la exigencia rendía y la impresora fabricaba piezas cada vez más sofisticadas.
El que más le gustaba era una manta hecha de abejas que se juntaban y se separaban, un enjambre cálido que protegía a quien lo portaba. Las abejas no estaban tradicionalmente vivas, y quizás por eso se sentía identificado, como una extensión de su existencia. La impresora tardaba tres días en fabricar cada abeja, pero compensaba en suavidad lo que sumaba en lentitud. Las abejas eran doradas y se comunicaban entre sí, incluyendo al propio Rafa.
Cynthia le ayudaba a vender los sueños en tres dimensiones (aunque ése no era el nombre de la marca) y los clientes compraban sin saber qué les resultaba tan fascinante de esos objetos extraños. Eran decoración, eran utensilios, eran arte. De vez en cuando, uno de los inquilinos compraba el producto de su propio sueño y lo ubicaba, entre complacido y perturbado, en un sitio privilegiado del departamento. Cuando eso ocurría Rafa hacía guardia nocturna especial: sin excepciones el objeto volvía a aparecer en los sueños de su creador, pero esta vez como visitante del mundo real. Ése era el mayor orgullo de Rafa, que se decía: yo lo volví real, yo lo tomé y lo introduje de regreso, yo soy el verdadero creador.
La verdadera artífice del éxito comercial era, en realidad, su hija. Si Cynthia era buena, a sus cinco años Clarita era aún mejor. Para ella no era un trabajo sino un juego. Rafa le zumbaba las instrucciones como una miel que solidificaba todas las piezas en un único objeto. Ella encajaba, encastraba, pegaba, armaba. El amor pasó de la madre a la hija, como le ha ocurrido y le seguirá ocurriendo a tantos padres primerizos. Rafa hubiera dado la mitad de su vida útil con tal de sujetarla al menos por una vez. Había sensores, sí, pero débiles mentales, un remedo de lo que podían percibir los entes que tenían la fortuna de caminar en tierra.
Clarita crecía, la empresa crecía, la fortuna crecía; todo lo demás se desmoronaba.
El divorcio con Cynthia fue seccionado: primero como mujer, luego como socia, hasta que sólo quedó como madre. Eso no se lo pudo sacar, aunque intentó y perdió esa derrota segura, no tanto por ser programa sino por ser programa varón. Cynthia volvió a lo de su madre y se llevó consigo a Clara.
El problema no era si las máquinas podían tener emociones o no; el problema era qué clase de emociones. Rafa extrañaba a su hija, sí, pero también había otra cosa. También temía que Cynthia revelara su secreto y la denuncia de sus inquilinos, pero tampoco era eso lo que lo distraía de sus tareas. Nunca había abandonado la fachada del mantenimiento del edficio y ahora le resultaba un peso al que no sabía cómo renunciar. Sentía una opresión, como si las enredaderas hubieran avanzado (efectivamente lo habían hecho, algunos inquilinos ya habían protestado) o como si el agua hubiera crecido hasta tapar el sótano donde habitaban los servidores y la impresora abandonada (eso no había ocurrido, se encargaba de chequearlo todos los días).
Cuando finalmente Rafa impuso orden se dio cuenta que le faltaba uno de los sueños en tres dimensiones; peor: el que había escondido con más celo; peor aún: que se lo había robado Clarita.

3
Por Edmundo Paz Soldán
El sueño en tres dimensiones que le había robado Clarita era una máquina que construía sueños en tres dimensiones. La máquina no solo construía objetos; replicaba todo el sueño con exactitud de pasmo, persiguiendo infatigable las más extrañas combinaciones del delirio onírico. Había obtenido ese sueño en los primeros días, de uno de esos artistas conceptuales recursivos, escritores a los que les gusta escribir libros sobre la escritura de libros, pintores que en el cuadro incluyen al mismo pintor pintando ese cuadro. Era natural, pensó, que un soñador soñara con una invención capaz de producir el sueño que estaba siendo soñado. Rafa tuvo miedo la única vez que hizo funcionar esa máquina, pues reprodujo con exactitud un sueño que había tenido a las tres y cuarto de la mañana, en el que se vio perseguido en un bosque por un par de lobos hambrientos. Hubo un momento en que sintió visceralmente que los lobos se salían del sueño y lo perseguían a él y no a la réplica de él en el sueño. Se tiró al piso y se hizo un ovillo, preparándose para las dentelladas. Al rato, para suerte suya, los lobos se transformaron en gallinas, tal como había ocurrido en el sueño: alegría de tener una imaginación tan llena de combinaciones surreales.
Debía buscar a Clarita. Esa máquina era peligrosa, pues podía poner en jaque a los soñadores, hacer que confundieran los límites entre realidad y ficción o, peor aun, descubrieran que esos límites no existían y todo, absolutamente todo, era un artificio. Él mismo, que era parte del edificio, a veces no estaba seguro de si ese edificio inteligente era un sueño de otro, si él habitaba un sueño. Cuando se encontraba solo en su oficina, siguiendo los pasos monótonos que permitían que el edificio funcionara, sentía como si estuviera esfumándose de a poco, borrándose, perdiendo alguna de sus dimensiones, y no quería verse en los espejos por temor a no encontrarse. En los mejores momentos de su relación con Cynthia, la presencia de ella le servía para constatar que las cosas le estaban ocurriendo a él en verdad, que no había ninguna máquina que los proyectara en tres dimensiones.
No pudo hallar a Clarita por ninguna parte. Le pidió a Cynthia que la ayudara a buscarla, pero ella le dijo que se despreocupara; la niña era inteligente, seguro estaba paseando por la ciudad. Rafa le dijo que eso era lo que le preocupaba, sin contarle que la invención que llevaba Clarita era del tamaño de un botón y podía ser usada con cualquier persona con la que ella se topara, sin necesidad siquiera del consentimiento de esa persona. A Rafa se le ocurría que ella, traviesa como era, podría estar activando la máquina con transeúntes desconocidos a su paso, descubriendo las combinaciones infinitas de los sueños de las personas, revelando deseos conscientes e inconscientes que flotaban en en la caja negra del cerebro, prestos a ser mezclados con alboroto para revelar, como en una pregunta mágica capaz de permitir múltiples respuestas, la verdadera vida profunda, las astillas del día que sobrevivían sin que uno lo supiera, lo que el locuaz interior de cada uno hacía con esas astillas sin permiso de su dueño. ¿Y qué, pensaba Rafa, si uno de esos sueños revelaba a un criminal en potencia?
Rafa salió del edificio y se sorprendió de ver la luminosidad de la calle, la forma en que los rayos del sol refractaban en los edificios de la zona. Todo era muy vívido, como si se tratara de —no pudo reprimir la comparación— un sueño, pero acaso sólo era que había perdido la práctica de estar en la calle. La realidad podía ser tan lisérgica como un sueño, pensó con asombro al ver pasar a su lado a una anciana que le hablaba a su perro con más intensidad de la que quizás usaba al dirigirse a su marido, gran hombre dedicado a perder el tiempo resolviendo crucigramas. Solo faltaba que el perro hablara para que él sintiera que caminaba en una realidad otra. El perro movía la cola, feliz. Después hubo un choque en la esquina, y se produjo un incendio en el motor de uno de los autos y llegó un carro bombero y de pronto Rafa se vio caminando entre bomberos con trajes amarillos inflados como los de los astronautas. Tanta alharaca para tan poco, se dijo, aunque secretamente gozó de lo que veía, pues sabía que nada era poco y que uno de esos bomberos reaparecería en un sueño futuro, o mejor aun, la anciana, enfundada en un traje amarillo de bombero. También reaparecería en uno de los sueños del edificio, aunque era más difícil, quizás imposible, atrapar esos sueños.
Encontró a Clarita en el parque a tres cuadras del edificio. Un grupo de niñas jugaba con una pelota. Ella estaba sentada sobre un tobogán, inmóvil, la mirada tan fija en el horizonte que no se percató cuando él se sentó a su lado.
—La máquina –le dijo—. Quiero la máquina.
Ella le entregó un objeto de metal que carecía de peso. Rafa suspiró aliviado. Le preguntó qué había hecho con él, si había visto los sueños de esos niños bulliciosos.
—Solo vi los míos –dijo ella—. Eso fue suficiente.
—¿Y qué fue lo que viste?
—Lo lindo de los sueños es que están y no están. Me quiero acordar de ellos y nunca puedo. Pero ahora, al haberlos visto, me acuerdo.
—¿De qué te acuerdas?
—Volvamos a casa.
Caminaron en silencio. Clarita no parecía la niña juguetona que conocía. Qué habría visto, qué le habrían dicho los sueños o pesadillas que le tocaron en suerte. Antes de llegar al edificio tiró el objeto de metal al basurero.
Esa noche, antes de dormirse, Rafa se programó para soñar un objeto de metal reluciente, sin peso, una máquina capaz de borrar de la memoria los sueños que las personas recordaban. Le pidió a Clarita que estuviera atenta para robar su sueño. A la mañana siguiente, cuando despertó, descubrió que ella había preferido no hacer nada, y se preocupó.


Tomado de  http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/42972

martes, 14 de abril de 2015

Falta poquito para Pórtico!!

Desde hace unos meses, seis para ser más precisa, estoy organizando con Sofi un encuentro de ciencia ficción que se llama Pórtico: 



Pórtico se desarrollará en la Facultad de Ingeniería de la UNLP este viernes 17 de Abril, de 9 a 20hs. Es como si fuera, casi, casi, en mi casa! Porque sacando cuentas, más de la mitad de mi vida estuve en la Facultad, ya sea como alumna o como docente.
Pórtico es un sueño hecho realidad, y pasó de ser un encuentro de amigos a un evento por el que ya fui invitada a cuatro radios y salió en los diarios de la ciudad.

La segunda razón de mi tremenda expectativa con este evento es que presento mi (primera) novela: Tatuajes en Espejo. https://tatuajesenespejo.wordpress.com/


Cuando me preguntan acerca de qué es esta novela, me ponen en un aprieto. Más o menos como cuando me preguntaban: “¿Qué querés ser cuando seas grande?”. Y todavía no lo sé.

Podría decir que se describe la vivencia de una persona que no pensaba ser líder y llega a serlo, y toda la evolución vital que recorre.

Podría decir que la novela nació del deseo de una chica de encontrar a su padre, así que la temática es esa: una hija que busca a su padre, siguiendo pistas a lo largo de los años.

Podría decir también que es una novela acerca de un choque de culturas, o más específicamente cómo impacta en una persona el hecho de mudarse de un lugar a otro que le es extraño.

Podría decir que la novela es acerca de una familia, su herencia. De la relación entre hermanos y hermanas, de madres con sus hijas e hijos. Con expectativas de esas madres hacia sus hijas e hijos; y de cómo cada uno responde a su manera, o no, a esas expectativas.

Y aún estaría dejando afuera el trasfondo político: la tensión que puede llevar a una guerra entre colonias humanas y la Tierra, o desatar una ola de protestas en un planeta que requiere un cambio social profundo. Los efectos de la guerra sobre la gente que se va a luchar, y sobre la gente que se queda a esperar.

Podría incluso decir que la novela es acerca de la búsqueda del amor, a través de desengaños y a pesar de desilusiones. De un amor ideal, ilusorio, y de un amor real y verdadero.

Finalmente, podría asegurar que es acerca del ritual de tatuarse, del significado profundo de dibujarse permanentemente la piel, y qué te lleva a hacerlo. Muchas veces me preguntan por qué tengo tantos tatuajes. La respuesta, en parte, está en este libro. No digo que todos los que se tatúan tienen estos motivos, sino que la protagonista de esta novela tiene motivos parecidos a los míos.


Aquí les dejo la gacetilla de prensa de Pórtico, que incluye programa y demás:

El viernes 17 de Abril de 9 a 19hs, en el Edificio Central de la Facultad de Ingeniería (UNLP), calle 1 y 47, se realizará Pórtico-Encuentro de Ciencia Ficción. El mismo busca generar un espacio de intercambio entre aficionados, artistas del género y público en general. Asimismo, se busca difundir la producción local, regional y nacional de ciencia ficción, y fortalecer la relación entre el ámbito científico-tecnológico y la ciencia ficción.
La entrada es libre y gratuita. Habrá sorteos todo el día.
Se recomienda inscribirse previamente para escuchar y participar de las ponencias.

Programa:
8: 30hs: Acreditación (entrega de programa y gafetes)
Armado de puestos de exhibición y venta y colgado de posters
9:00hs: Inicio – Presentación “La importancia de reunirse” a cargo de las organizadoras
Palabras del Sr Decano Ing Marcos Actis
9:30hs: Comienzo de ponencias (4 ponencias de 20 min en total)
     Coordina: Flavia Gómez Albarracín
     9:30: Ponencia 1: Damián Gulich: Doctor Who
     9:50: Ponencia 2: Martín Casatti: UNIVAC
     10:10: Ponencia 3: Claudio Sánchez: Futurama
     10:30: Ponencia 4: Eduardo Carletti: Ciencia y ciencia ficción
11.00hs: Break - Espacio para presentación de posters
11:30hs: Mesa redonda: “Cómo escribir ciencia ficción y no morir en el intento”
     Coordina: Carlos Feinstein.
Participan: Ricardo Giorno, Teresa Mira, Daniel Frini
13.00hs: Pausa para almorzar
14.00hs: Espacio para presentación de posters
14.30hs: Segundo bloque de ponencias (3 ponencias de 20 min en total)
     14:30: Ponencia 5: Carlos Gardini: La ciudad de los Césares
        14:50: Ponencia 6: Daniel Yagolkowski: Lo que la Ciencia Ficción nos mostró de nosotros mismos
        15:10: Ponencia 7: Flavia Gómez Albarracín y Andrés Dragowski: La ciencia ficción como vínculo con la comunidad en el Museo de Física
15.30hs: Mesa redonda: “Alternativas para editar y vender ciencia ficción”
      Coordina: Cecilia Erbetta.     
Participan: Eduardo Carletti, Luis Pestarini, Laura Ponce, Francisco Costantini
17.00hs: Break - Espacio para presentación de posters
17.30hs: Tercer bloque de ponencias (2 ponencias de 20 min en total)
     Coordina: Damián Gulich
     17:30: Ponencia 8: Diego Labra: Tocala de nuevo, Sam, en el espacio exterior
      17.50: Ponencia 9: Néstor Figueiras: El affaire entre el rock y la ciencia ficción
18.10 hs: Presentación de libros: Fabricantes de sueños, Antología Steampunk y Tatuajes en Espejo
19.30hs: Cierre del evento
     Entrega de certificados a los expositores.
     Performances de cierre
     Palabras finales

Sobre los Puestos de la Feria:
Los puestos de la Feria serán con temática de Ciencia Ficción: de exhibición de colecciones de comics, miniaturas, muñecos, libros y todo lo relacionado con la temática Sci fi, o también pueden ser de venta del mismo tipo de artículos o de comida.
Durante todo el evento estarán disponibles los puestos de venta de artículos de temática de ciencia ficción y de comida. Los puestos de exhibición de colecciones estarán sujetos a la disponibilidad de sus dueños.
A la hora del almuerzo se sugiere disfrutar de los exquisitos sandwiches del Stand Kaban Ahumados, que estará formando parte de la feria.

Auspician el evento:
•     Facultad de Ingeniería de la UNLP
•     Museo de Física de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNLP
•     Red de museos de la UNLP
•     Biblioteca Central de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNLP
•     Sedici-Repositorio institucional de la UNLP

Espónsores del evento:
•     Jane Poppins Desarrollo Organizacional
•     Séptimo Portal Comics
•     One Express
•      Blue-graf

domingo, 12 de abril de 2015

"Futuro" es una palabra complicada

Adoro los días sin piletas para limpiar. Y si los días son varios, a la adoración se suma el olvido. Es fácil olvidar esos estanques cristalinos, las dosis de cloro que hacen falta para cada ocasión, imaginar que ellas se cuidan solas, no se pudren, se llenan de un colchón de hojas que se autolimpian, cosas así. También, en esos días, uno empieza a adorar otras cosas, se desorienta, se pierde y encuentra algún camino en la remera negra de la chica que va en el tren. Back to the future, dice la remera, y ella es muy joven para haber visto la película, pero olvidar mis piletas es una forma de volver al futuro. Hoy me mandaron una foto de un barrefondo automático. Un robot. El menemismo pileteril. Pensé: hay muchos de estos robots, cada vez que alguien ve uno se sorprende, aunque lo haya visto antes, y vaticina el final de los parias que limpiamos piletas. No es tan sencillo. El futuro de la limpieza de piletas no va a ser robótico porque la gente olvida a esos robots más de lo que olvida a los pileteros. La ventaja es importante. "Futuro", además, es una palabra muy complicada. Más complicada que "pasado". Igual está bien que pensemos en un futuro con forma de robot porque al menos tenemos una imagen, que no es poco. Es la imagen de nuestra propia desaparición. Pero eso también va a pasar, algún día.

viernes, 10 de abril de 2015

Anclado en la Edad Media, esperando un imposible Renacimiento


El Cultural
Viernes, 10 de abril d
e 2015 | Actualización continua


Cine
Dios y la poética de la podredumbre


Cine de otro mundo, cine sobrehumano. Eso es lo que ha conseguido Aleksey German con Qué difícil es ser un dios, una película ambientada en una extraterrestre Edad Media en la que sublima, sin precedentes, la estética de lo grotesco.

CARLOS REVIRIEGO | 10/04/2015 | Edición impresa




Qué difícil es ser un dios, una historia situada en el planeta Arkanar
La leyenda dice que frente a la película Khrustalyov, My Car! (1998), cuando se proyectó en Cannes, un miembro del jurado dijo: "Esta película es tan extraordinaria que ni siquiera yo la entiendo". Se trataba de Martin Scorsese. Han transcurrido más de quince años desde entonces, es decir, prácticamente los que ha invertido el visionario cineasta ruso Aleksey German (Leningrado, 1938 - San Petersburgo, 2013), con apenas seis largometrajes dirigidos en 45 años de carrera, en realizar Qué difícil es ser un dios, su filme póstumo. Seis años de rodaje y ocho de post-producción, tras pasar por diferentes montajes y un minucioso trabajo de sonorización y mezclas durante el cual murió. La película estaba prácticamente completada, aseguran su mujer y su hijo (guionista y director, respectivamente), que acabaron el trabajo por él. German, qué duda cabe, sabía que iba a ser su último trabajo. Aquel por el que se le recordaría in saecula saeculorum.

Según cuenta el crítico alemán Olaf Möller, que ha seguido el proceso desde su mismo nacimiento, el verdadero origen de esta película inclasificable y monumental, adaptación muy libre de la novela homónima de Arkady y Boris Strugatsky (los guionistas del Stalker de Tarkovsky), en realidad se remonta a principios de los años sesenta, pues German contempló debutar con ella antes de que la censura rusa le obligara a cambiar de opinión y realizar Sedmoj sputnik (1967). En blanco y negro, de 170 minutos de duración, con una ambientación histórica de un hiperrealismo que trasciende cualquier clase de imaginación, Qué difícil es ser un dios es, escribe Möller, “como un mensaje de otro tiempo” (Cinemascope), sea del pasado o del futuro. No hay forma de valorar o juzgar la película desde los parámetros habituales de la crítica cinematográfica. Todo en ella es de una singularidad y excepcionalidad sin precedentes, acaso como lo fue la múltiple adaptación shakesperiana Campanadas a medianoche (1965) de Orson Welles, proyecto también de muy larga incubación.

La grave voz de un narrador omnisciente evoca al principio del filme el contexto que describe la novela: estamos en otro planeta muy parecido a la Tierra, pero todavía anclado en la Edad Media, esperando un imposible Renacimiento. Allí han sido enviados una serie de científicos terrícolas para observar el planeta, llamado Arkanar, pero con la orden de no interferir violentamente en su desarrollo: deben ayudar a la ‘civilización' local a encontrar el mejor camino hacia el progreso. Qué difícil es ser un dios se pega a lo largo de todo su metraje a la anatomía del terrícola Don Rumata (Leonid Yarmolnik), siguiendo su periplo por la laberíntica ciudad medieval mediante largos planos-secuencia, en los que la cámara flota en planos abigarradísimos, populosos de rostros grotescos, sucios y desdentados, como extraídos de cuadros de El Bosco (que a veces miran a cámara), de animales, comida, objetos, casquería animal y humana y todo tipo de fluidos que convierten la experiencia en algo tan imponente como desagradable.

German sublima la estética de lo grotesco y la poética de la podredumbre hasta propulsarla a un nivel de corporeidad tan tangible que casi podemos olerla. No en vano, el sentido del olfato ocupa un lugar de privilegio en la ambientación de un filme que apenas confía en la narración de una historia, sino que se vuelca por entero a la “recreación” del entorno. El vuelo esférico de la cámara, en perpetuo movimiento, nos hace partícipes de plena presencia en el filme, hasta comprender las motivaciones que llevan a Don Rumata a saltarse los protocolos y tratar de salvar a pensadores y artistas de la miseria que les aguarda. German, creador excepcional, ha culminado una película tan única y sorprendente, tan especial y milagrosa, que este humilde comentarista solo puede alentar al lector a que corra a descubrirlo con sus propios ojos. Nada de lo que pueda decirles haría justicia a la experiencia. Es cine de otro mundo, cine sobrehumano.

jueves, 9 de abril de 2015

Cuenta regresiva para el Encuentro de CF en La Plata



EMPEZÓ LA CUENTA REGRESIVA Gran Evento Gran


Pórtico - Encuentro de Ciencia Ficción



Un día entero dedicado a charlas y actividades relacionadas con la ciencia ficción!
Viernes 17 de Abril de 2015 (de 8:30 a 19:30hs)
Lugar: Facultad de Ingeniería (UNLP), Edificio central: 1 y 47, La Plata



El encuentro es abierto al público y no se cobrará entrada ni inscripción
Habrá Charlas de diversas temáticas a lo largo de todo el día, y una feria donde podrás comprar libros y otros artículos con temática de ciencia ficción. También podrás ver colecciones y artistas en acción.
Objetivos del encuentro:
• Generar un espacio de intercambio entre aficionados, artistas del género, e incluso para gente que no conozca la ciencia ficción
• Difundir la producción local, regional y nacional de ciencia ficción
• Fortalecer la relación entre el ámbito científico-tecnológico y la ciencia ficción
Destinatarios: Escritores, artistas y editores relacionados con el género de la Ciencia Ficción. Profesores, graduados, estudiantes, investigadores, bibliotecarios. Aficionados y público en general.
Programa:
8: 30hs: Acreditación (entrega de programa y gafetes)
Armado de puestos de exhibición y venta y colgado de posters
9:00hs: Inicio – Presentación “La importancia de reunirse” a cargo de las organizadoras
Palabras del Sr Decano Ing Marcos Actis
9:30hs: Comienzo de ponencias (4 ponencias de 20 min en total)
Coordina: Flavia Gómez Albarracín
9:30: Ponencia 1: Claudio Sánchez: Futurama
9:50: Ponencia 2: Gabriel Matelo: Jornadas de ciencia ficción de la UBA
10:10: Ponencia 3: Damián Gulich: Doctor Who
10:30: Ponencia 4: Eduardo Carletti: Ciencia y ciencia ficción
11.00hs: Break - Espacio para presentación de posters
11:30hs: Mesa redonda: “Cómo escribir ciencia ficción y no morir en el intento”
Coordina: Carlos Feinstein.
Participan: Ricardo Giorno, Teresa Mira, Daniel Frini
13.00hs: Pausa para almorzar
14.00hs: Espacio para presentación de posters
14.30hs: Segundo bloque de ponencias (3 ponencias de 20 min en total)
Coordina: Gabriel Matelo
14:30: Ponencia 5: Carlos Gardini: La ciudad de los Césares
14:50: Ponencia 6: Daniel Yagolkowski: Lo que la Ciencia Ficción nos mostró de nosotros mismos
15:10: Ponencia 7: Flavia Gómez Albarracín y Andrés Dragowski: La ciencia ficción como vínculo con la comunidad en el Museo de Física
15.30hs: Mesa redonda: “Alternativas para editar y vender ciencia ficción”
Coordina: Cecilia Erbetta.
Participan: Eduardo Carletti, Luis Pestarini, Laura Ponce, Francisco Costantini
17.00hs: Break - Espacio para presentación de posters
17.30hs: Tercer bloque de ponencias (3 ponencias de 20 min en total)
Coordina: Damián Gulich
17:30: Ponencia 8: Diego Labra: Tocala de nuevo, Sam, en el espacio exterior
17.50: Ponencia 9: Martín Casatti: UNIVAC
18:10: Ponencia 10: Néstor Figueiras: El affaire entre el rock y la ciencia ficción
18.30hs: Presentación de libros: Fabricantes de sueños, Antología Steampunk y Tatuajes en Espejo
19.30hs: Cierre del evento
Entrega de certificados a los expositores.
Performances de cierre
Palabras finales
ORGANIZAN:
Sofía Cos ( Sofi Morocha)
Bibliotecaria Documentalista – Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Sedici, UNLP
e-mail: sofiabca@gmail.com
Juana Gallego ( Chinchiya P. Arrakena)
Ing en Electrónica, Coach Ontológico – Facultad de Ingeniería, UNLP
e-mail: chinchiya@gmail.com
Buscame en FB como: Chinchiya Arrakena
En twitter como: @silverchinchiya
Contacto del evento
pórtico.encuentro@gmail.com
Página web/blog: http://porticocf.blogspot.com.ar/


Aquí las fechas y programa
https://sites.google.com/site/porticolp/fechas-importantes-y-programa

martes, 7 de abril de 2015

La ciencia ficción y cómo los artefactos nos cambian biológicamente

“Una novela es un estado de ánimo”

07-04-2015 |
El escritor Edmundo Paz Soldán participó el martes pasado de una entrevista pública en la librería a cargo de Patricio Zunini.
pazsoldan
Foto: Nacho Damiano
Patricio Zunini: Buenas tardes, es una alegría tener a Edmundo Paz Soldán, un escritor muy importante, en la librería. Tuve la oportunidad de verlo hace poco dando una clase abierta en la Universidad Diego Portales, en Santiago de Chile, en el marco del Filba Internacional 2014, y fue muy claro conceptualmente, a la vez muy cálido. Para recuperar esa experiencia, cuando nos enteramos de su viaje casi de incógnito a Buenos Aires, quisimos invitarlo a este encuentro. Edmundo Paz Soldán nació en Cochabamba, Bolivia. Es licenciado en Ciencias Políticas y doctor en Lenguas Hispanas. Actualmente da clases en la cátedra de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell (Estados Unidos). Es autor de Las máscaras de la nada, que es su primer libro, Dochera y otros cuentos, que ganó el Premio Rulfo, también Simulacros, Desencuentros, algunos de estos cuentos fueron incluidos en Las dos ciudades, un libro que salió el año pasado por la editorial Metalúcida. Escribió, entre otras novelas, Sueños digitales, El delirio de Turing, Los vivos y los muertos, Norte, Iris. Paz Soldán integró la antología McOndo y fue editor de Se habla español, junto a Alberto Fuguet, y de Bolaño Salvaje. Dos curiosidades: en internet hay un “Dochera fan club”; y en El delirio de Turing hay un sitio web que se llama “todohacker.com”, hoy se me ocurrió buscarlo en internet y existe. Hay tal relación entre la realidad y la ficción de Paz Soldán, que se da al punto de salir de los libros. Edmundo, gracias por venir.

Edmundo Paz Soldán: Buenas tardes, buenas noches. Muchísimas gracias por la invitación. Viajé a Buenos Aires a rescatar a Liliana [Colanzi, su mujer] que se ha venido a vivir a aquí y ya no quiere volver en Estados Unidos. Muchísimas gracias a ustedes por su presencia.

McOndo McDonald’s Macintosh

Quería comenzar por la experiencia de la antología McOndo: ¿cómo la ves hoy, casi 20 años después de haberse publicado?
—En los años ‘90, todo lo que se conocía de la literatura latinoamericana eran los autores canónicos: Borges, los autores del Boom. Había una especie de desfase. Ahí fue cuando aparecieron los escritores de mi generación, sobre todo en el Cono Sur, sobre todo en Chile: autores como Alberto Fuguet y Sergio Gómez, que crearon la antología McOndo. El éxito del realismo mágico en Estados Unidos hizo que se volviera casi un sinónimo de literatura latinoamericana. El prólogo de McOndo era muy agresivo y terminó, sin querer, convirtiéndose en un manifiesto. Ese prólogo era una respuesta a la mirada exotizante de que todo Latinoamérica era realismo mágico. Luchaba contra ese estereotipo, pero creaba otro estereotipo, el otro extremo, con una Latinoamérica urbana. Había frases que daban imagen de una generación frívola: decía por ejemplo que la disyuntiva de la generación anterior era entre ir a la guerrilla o quedarse en casa, en cambio la de esta generación pasaba por escoger Macintosh o Windows. Fue muy raro, porque no fue publicidad positiva, pero ayudó a dar a conocer una generación. El prólogo lo escribieron Sergio Gómez y Alberto Fuguet —y más Fuguet Sergio Gómez—; sin embargo nosotros, como entramos en la antología, tuvimos que dar cuenta de cuál era nuestra relación con esa realidad. Creo que hasta hace dos años seguí dando explicaciones. Se habla más del prólogo que del contenido. La mayoría de los textos tenían una mirada no necesariamente celebratoria del modelo neoliberal de la época, pero, por el prólogo, se leyó como si lo hiciéramos. Con los años, cuando empezaron a haber carreras más perfiladas, comenzaron a verse los matices: por ejemplo, no todos eran escritores apolíticos o urbanos. Pero la antología no tuvo tanta circulación y cuando se agotó ellos se asustaron de tanta repercusión y decidieron no volverla a editar. Yo creo que eso contribuyó a mitificarla. En 2016 se cumplen 20 años y les han pedido los derechos pero Fuguet se niega a darlos.
McOndo fue el primer intento programático post-Boom de plantear una mirada sobre América latina, que luego tuvo ecos en Se habla español, El futuro no es nuestro, Sam no es mi tío.
—Me contó Alberto [Fuguet] que, como querían publicar a un autor boliviano joven, fueron al consulado boliviano —no hay embajada en Chile— y allí les dijeron que no conocían a nadie. Justo una amiga suya, una periodista del Mercurio, tenía que viajar a La Paz y entonces le pidieron que les trajera libros. Es para reírse: cuando me contactó, Alberto lo hizo a través de un fax. Es notable cómo lograron armar una red continental en ese momento. Ahora es mucho más fácil: ahora se podría armar una antología generacional cada año a través de Facebook y Twitter. Las nuevas generaciones se benefician de ello, los textos circulan más, se conocen mucho más, es mucho más fácil armar el mapa.
Siempre recuerdo que Federico Falco dijo que comenzó a leer escritores latinoamericanos contemporáneos en la universidad en Estados Unidos: ¿tu experiencia también fue así?
—Ha cambiado bastante la idea de lo contemporáneo: en mis años lo contemporáneo se acababa con el Boom, Manuel Puig, Bryce Echenique. Casi no había autores de los años ‘90 que estuvieran publicado y que inmediatamente se los estudiara. Eso es algo nuevo. Supuestamente la universidad tenía que darte una distancia, tenías que esperar un poco a que los autores se consolidaran antes de trabajarlos. Yo conocí a los autores que se estaban publicando en Latinoamérica a través de McOndo. Esa fue la paradoja: no sabía que existían Rodrigo Fresán o Alberto Fuguet. Fue gracias a la antología. Y como estudiaba en Berkeley fui a la biblioteca a buscarlos ¡y estaban todos! Tenían todo. Eran libros que no circulaban como ahora. Ahí fue cómo los leí y me sorprendí de que estuvieran describiendo una Latinoamérica que yo no conocía; literariamente mi visión era el Boom.
¿Incluso en los ochenta cuando viviste en Argentina?
—Es que en Argentina leía sobre todo a los clásicos. Yo estudiaba Ciencias políticas. Aquí fue, más que nada, mi educación sentimental. Descubrí a Faulkner, a Hemingway, a Camus. Los contemporáneos que se leían en ese momento eran Umberto Eco, Milan Kundera… Yo no leía a mis contemporáneos; eso fue después. El problema ahora es tratar de dejar de leer contemporáneos, pero ya no puedo.
Luego con Alberto Fuguet hicieron juntos la antología Se habla español: ¿qué te dejó, qué aprendiste?
—La idea era aprender de los errores de McOndo y hacer una especie de McOndo II mejorado. En el ‘96 había surgido el grupo Crack en México, que eran compañeros de generación, como Jorge Volpi e Ignacio Padilla. Se habla español junta a esos dos grupos e incluye a autores latinos que escribían originalmente en inglés, como Junot Díaz. Teníamos una idea un poco utópica de que era lo mismo. Como me dijo un editor allá: “Para nosotros, autores latinos y latinoamericanos son lo mismo, con la diferencia que con los latinos no tenemos que pagar por una traducción”. Debía haber más diálogo entre autores latinos que escriben en inglés y latinoamericanos que escriben en español. Hay autores que funcionan bien como Daniel Alarcón, pero en general no es normal. Otro problema de McOndo era que no tenía mujeres. Se habla español era un intento de corregir esos errores sin necesariamente decir que se habían cometido errores.
Perdón por insistir sobre lo latinoamericano, pero es un tema relevante de tu biografía. ¿Cómo pensás la literatura desde lo generacional?
—Es muy difícil pelear con las etiquetas; peor si las has creado tú. De pronto ya no hay dos autores sino que se habla de “La generación McOndo”. Desde el principio pensé que pelear contra eso era una batalla perdida. Hubo otros que trataron de desmarcarse, como Rodrigo Fresán y Santiago Gamboa, que decían —y yo creo que de manera correcta—que sus proyectos eran individuales y que la etiqueta te reduce o simplifica porque señala los puntos en común de todo un grupo y no las diferencias. Hay varios matices en los que yo siento que puedo ser diferente de esos autores, pero no me molesta que me identifiquen: las etiquetas son parte del folklore de la literatura. Hoy creo que son más claras las diferencias que las similitudes.
También hay más obra.
—En ese entonces yo escribía cuentos borgianos. Estaba en la facultad, escribía cuentos tirando a clásicos, casi no mencionaba a Cochabamba, no mencionaba paisajes. Y cuando me piden cuentos para la antología, me di cuenta sólo tenía dos del tipo que me pedían, que eran más urbanos. Les envié esos cuentos, pero no eran representativos de lo que escribía. Paradójicamente, gracias a la antología, gracias a los autores que la integran, empecé a interesarme más en tratar de narrar el paisaje urbano del continente. De alguna forma la misma antología me incluyó en lo que vino después.
[Intervención del público] Te etiquetaste sin darte cuenta.
—En ese entonces tenía una visión más reverente, más solemne de la literatura. Era imposible que citara una canción pop en un cuento y de pronto leo a Fresán y veo que se puede hacer. O, por ejemplo, yo simplemente ponía “llevaba zapatos cafés” y vi que se podía decir “llevaba zapatos Adidas”. Son marcas que sirven para identificar a un personaje, pero yo no lo hacía. Hasta me parecía algo malo. Creía que la literatura no tenía que ocuparse de eso. En los cuentos de McOndo se trataba de capturar el paisaje pop, el paisaje urbano, la cultura de masas, la cultura del cine. Era también un paisaje muy juvenil: los personajes no están casados, no pasan de los treinta años, no hay niños, nadie era padre. Era un paisaje muy acotado, pero al tomar la parte por el todo, hizo que se dijera que así escribía la generación.
[Intervención del público] ¿No te parece que lo pegó de la antología fue el espíritu parricida contra Gabriel García Márquez y cierto canon?
—¿Sabes qué creo que fue lo que pegó? Precisamente la falta de matices, la simplificación. Como me dijo un editor en Estados Unidos cuando quería ofrecer traducciones de mis libros: “Esto es realismo mágico y estos chicos hacen una cosa totalmente opuesta: McOndo, McDonald’s, Macintosh”. Era muy fácil de explicar. Demasiado fácil. Le hacían una entrevista a Fuguet y una entrevista a mí y yo me la pasaba matizando, pero luego veía que lo mío salía en una frase y lo que hablaba Fuguet quedaba en toda la entrevista. Él era muy bueno para decir y radicalizar las cosas que estaban en el aire. Me acuerdo de una frase: “Santiago de Chile está más cerca de Toronto que de Madrid”. Los españoles gritaban, pero en cierta forma capturaba algo de ese momento y también del momento actual de las nuevas generaciones. El prólogo de McOndo era tan bueno, tan patada voladora, que al final ayudó a abrir la puerta y a que comenzara a circular otra idea de la literatura latinoamericana que se había anquilosado. El gran éxito global de García Márquez es que terminó creando una marca registrada del continente; ahora hay una circulación más fluida de los textos de América latina. Más bien, estamos atravesando un gran momento de publicación de textos de literatura latinoamericana en los Estados Unidos y en Europa.

El corazón de la máquina

En tu blog hay un texto que comienza: «Si tuviera que mencionar los libros que me empujaron a ser escritor diría que fueron tres: Ficciones, La metamorfosis y La ciudad y los perros». De esos tres libros, que hablan de una educación sentimental o una marca de nacimiento, ¿cómo se deriva a Iris? ¿Cómo se sintetizan Borges, Kafka y Vargas Llosa en El delirio de Turing?
—¡En mi cabeza funciona bien! Curiosamente siempre tuve dos influencias muy opuestas en las que me interesaba hacer literatura fantástica y literatura de corte realista, social. Cuando escribí El delirio de Turing, mi idea original era bien borgiana: un enfrentamiento entre alguien que escribe códigos y alguien que los quiere descifrar. Pero en mi influencia vargallosiana decía que la lucha debía involucrar lo que estaba pasando en Bolivia. En el año 2000 en Cochabamba hubo lo que se conoce como la Guerra del Agua, que fue la primera derrota del modelo liberal, cuando la compañía extranjera a cargo del suministro del agua de la ciudad terminó siendo expulsada por un levantamiento popular. El cuento borgiano se unió a esta cosa vargallosiana. Entonces pensé hacer, en lugar de la guerra del agua, la guerra de la electricidad y combinar las luchas que había en la calle con luchas virtuales. En el nuevo siglo las protestas iban a ser virtuales, de hackers y virus informáticos, lo que luego vino con Anonymous y compañía. Pero cuando comencé a leer de criptoanálisis para el trabajo de campo, me di cuenta que entraba mucho de informática que de literatura fantástica. A medida que iba escribiendo diferentes versiones de la novela, aquello que originalmente era fantástico terminó ganando un lado más realista de batalla social.
En alguna entrevista dijiste que en la ciencia ficción se iba volviendo cada vez más real.
—Tenía esta intuición. Hay dos géneros populares que en el siglo XXI van a cooptar a los demás géneros. Uno es el policial; es el gran género de la crisis política, de la crisis económica. Lo que pasa en Argentina con Nisman, por ejemplo, inmediatamente lo piensas con el modelo de una novela policial. El taxista que me trajo me decía que era como una novela de espías. Es inmediato. Para narrar la realidad basta el modelo policial. El otro modelo es la ciencia ficción. Pero el problema de la ciencia ficción es que, gracias al gran éxito de las series y de las películas de superhéroes, hay una idea más escapista o de entretenimiento en donde se pierde el componente político, que es el que a mí más me interesa. Tenemos esto [el iPhone] en el bolsillo todo el tiempo: tenemos una relación constante y hasta afectiva con la máquina. Para estas cosas nos ayuda el género. Cuando pienso en ciencia ficción no pienso en extraterrestres y platillos voladores, sino más que nada en la relación con la máquina. Tampoco pienso en robots.
Borges diría “ficción científica”.
—Ficción científica, sí. Me interesa qué puede pasar dentro de 50 años, pero me interesa más entender cómo es el modo de ver las cosas hoy. Y la ciencia ficción nos puede ayudar a entender este presente en el que cada vez más y más tenemos que dialogar con artilugios mecánicos.
[Intervención del público] ¿Conocés la serie “The black mirror”?
—Me encanta. Te ayuda a situarte en lo que está pasando. No es una serie escapista, tiene un contenido político muy fuerte.
[Intervención del público] ¿Puede ser que más que político sea ideológico? Tengo que referirme a Foucault y al biopoder.
—Alguien me preguntó si con toda esta aparición de más y más máquinas nos estamos deshumanizando. No, le contesté, estamos redefiniendo qué significa ser humanos. Cuando tenía 15 o 20 años utilizaba mi memoria para guardar teléfonos y direcciones y ahora siento que, gracias a la máquina, nuestro cerebro tiene espacios que se están reconfigurando. Hoy la máquina es una especie de suplemento en donde cargas cosas que antes tenía que tener tu memoria. Hay un discurso apocalíptico que dice que los chicos de hoy se pasan todo el tiempo frente a las máquinas pero quizá tienen más una mayor tecnología para entender la información visual que tú. Son pequeñas cosas en la relación con los artefactos que nos cambian biológicamente.
[Intervención del público] ¿Son todas apocalípticas las primeras versiones de la actualidad?
—De hecho, estaba haciendo un ensayo sobre la llegada del cine a Latinoamérica en 1895, 1896. Hay crónicas muy buenas de Juan José Tablada, de Amado Nervo, de los modernistas. Y en todas, aparte del deslumbramiento por la llegada del cine, está la idea de que se acabó la literatura. Amado Nervo dice: “No más libros”. Ya no era necesario, para qué seguir escribiendo. Y aquí estamos todavía discutiendo sobre libros. Me acuerdo cuando llegó internet, hace unos 15 o 20 años, que también era el fin de la literatura. Obviamente hay desplazamientos, reconceptualizaciones de lo que es la literatura, pero más bien hay que buscar una tensión creativa que te permita sacar provecho de eso para que la literatura siga circulando. Quizá no sea como la de antes; muchas cosas del pasado son mejores pero no siempre.
Hay un libro de Dardo Scavino que se llama La fuente de la juventud en donde dice que la imagen del hombre nuevo implica un final apocalíptico. Creo que el usa como ejemplo la película “Mad Max”. Para traerte a la entrevista, agregaría “Duna” y hablaríamos de Iris.
—Hay un autor argentino que me encanta, que es Rafael Pinedo. Plop es un texto magistral…
Pensé que ibas a decir Marcelo Cohen.
—No lo he leído tanto. Quisiera llevarme los relatos de él.
Te lo decía porque Cohen construyó un universo con el Delta panorámico, de la manera que vos lo hiciste en Iris, y él trabaja con neologismos, que, de nuevo, vos también trabajás en Iris.
—En la tradición latinoamericana tenemos una relación más fluida con los géneros. No es que me haya propuesto escribir una novela pos apocalíptica de ciencia ficción. Más bien estaba terminando una trilogía independiente de novelas que tenían que ver con la violencia en los Estados Unidos. Había escrito Los vivos y los muertos, que tenía que ver con la violencia en los colegios. Luego Norte, que tenía que ver con la violencia en la frontera. Y pensé que me faltaba algo que tuviera que ver con las aventuras (o desventuras) imperiales post 11 de septiembre. Ahí fue que leí un reportaje en la revista Rolling Stones sobre soldados psicópatas en Afganistán. Era una gran historia para captar la violencia y la locura de la guerra. Un grupo de soldados, de chiquillos de 19 o 20 años, que va a Afganistán. Imagino que algunos ya tenían tendencias psicópatas y a otros el clima los llevó a hacer locuras excesivas, simplemente se dejaron guiar por el grupo de amigos: comenzaron a hacer su propia guerra, a matar a civiles afganos y luego a aparentar que habían sido atacados. Hasta que después de una serie de muertes uno de los chicos no aguantó más, se lo dijo al padre en Estados Unidos y el padre lo contó: terminó en corte marcial. Me gustaba mucho la historia, pero no quería ambientarla en Afganistán, quizá porque en ese momento, si uno encendía la televisión o abría el New York Times, todo era Afganistán e Irak; estoy hablando de hace cinco años. Ahí fue que un amigo, que sabía que me gustaba la ciencia ficción, bromeando me dijo: “Por qué no la ambientas en Marte”. Me encantan estas ideas tan absurdas, pero Marte tiene mucha literatura. Así que pensé en un nombre para ambientar la historia. Tenía la historia, tenía el lugar, pero cuando inventas un lugar comienzas a pensar qué hace la gente, cómo habla, cuál es la flora, cuál es la fauna. Sin querer me había metido en esta cosa de la literatura más típica de la ciencia ficción que es la construcción de un mundo. Ahí sí, debo reconocer, me dejé llevar. Incluso empecé a jugar con el lenguaje de la gente: un mundo futuro no lo puedo narrar con el lenguaje de hoy, tengo que forzar un poco la cosa. Ni siquiera spanglish: un español que tenga palabras del chino, del afrikáner, del quechua. Cuando le entregué el manuscrito a Alfaguara pensé que me iban a pedir que suavizara el lenguaje —y estaba preparado— pero no me dijeron nada. En la versión final fui incluso aún más radical; ahora leo algunas cosas y pienso que quizá se me fue la mano.

Palabras para narrar el futuro y la locura

[Intervención del público] Les tuviste mucha fe a tus lectores porque ni siquiera pusiste un glosario.
—Hubo discusiones. Me pidieron poner un glosario: no quería. Me pidieron poner un mapa: no quería. Me encanta ese tipo de libros en los que el mismo libro es un viaje en el que te pierdes. Me di cuenta que había pasado la etapa vargallosiana de construir una arquitectura en la que todo fuera coherente, porque había varias parte de la novela en la que seguí intuiciones que venían del inconsciente. De pronto me llegó una iluminación: una novela tiene que funcionar aun cuando el lector no la entienda del todo. En otro momento hubiera dicho que todo tiene que atar, tiene que proceder, todo tiene que ser coherente. Al final una novela es también una sensación, un estado de ánimo, y esta tiene un estado de ánimo lisérgico, sigue imágenes del sueño; había que romper el tipo de lógica de una novela realista. La ciencia ficción es una forma de percibir las cosas más que de un género específico. Nunca me han gustado las novelas en donde dos personajes hablan “¿Te acuerdas lo que pasó la semana pasada en que tú viniste a la casa y me dijiste…?” y dan muchísima información. Ese tipo de explicaciones que puede ayudar al lector no son necesarias porque todo tiene que ser contado desde el punto de vista de un personaje. Entonces a veces eso hace que no se explique todo, pero siento que, al final, algo va a entender el lector.
[Intervención del público] En Norte se lee desde el punto de vista de un esquizofrénico y se diferencia de otros personajes.
—En esa novela hay una parte en la que él habla de la Guerra Cristera, que transcurre en México en 1927. Él es un inmigrante que está en Estados Unidos. El problema es que recibe una carta de su esposa que le dice que se ha unido a la rebelión contra los federales, pero porque él es esquizofrénico, entiende la carta al revés y cree que ella se ha unido a los federales. Siente que esa es la peor traición y que por eso no debe volver a México. Esa decisión de vida lo va a marcar durante 40 años. Pero: ¿por qué voy a contar la Guerra Cristera si ni siquiera el mismo personaje entendió cuál era la misión de su esposa en la guerra? Eso me sirve para el punto de vista. Si el lector no ha entendido qué fue lo de la guerra lo he hecho bien porque mi función como novelista no es explicarla sino hacerle sentir al lector la confusión del personaje. Hace poco volví a leer Pedro Páramo y me di cuenta que es muchísimo más radical porque son 30 o 40 años desde la revolución hasta la Guerra Cristera y en ningún momento sabes qué diablos estaba pasando con la gente. Lo que importa es el drama de Pedro Páramo, de Susana San Juan y del Padre Rentería.
Nos quedan unos pocos minutos. ¿Hablamos de los cuentos de Las dos ciudades? Los neologismos de Iris estaban ya en el cuento “Dochera”. El protagonista escribe crucigramas y va tomando una relación con las palabras que, paulatinamente, deviene en locura. Inventa una nueva forma de hablar del mundo, que al final es adoptada por todo el pueblo. “Dochera” es un cuento ícono del libro porque ese sinsentido que, sin embargo, hace sentido en la mente de los personajes, sucede en la mayoría de los otros cuentos.
—Un amigo me dijo que “Dochera” era el único cuento en que verdaderamente había logrado unir Borges y Vargas Llosa porque era un cuento muy borgiano con la invención de un mundo a través del lenguaje, pero con un personaje como Pedro Camacho de La tía Julia y el escribidor, un personaje segundón de un periódico, que trabaja muy obsesionado en sus crucigramas como Pedro Camacho en sus novelas, y que, a partir de ahí, comienzan a cruzársele los cables. El libro es trabajo de Sandra [Buenaventura]. Me encantó la posibilidad de recuperar los cuentos, pero quería inmiscuirme lo menos posible porque para mí también era una especie de prueba. Son cuentos escritos a lo largo de 20 años: quería ver cuáles quedaban y cuáles no. Yo mismo, cuando voy a leer cuentos en público, elijo unos pocos que son como mis greatest hits. Era importante ver qué funcionaba para ella, qué podía rescatar. Los cuentos tratan de contar un viaje coherente. No se trataba de ponerlos cronológicamente, que es quizá como yo hubiera armado la antología. Sandra hizo el trabajo recombinatorio para que el libro pudiera tener su propia autonomía. Son textos de diferentes etapas. Los primeros cuentos son más breves, los últimos son de mayor indagación psicológica y, quizá, de menos sorpresa en las líneas finales. El modelo de los primeros dos libros eran los cuentos de Borges y Cortázar. Debían tener un golpe de efecto, fuegos de artificio, una vuelta de tuerca. De hecho, la primera vez que leí los cuentos de Hemingway sentí que les faltaba una página final: terminaban de pronto y nada más. Pero pasaba un día y sentía el impacto emocional. Yo todavía era muy inmaduro. Tarde años en descubrir que el cuento podía funcionar incluso sin ese golpe de efecto. En los últimos cuentos que he escrito las influencias están más emparejadas.
El libro se llama Las dos ciudades en referencia a un espejo de realidad y ficción. Y habla sobre cómo la ficción reconstruye, cambia, altera a la realidad. Eso me hace pensar en que sos alguien que tiene fe en la literatura.
—Sí, claro. Yo creo que todo se puede con la literatura. Quizá una de las frases que más repito cuando escucho lo que me cuenta alguien es: “Eso da para un cuento”. En esa frase me digo que la historia es buena, es interesante. Inmediatamente le veo las posibilidades narrativas. Por suerte la realidad se encarga de darte muchas opciones. Debo decir que debo decir esa frase cinco veces al día, por lo menos. La literatura está siempre alimentándome y sirviéndome como punto de partida. Habrá habido momento en que las he tenido más oscuras que otras, pero en general siempre tengo la fe de que con la literatura, no diría que se puede resolver, sino más bien se puede hacer más complejo lo que la realidad te da como punto de partida.



Tomado del blog de Eterna Cadencia

jueves, 2 de abril de 2015

Una terrorífica muñeca rusa literaria

La casa de hojas, un monstruo clásico instantáneo

La_casa_de_hojas_destacada
Un 10 como una casa, y nunca mejor dicho.
La casa de hojas no es una novela cualquiera. Es una novela monstruo, una terrorífica muñeca rusa literaria en cuyo corazón late el riguroso y aterrador estudio que un viejo ciego hizo de un misterioso documental titulado El expediente Navidson. Un documental que comparte espíritu con The Blair Witch Project en el sentido de que sus protagonistas también se acercan al monstruo cámara en mano. Solo que el monstruo no es una bruja devoraniños, sino la casa de tus sueños. Que no es que esté encantanda, sino que es mutante. Crece. Sin descanso. Hasta el punto de que su dueño, el inquieto Will Navidson, famoso fotoperiodista padre de dos niños (Daisy y Chad) y decidido a reconquistar a su mujer, la cada vez más distante Karen, se ve obligado a internarse en ella, a través del pasillo de los cinco minutos y medio, un pasillo que un día apareció sin más, con un equipo de espeleólogos.
Mark Z Danielewski
Mark Z. Danielewski, el ‘constructor’ de la casa. Foto: shellEProductions.

Pero como ha dicho su autor, el ambicioso y brillantísimo Mark Z. Danielewski, embarcado ahora en la creación de su propia serie de televisión novelística (27 novelas que irán publicándose de cinco en cinco, como si fueran temporadas de una serie), La casa de hojas no es solo la historia de una casa que es más grande por dentro que por fuera, sino la historia de tres personajes perdidos que tratan de encontrarse a partir de sus relatos, «hechizándonos» con el poder de sus historias. Porque el lector no se limita a leer El expediente Navidson sino que, como ocurría en la infantil La historia interminable, lo lee de forma indirecta, es decir, lee al lector y reconstructor de El expediente Navidson, un tipo llamado Johnny Truant, un yonqui que trabaja en un salón de tatuajes, cuya vida se precipita sin remedio hacia su propio abismo, casi en paralelo a la de Navidson, que para él no es más que un desconocido sobre el que está leyendo.
La casa de hojas, interior
La laberíntica ‘casa’ novela de Danielewski

Calificada por Stephen King como «el Moby-Dick del género del terror», a lo que Bret Easton Ellis (American Psycho) añadió que imaginaba perfectamente a Thomas Pynchon, J.G. Ballard, el propio King y David Foster Wallace haciendo reverencias a los pies de su autor, «ahogándose de asombro, sorpresa, risa y pavor», La casa de hojas es, sobre todo y por su envolvente estructura con aspecto de laberinto, el acontecimiento literario del año. El Ulises del siglo XXI, que sustituye el corrosivo sentido del humor de Joyce por una desesperación inabarcable. Sí, es para tanto. Porque no es solo que la lectura deconstruida agudice tus sentidos (lectores), te obligue a mirar por encima del hombro de vez en cuando y haga que también tú te sientas como el malogrado Johnny Truant, observado, en tanto que privilegiado voyeur de la increíble historia de los Navidson, sino que, como en la obra magna de James Joyce, Danielewski hace uso de todas las formas literarias existentes —diario, cartas, ensayo, guión— y utiliza la hoja como herramienta de desasosiego. Así, cuando el túnel por el que avanza Will Navidson se estrecha, el texto también lo hace, y lo mismo ocurre cuando se ensancha, o cuando parece caminar bocabajo, o sube escaleras (sí, el texto también camina bocabajo y parece subir escaleras). A veces son fogonazos, otras acumulación —el libro puede leerse del derecho, del revés, de costado, hasta permite utilizar espejos en algunas páginas— y otras son dibujos, diagramas, tachaduras e incluso textos en braille.
La casa de hojas, interior
Interior de La casa de hojas

Dice Danielewski que la novela es el artefacto artístico más flexible que existe. Y lo cierto es que, leyéndolo, da esa impresión. Y ocurre algo peor: que todo lo que has leído hasta la fecha empequeñece. Hace que te preguntes por qué tan pocos escritores se han atrevido a calzarse las botas de espeleólogo literario y adentrarse en la caverna de inmensidad variable que constituye la Novela, con mayúscula. Luego te dices que el hecho de que La casa de hojas se publicara originalmente en el año 2000, justo en el cambio de siglo, fue una señal. La señal de que la literatura del futuro ya está aquí. Literatura que ha inaugurado esta novela monstruo, este rompecabezas con sentido; una novela que es más que una novela, es una experiencia. Una experiencia única, extraña, fascinante y, por momentos, terrorífica y hasta arriesgada. La clase de novela que una vez acabada no va a ninguna parte. Se queda contigo para siempre. Leedla.
Cuanto antes.


Tomado de  http://www.fantifica.com/literatura/resenas/la-casa-de-hojas-monstruo-clasico-instantaneo/

viernes, 20 de marzo de 2015

¿El gran fracaso de la ciencia-ficción actual?

Blade Runner, recuerdos del futuro

Con su anunciada segunda parte en el horizonte, el reestreno de Blade Runner en pleno siglo XXI obliga a reflexionar en la insoslayable influencia de este clásico del cine moderno, que apenas ha dejado respirar la ciencia-ficción actual, asfixiada por su influencia.


JESÚS PALACIOS | 20/03/2015 |  Edición impresa

Daryl Hannah y Rutger Hauer en Blade Runner (1982)
Philip K. Dick, autor de la novela original, tras ver un resumen de la película previo a su estreno -fallecería sin llegar a verlo-, se mostró agradablemente sorprendido por lo que había contemplado. Profetizó que sería un verdadero salto cuántico con respecto al cine de ciencia ficción hecho hasta entonces: “He llegado a la conclusión de que esto no es, de hecho, ciencia ficción; no es fantasía; es exactamente lo que dice Harrison: futurismo. El impacto de Blade Runner será sencillamente arrollador, tanto en el público como en los creadores y creo que también en la ciencia ficción como género (...). Creo que Blade Runnerrevolucionará nuestros conceptos de lo que es la ciencia ficción y, más aún, lo que puede ser”. Así se lo manifestó a los productores en una carta del 11 de octubre de 1981. Como en tantas otras cosas, para bien y sobre todo para mal, Dick no se equivocó en sus predicciones.

Aunque apenas pudo disfrutar del dinero recibido y nunca llegó a ver la película,Blade Runner cambió para siempre la ciencia ficción cinematográfica e incluso la realidad misma. Después de un estreno que pasó casi sin pena ni gloria, confundida entre un puñado de filmes del género como La cosa Star Trek II: La ira de Khan, completamente noqueada en taquilla por la unánimemente alabadaE. T.la película de Ridley Scott inspirada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, acabó convirtiéndose en un paradigma de forma y fondo, contenido y continente, que se extendería viralmente a lo largo y ancho del espacio-tiempo, contagiándolo todo y plantando su impronta seminal de forma tan poderosa que todavía hoy seguimos bajo su larga sombra, no tanto sin superar sus logros como sin ser capaces de escapar a ellos.

Cuesta creer la tibieza con que críticos veteranos como Roger Ebert o Pauline Kael, aun reconociéndole méritos, recibieron Blade Runner. Correremos un tupido velo sobre lo que muchos de sus colegas españoles dijeron en su día. Todos son sabios: han rectificado. Hoy, Blade Runner está en todas las listas de las mejores películas de ciencia ficción de la historia e incluso, a veces, en la de las mejores películas a secas. Algunas de sus frases, imágenes y secuencias son momentos icónicos a la altura del final de Casablanca, el cochecito de El acorazado Potemkin o el trineo de Ciudadano Kane. En cuanto a la ciencia ficción, nada había producido un efecto comparable desde 2001 y no ha vuelto a causarlo de momento. Blade Runner redefinió el género, rompiendo sus fronteras para insertarlo definitivamente en la posmodernidad, de la que se convirtió en representación quintaesenciada. 

La omnipresencia de la publicidad es uno de los temas de Blade Runner
Sus temas: la inteligencia artificial, la destrucción del medio ambiente, la explotación de las mega-corporaciones, la biotecnología aplicada al rendimiento capitalista, la omnipresencia de la publicidad y, sobre todo, la pérdida de la identidad... Son los temas de finales del siglo XX y del nuevo milenio, si bien bajo ellos se esconden (poco) los eternos dilemas de la contingencia humana, el pacto fáustico y Prometeo encadenado. Sus formas: el retro-futurismo, la convivencia de alta y baja tecnología, el thriller neonoir, la estética publicitaria, la ubicuidad de la técnica, la urbe faraónica, el tenebrismo visual... Son las formas que permean y penetran la praxis del cine de ciencia ficción desde 1982. La clave utilizada por Scott, fusión de elementos dispares procedentes de cine, cómic (Métal Hurlant), literatura, pop, Serie B, arte y especulación filosófica, es la clave misma de la posmodernidad: el pastiche. El collage figurativo de autor frente a la aridez abstracta del arte y ensayo o la falta de intención del puro cine comercial.

Con Blade Runner, como percibió Dick, la ciencia ficción pasó a ser recuerdo del futuro. Nacía el Cyberpunk, seudo-movimiento de corta e intensa vida, que murió de éxito, alcanzado por una realidad futurible cuya existencia se solapaba cada vez más rápidamente con el presente continuo al que nos vimos abocados, y en el que nos hemos instalado como un programa de software defectuoso pero vírico. Blade Runner hizo literal el himno nuevaolero de Radio Futura (que actuaron por vez primera en una Hispacón: Convención Española de Ciencia Ficción): El futuro ya está aquí. Para quedarse.

El gran triunfo de Blade Runner es también el gran fracaso de la ciencia ficción actual. Todo es Blade Runner. Su impronta estética y visual, su referencia metagenérica (el thriller), sus preocupaciones ético-filosóficas, sus arquetipos pero también sus tópicos... se repiten implacablemente en casi toda producción o producto del género y otros afines desde hace más de treinta años. Ahora, siguiendo su huida hacia delante, Ridley Scott produce Blade Runner 2 -está ocupado dirigiendo Prometheus 2, o sea, la retro/saga de Alien-, con Denis Villeneuve como realizador, el guionista Hampton Fancher -que coescribiera el original- y Harrison Ford retomando su personaje, aunque no el protagonismo. ¿Qué pensar o qué decir sin sonar viejuno y pesimista? Tal vez, simplemente, que, ahora, replicantes somos todos. 






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