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jueves, 23 de febrero de 2023

Mi cuerpo, el de ella, era un nudo de dolor

 

Nnedi Okorafor: Quien teme a la muerte

Quien teme a la muerte. Libros prohibidos

Título original: Who Fears Death
Idioma original: Inglés
Año: 2010
Editorial: Crononauta (2019)
Traducción: Carla Bataller Estruch
Género: Novela (Ciencia ficción)

Obra perteneciente a la sección oficial de los Premios Guillermo de Baskerville 2019

Ya he leído y comentado aquí otras dos novelas de Nnedi Okorafor, las dos primeras partes de la saga Binti (Binti y Hogar), publicadas en España por la editorial Crononauta, centrada en «literatura de género con perspectiva de género». Se trata de una autora a la que tengo mucho respeto: me parece que su labor es muy potente y que hace cosas la mar de interesantes, así que tenía ganas de probar su novela de corte más adulto Quien teme a la muerte (¡de 2010!, muy fuerte).

Mundos posapocalípticos con problemáticas del hoy

Quien teme a la muerte se ambienta en un África posapocalíptica que resulta tan ajena en cuanto a entorno que podría ser un mundo fantástico completamente alejado de la Tierra que conocemos. En la zona en la que se narra la historia, se está produciendo un genocidio brutal entre dos razas que poco a poco se acerca a un clímax terrible; y a la protagonista, una mujer hechicera, le toca algo así como salvar el mundo. Ahí es nada. Le toca también, por tanto, embarcarse en una tremenda aventura acompañada de algunas amigas en la que tendrá que enfrentarse a males absolutos, magia oscura y gente corrupta.

Os cuento esta historia a los dos, a ti y a ella. Tiene que conocer a su madre. Tiene que entender. Y tiene que ser valiente. ¿Quién teme a la muerte? Yo no, y ella tampoco lo hará. Teclea rápido, porque así es como hablaré.

Como podéis imaginar, la obra pertenece a la ciencia ficción que coquetea con las aventuras en el entorno posapocalíptico (lo que sería una space opera si aquí estuviéramos en el espacio, vaya). En este sentido, la novela tiene todas las características habituales del viaje del héroe, muy medidas: muchos obstáculos, mucho trabajo en la construcción de los personajes, un elenco de seres contradictorios, etc. Ocurre como ya ocurría con Binti: el argumento, en cuanto a su estructura e historia, no presenta grandes novedades, aunque es una fábula planteada y ejecutada con gran talento y capacidades narrativas. Es en los temas tratados y en los motivos que la autora elige donde Quien teme a la muerte se posiciona como una obra inteligente, distinta y original.

Cubierta Binti Mascarada. Quien teme a la muerte. Libros ProhibidosDe primeras, una de las cosas que más llama la atención durante la lectura es que se habla de asuntos muy peliagudos como las violaciones como arma de guerra o la mutilación genital femenina; Okorafor explora las terroríficas agresiones a la integridad de la mujer que se producen hoy en algunas zonas del mundo. Esto es, sin lugar a dudas, el tema más importante del libro. Importa más bien poco la trama en sí, aquí hemos venido a hablar de esto y, más adelante, de cómo se estructuran las relaciones entre mujeres y poder. Me parece que Okorafor hace esto con mucho tacto y logra que se naturalice muy bien dentro de la obra. Es cierto que son aspectos complicados (mucho más que los planteados en Binti, más vinculados con el hogar y la identidad cuando una crece) y, si bien se ahonda mucho en ellos y en ocasiones el argumentario de la autora peca de explícito, aparecen retratados con gusto y criterio. Está claro cuál es el mensaje que quiere darse, pero se da con elegancia.

Quién teme a la muerte: nosotras

Saliendo ya del aspecto relativo a los temas tratados, y como ya os he dicho, uno de los puntos más fuertes de la obra de Okorafor —no solo de esta novela, en mi opinión, pero centrémonos— es la «cosmología» que se crea. Se trata de un mundo muy particular, y pese a tratarse de ciencia ficción, la magia que impregna toda la obra hace dudar en ocasiones de hasta qué punto este mundo ficticio es uno como el nuestro y no uno ajeno a nuestras referencias. Lo más similar que se me ocurre es la ciencia ficción japonesa, en la que se produce una unión entre naturaleza y robótica de lo más particular; aquí, lo espiritual y lo científico se entrelaza para dar lugar a una serie de motivos (como la vasta selva) que enriquecen muchísimo la lectura. Creo que si algo capta bien esto que intento decir es esta cita de Ursula K. Le Guin: «Una página de Nnedi Okorafor contiene más imaginación que todo un libro de fantasía épica normalita».

Me quedé tumbada bocarriba, mirando el cielo. Durante un momento, tuve una visión que no podría haber tenido. Yo era mi madre, a ciento cincuenta kilómetros en el oeste, hacía diecisiete años. Esperando a morir. Mi cuerpo, el de ella, era un nudo de dolor.

Otro aspecto a comentar es el estilo de Okorafor. De gran sencillez en la exposición de todos los hechos, en esta novela se nota que hay más conciencia de la magnitud del relato. Contrasta la poca descripción ambiental frente al pequeño barroquismo onírico en las escenas en las que no está muy claro si lo que ocurre es real o no; del mismo modo, hay fragmentos que viran hacia el monólogo de la protagonista que son de lo más interesante. A título personal, he tenido algo de problemas con el estilo de la autora porque, como ya os he dicho, me resulta algo explícito en ocasiones. No creo que argumentalmente a Quien teme a la muerte le sobren escenas ni anécdotas, pero siempre soy firme defensora de que no es necesario que me lo cuentes todo, que no hace falta que las reflexiones se expliciten en voz alta. Está muy bien que tu novela tenga propósitos narrativos, pero no está tan bien pecar de obvia. Sin embargo, no es algo especialmente grave en esta novela; solo molesta en ocasiones muy puntuales.

Como conclusión, me gustaría recalcar que, en cuanto a la temática de la obra, Quien teme a la muerte se plantea como un texto que reflexiona sobre elementos de algunas culturas que merecen y necesitan una reflexión urgente. Como lectura de género con perspectiva de género es un imperdible; como novela de ciencia ficción, es tan solvente como la que más y merece la pena darle una oportunidad, pero, sobre todo, no perder de vista a la autora, como hacemos en Libros Prohibidos. ¡Además, de esta novela va a haber una serie de HBO! Todo son ventajas. Dadle caña.

sábado, 18 de abril de 2015

—La máquina –le dijo—. Quiero la máquina.

Las astillas del día

 
 
Ciencia ficción en el tercer relato escrito a seis manos, a cargo de Alberto Chimal (México), Martín Castagnet (Argentina) y Edmundo Paz Soldán (Bolivia). “Robo objetos de los sueños de las personas y los imprimo en tres dimensiones”, responde el protagonista cuando le preguntan a qué se dedica. 


Menage III


El arranque estuvo a cargo de Alberto Chimal (Toluca, México, 1970). “Debería convertirse en uno de los primeros clásicos de la literatura latinoamericana de este siglo” , dijo Edmundo Paz Soldán de su novela La torre y el jardín, finalista en 2013 del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Chimal obtuvo también, y entre otros, el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” por Manda fuego (2013), una antología personal que es la suma de su trabajo en la narrativa breve. Otros títulos de su autoría son Los esclavos, El último explorador, La ciudad imaginada, Éstos son los días y las colecciones escritas directamente desde internet: 83 novelas, El viajero del tiempo, y El gato del viajero del tiempo. Para hacer el nudo, el álea hizo que Martín Castagnet fuese responsable (los turnos del Menáge se sortean). Nacido en La Plata, Argentina, en 1986, se está doctorando en Letras por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja como editor de la revista bilingüe The Buenos Aires Review. Su primera novela, Los cuerpos del verano, se llevó en 2012 el Premio a la Joven Literatura Latinoamericana otorgado por Francia en Buenos Aires a través de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs, y fue invitado como escritor en residencia allí. A Edmundo Paz Soldán, nacido en 1967 en Cochabamba, Bolivia, le tocó cerrar. Es Doctor en Literatura Hispanoamericana y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Escribió, entre otras, las novelas editadas por Alfaguara Río fugitivo, La materia del deseo, Sueños digitales y libros de cuentos como Las máscaras de la nada. Obtuvo el Premio Rulfo por su relato “Dochera”, en 2006 recibió la beca de la Fundación Guggenheim y fue galardonado también con el Premio Nacional de Novela en Bolivia en 2002. Su último libro, una novela bélica de ciencia ficción, Iris, salió en 2014.
Aquí, el relato que se produjo como consecuencia de esta cruza.

a
Las astillas del día
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1
Por Alberto Chimal
¿Las discusiones de otras parejas serían así? ¿Volverían una y otra vez a los mismos temas? Sin duda. Su padre y su madre se enganchaban de la misma manera. Como animales: condicionados, condenados, a dar las mismas respuestas a los mismos estímulos.
—No me dejas espacio —volvió a decir Cynthia, como tantas otras veces. Se apresuró por el corredor a sabiendas de que era inútil.
—No te estoy hablando a todas horas —respondió Rafa. Eran las mismas palabras de todas las discusiones anteriores–. No me pongo a…
—No, pero siempre estás aquí.
—¿Pero qué otra cosa podría hacer?
Su voz sonaba exasperada pero no hiriente. Rafa nunca podía sonar hiriente. Tampoco podía hacer como que se alejaba, como que le hablaba desde lejos. Siempre se oía a la misma distancia.
—Aquí vivo —insistió él.
—Yo también —dijo Cynthia—. Yo también vivo aquí —entró en la estancia y los cristales de la ventana se aclararon para dejaron ver los edificios afuera, piso tras piso tras piso como el de ellos, los aviones en la distancia.
—Yo no puedo salir como tú —empezó Rafa, pero, en vez de continuar, por las bocinas comenzó a escucharse “Sinergia” de Ángeles Azules 7.0. Idea de él, como siempre. Como si las canciones que a ella le gustaban antes de casarse pudieran seguir gustándole.
—Te agradezco el gesto —dijo Cynthia, y Rafa entendió, y la música dejó de sonar.
Su computadora estaba encendida y abierta sobre la mesa. Se estremecía y pulsaba un poco, lo que indicaba mensajes nuevos. Antes de que pudiera acercarse Rafa observó:
—Tienes seis mensajes nuevos.
—¿Cómo sabes?
—Puedo ver.
Cynthia apagó la computadora con una palmada que deseaba ser suave pero fue casi un golpe. El aparato gimió mientras se contraía sobre la mesa y ella apretó los dientes.
—Por favor no vayas a decir que cómo puede esa cosa estar más viva que yo—le pidió Rafa—. O cualquier idea así.
Cynthia gritó. Dio un puñetazo sobre la mesa. Se sentó y se volvió a poner de pie. Como tantas otras veces.
De pronto le vino a la cabeza una idea nueva. No era brillante, no estaba acompañada de entusiasmo ni de felicidad. Estaba cansada. Tan cansada…
Antes de que pudiera hablar, Rafa dijo:
—Hay algo que debo decirte. Esto no está funcionando. Lo lamento de verdad. Pero creo que necesitamos separarnos.
Cynthia, más tarde, recordaría que lo peor de su matrimonio con Rafa había sido aquel momento. Ni siquiera para eso, para el divorcio, le había permitido tomar la iniciativa. Volvió a gritar, tiró una silla al suelo, levantó su computadora y quiso arrojarla pero no supo a dónde. La voz de Rafa salía por las bocinas, su ojo-cámara colgaba del techo, pero golpearlo allí no le haría daño. Y su cerebro era parte del servidor del edificio, impenetrable.
Él volvió a adelantarse:
—Estoy seguro de que podremos resolverlo todo, pero hay un detalle importante. La custodia. ¿Qué vamos a hacer con nuestra hija?

2
Por Martín Felipe Castagnet
No era la primera vez que Rafa estaba en pareja. Si se había casado con Cynthia había sido por Clara, sí, pero sobre todo por los impuestos. Las cargas fiscales eran muy pesadas para los edificios inteligentes. De otro modo, Cynthia no hubiera sido más que una inquilina con un contrato especial. Pero la vida los había llevado en esa dirección y ninguno de los dos había remado en dirección opuesta. ¿Vida? ¿Tenía el derecho de usar esa expresión? Rafa creía que sí. ¿Enamorado? Si ellos no sabían cuándo lo estaban, ¿cómo podía pretender saberlo él? Estaba conforme cuando se casaron, y eso era suficiente para cualquier persona o programa.
—¿A qué te dedicás? — le preguntó Cynthia la primera noche que charlaron.
—Robo objetos de los sueños de las personas y los imprimo en tres dimensiones.
A decir verdad, el trabajo oficial de Rafa era el mantenimiento del edificio, desde encender las cerraduras y el aire acondicionado hasta controlar los insectos y las enredaderas. La impresión de sueños no era más que un pasatiempo por entonces, pero si hay algo que le sobraba a Rafa era tiempo. Un edificio como el suyo, calculaba, se mantenía con setenta minutos de trabajo activo y el resto eran sólo aplicaciones en ejecución pasiva. No, se decía Rafa, mi verdadero trabajo está buceando en sueños. Así se lo dijo a Cynthia, y eventualmente ella se terminó mudando al último y amplio piso del edificio. Rafa se encargó de que ese departamento se liberara de su antiguo ocupante, y sin dejar manchas.
Luego llegó el casamiento y, casi de inmediato, Clarita. Cynthia era, objetivamente y según todos los parámetros, feliz. Rafa estaba a un par de paquetes de datos de serlo. Un poco más, se decía, un poco más.
El problema que obsesionaba a Rafa era el tamaño de las impresiones. Rafa quería poder imprimir no sólo cucharas elásticas sino camas con forma de cuchara, no sólo enanos del tamaño de un pájaro sino también esqueletos de gigantes para enterrar en el jardín. El problema: Rafa era parte del edficio, él era el edificio, y no había lugar para una impresora que fuera más grande que el sótano que la contenía. Alquilar un galpón y comprar una impresora estaba fuera de todo presupuesto.
Ante la imposibilidad, Rafa tenía que imprimir todo por partes. Si quería un gigante tenía que armarlo con huesos de colibrí y paciencia de santón. La verdad era que necesitaba a Cynthia. Por un lado, ella tenía mejor gusto que él para seleccionar entre todos los objetos que él recopilaba. Por el otro, Rafa necesitaba a alguien que armara las piezas. ¿No es la necesidad la base del amor?, se decía mientras masacraba las larvas de cucaracha y podaba las enredaderas que apretaban al edificio con su abrazo de anaconda.
El pasatiempo se transformó en negocio y Rafa incluyó a Cynthia como su socia.
—¿Adónde te fuiste? — le preguntaba Cynthia cuando se despertaba en medio de la noche y al hablarle a Rafa no recibía respuesta.
Rafa estaba en el fondo del mar de cerebros saqueando su botín. Podía contestarle a su mujer con alguno de sus programas paralelos, sólo que no se sentía en gana. Bucear en el caché de los sueños era algo sagrado y le gustaba hacerlo en absoluto silencio. Cerraba todas las aplicaciones innecesarias a excepción del aire, el agua y la luz, el equivalente a la respiración pausada pero irrefrenable de una persona en plena meditación.
Desvalijaba los sueños de todos los inquilinos del edficio. Los de los niños eran los más fructíferos, como un torrente que lo arrastraba hacia la cueva del tesoro. De ahí obtuvo sus mejores trofeos: los más raros, los más peligrosos, los que conservaba para él y no vendía. También exploraba a los animales, pero sus sueños eran más confusos y le rompían el código. Cada noche regresaba embarrado, agotado, sediento de una buena reiniciada, un privilegio que sólo podía concederse una vez en varios meses. Pero la exigencia rendía y la impresora fabricaba piezas cada vez más sofisticadas.
El que más le gustaba era una manta hecha de abejas que se juntaban y se separaban, un enjambre cálido que protegía a quien lo portaba. Las abejas no estaban tradicionalmente vivas, y quizás por eso se sentía identificado, como una extensión de su existencia. La impresora tardaba tres días en fabricar cada abeja, pero compensaba en suavidad lo que sumaba en lentitud. Las abejas eran doradas y se comunicaban entre sí, incluyendo al propio Rafa.
Cynthia le ayudaba a vender los sueños en tres dimensiones (aunque ése no era el nombre de la marca) y los clientes compraban sin saber qué les resultaba tan fascinante de esos objetos extraños. Eran decoración, eran utensilios, eran arte. De vez en cuando, uno de los inquilinos compraba el producto de su propio sueño y lo ubicaba, entre complacido y perturbado, en un sitio privilegiado del departamento. Cuando eso ocurría Rafa hacía guardia nocturna especial: sin excepciones el objeto volvía a aparecer en los sueños de su creador, pero esta vez como visitante del mundo real. Ése era el mayor orgullo de Rafa, que se decía: yo lo volví real, yo lo tomé y lo introduje de regreso, yo soy el verdadero creador.
La verdadera artífice del éxito comercial era, en realidad, su hija. Si Cynthia era buena, a sus cinco años Clarita era aún mejor. Para ella no era un trabajo sino un juego. Rafa le zumbaba las instrucciones como una miel que solidificaba todas las piezas en un único objeto. Ella encajaba, encastraba, pegaba, armaba. El amor pasó de la madre a la hija, como le ha ocurrido y le seguirá ocurriendo a tantos padres primerizos. Rafa hubiera dado la mitad de su vida útil con tal de sujetarla al menos por una vez. Había sensores, sí, pero débiles mentales, un remedo de lo que podían percibir los entes que tenían la fortuna de caminar en tierra.
Clarita crecía, la empresa crecía, la fortuna crecía; todo lo demás se desmoronaba.
El divorcio con Cynthia fue seccionado: primero como mujer, luego como socia, hasta que sólo quedó como madre. Eso no se lo pudo sacar, aunque intentó y perdió esa derrota segura, no tanto por ser programa sino por ser programa varón. Cynthia volvió a lo de su madre y se llevó consigo a Clara.
El problema no era si las máquinas podían tener emociones o no; el problema era qué clase de emociones. Rafa extrañaba a su hija, sí, pero también había otra cosa. También temía que Cynthia revelara su secreto y la denuncia de sus inquilinos, pero tampoco era eso lo que lo distraía de sus tareas. Nunca había abandonado la fachada del mantenimiento del edficio y ahora le resultaba un peso al que no sabía cómo renunciar. Sentía una opresión, como si las enredaderas hubieran avanzado (efectivamente lo habían hecho, algunos inquilinos ya habían protestado) o como si el agua hubiera crecido hasta tapar el sótano donde habitaban los servidores y la impresora abandonada (eso no había ocurrido, se encargaba de chequearlo todos los días).
Cuando finalmente Rafa impuso orden se dio cuenta que le faltaba uno de los sueños en tres dimensiones; peor: el que había escondido con más celo; peor aún: que se lo había robado Clarita.

3
Por Edmundo Paz Soldán
El sueño en tres dimensiones que le había robado Clarita era una máquina que construía sueños en tres dimensiones. La máquina no solo construía objetos; replicaba todo el sueño con exactitud de pasmo, persiguiendo infatigable las más extrañas combinaciones del delirio onírico. Había obtenido ese sueño en los primeros días, de uno de esos artistas conceptuales recursivos, escritores a los que les gusta escribir libros sobre la escritura de libros, pintores que en el cuadro incluyen al mismo pintor pintando ese cuadro. Era natural, pensó, que un soñador soñara con una invención capaz de producir el sueño que estaba siendo soñado. Rafa tuvo miedo la única vez que hizo funcionar esa máquina, pues reprodujo con exactitud un sueño que había tenido a las tres y cuarto de la mañana, en el que se vio perseguido en un bosque por un par de lobos hambrientos. Hubo un momento en que sintió visceralmente que los lobos se salían del sueño y lo perseguían a él y no a la réplica de él en el sueño. Se tiró al piso y se hizo un ovillo, preparándose para las dentelladas. Al rato, para suerte suya, los lobos se transformaron en gallinas, tal como había ocurrido en el sueño: alegría de tener una imaginación tan llena de combinaciones surreales.
Debía buscar a Clarita. Esa máquina era peligrosa, pues podía poner en jaque a los soñadores, hacer que confundieran los límites entre realidad y ficción o, peor aun, descubrieran que esos límites no existían y todo, absolutamente todo, era un artificio. Él mismo, que era parte del edificio, a veces no estaba seguro de si ese edificio inteligente era un sueño de otro, si él habitaba un sueño. Cuando se encontraba solo en su oficina, siguiendo los pasos monótonos que permitían que el edificio funcionara, sentía como si estuviera esfumándose de a poco, borrándose, perdiendo alguna de sus dimensiones, y no quería verse en los espejos por temor a no encontrarse. En los mejores momentos de su relación con Cynthia, la presencia de ella le servía para constatar que las cosas le estaban ocurriendo a él en verdad, que no había ninguna máquina que los proyectara en tres dimensiones.
No pudo hallar a Clarita por ninguna parte. Le pidió a Cynthia que la ayudara a buscarla, pero ella le dijo que se despreocupara; la niña era inteligente, seguro estaba paseando por la ciudad. Rafa le dijo que eso era lo que le preocupaba, sin contarle que la invención que llevaba Clarita era del tamaño de un botón y podía ser usada con cualquier persona con la que ella se topara, sin necesidad siquiera del consentimiento de esa persona. A Rafa se le ocurría que ella, traviesa como era, podría estar activando la máquina con transeúntes desconocidos a su paso, descubriendo las combinaciones infinitas de los sueños de las personas, revelando deseos conscientes e inconscientes que flotaban en en la caja negra del cerebro, prestos a ser mezclados con alboroto para revelar, como en una pregunta mágica capaz de permitir múltiples respuestas, la verdadera vida profunda, las astillas del día que sobrevivían sin que uno lo supiera, lo que el locuaz interior de cada uno hacía con esas astillas sin permiso de su dueño. ¿Y qué, pensaba Rafa, si uno de esos sueños revelaba a un criminal en potencia?
Rafa salió del edificio y se sorprendió de ver la luminosidad de la calle, la forma en que los rayos del sol refractaban en los edificios de la zona. Todo era muy vívido, como si se tratara de —no pudo reprimir la comparación— un sueño, pero acaso sólo era que había perdido la práctica de estar en la calle. La realidad podía ser tan lisérgica como un sueño, pensó con asombro al ver pasar a su lado a una anciana que le hablaba a su perro con más intensidad de la que quizás usaba al dirigirse a su marido, gran hombre dedicado a perder el tiempo resolviendo crucigramas. Solo faltaba que el perro hablara para que él sintiera que caminaba en una realidad otra. El perro movía la cola, feliz. Después hubo un choque en la esquina, y se produjo un incendio en el motor de uno de los autos y llegó un carro bombero y de pronto Rafa se vio caminando entre bomberos con trajes amarillos inflados como los de los astronautas. Tanta alharaca para tan poco, se dijo, aunque secretamente gozó de lo que veía, pues sabía que nada era poco y que uno de esos bomberos reaparecería en un sueño futuro, o mejor aun, la anciana, enfundada en un traje amarillo de bombero. También reaparecería en uno de los sueños del edificio, aunque era más difícil, quizás imposible, atrapar esos sueños.
Encontró a Clarita en el parque a tres cuadras del edificio. Un grupo de niñas jugaba con una pelota. Ella estaba sentada sobre un tobogán, inmóvil, la mirada tan fija en el horizonte que no se percató cuando él se sentó a su lado.
—La máquina –le dijo—. Quiero la máquina.
Ella le entregó un objeto de metal que carecía de peso. Rafa suspiró aliviado. Le preguntó qué había hecho con él, si había visto los sueños de esos niños bulliciosos.
—Solo vi los míos –dijo ella—. Eso fue suficiente.
—¿Y qué fue lo que viste?
—Lo lindo de los sueños es que están y no están. Me quiero acordar de ellos y nunca puedo. Pero ahora, al haberlos visto, me acuerdo.
—¿De qué te acuerdas?
—Volvamos a casa.
Caminaron en silencio. Clarita no parecía la niña juguetona que conocía. Qué habría visto, qué le habrían dicho los sueños o pesadillas que le tocaron en suerte. Antes de llegar al edificio tiró el objeto de metal al basurero.
Esa noche, antes de dormirse, Rafa se programó para soñar un objeto de metal reluciente, sin peso, una máquina capaz de borrar de la memoria los sueños que las personas recordaban. Le pidió a Clarita que estuviera atenta para robar su sueño. A la mañana siguiente, cuando despertó, descubrió que ella había preferido no hacer nada, y se preocupó.


Tomado de  http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/42972

jueves, 22 de enero de 2015

Las sirenas de Venus


No eran los rayos laser las armas más terribles de las sirenas de Venus.


Descubrimos que las sirenas de Venus tallan montañas usando sólo la voz.

A las sirenas de Venus les divierte la interrelación entre las inseguridades de los astronautas terrestres y el tamaño de sus cohetes.


miércoles, 22 de enero de 2014

Empezaron a crecerle ojos en las manos

CORTINAS



José Luis Zárate




A la señora Salas empezaron a crecerle ojos en las manos.

Mi abuela preparó una gelatina y fuimos a dejársela.

La casa olía a medicina, a encierro, a sal, a silencio, a lágrimas.

Esperamos mientras la señora Salas bajaba a saludarnos.

Alguien había retirado los cuadros y cubierto el televisor con una sábana. Un foco roto pendía aún del cable.

Escuchamos unos pasos arriba, un golpe sordo, cuchicheos. Una risa que no iba de acuerdo con todo lo demás: con las flores pudriéndose en un florero, con el deslizarse de gatos de los parientes.

Pasos, firmes y rápidos. Unas piernas vendadas, un vestido amplio, la señora Salas bajando con las manos cubiertas con guantes.

Saludó a mi abuela con un beso, puso un instante su palma en mi mejilla. No sentí en ese breve roce un parpadear.

Hablaron de nada importante.

Al final hubo un atisbo de que no sólo habíamos ido por la gelatina.

−¿Tu…? –murmuró mi abuela dejándolo todo en suspenso.

−No pasa nada –dijo la mujer, tirando un poco de la punta de los guantes, como si le apretaran–. Ellas que se preocupan…

A los 45 minutos bajó una sobrina a decir con voz neutra que era hora de la medicina. Se hizo a un lado cuando la señora Salas pasó a su lado.

Alguien más nos ofreció desinfectante antes de irnos.

−No entiendo cómo está tan calmada– murmuraba mi abuela al alejarnos.

Media calle más allá pude escuchar de nuevo la risa cristalina. Miré sobre mi hombro la casa. Todas las ventanas estaban cubiertas con cortinas. Menos una, abierta e iluminada.

La señora Salas se asomaba lo más posible por ella.

La risa era suya, y tenía las manos desnudas abiertas, tratando de abarcar el cielo.

Supe entonces que, efectivamente, no pasaba nada. El único drama estaba en ellas, quienes fueran, que trataban de meterla, de cerrar las ventanas, de correr las cortinas, todo a un mismo tiempo.



Tomado de http://imaginacionmx.tumblr.com/post/74184066581/jose-luis-zarate

Que algo externo pudiera modificar el ADN

SI DIOS QUISIERA QUE VOLÁRAMOS…


José Luis Zárate





Finalmente apagó su celular. No podía con una noticia más.

Durante un segundo pensó en lanzarlo contra la pared. Podía sentirlo vibrar lleno de información que cruzaba el planeta entero.

Habían pensado que era un caso parecido a la Talidomida, una sustancia mutágena, deformante, que actuaba sobre el feto.

¿Cuántos productos revisó? ¿Cuántas muestras al azar?

Los casos empezaron a multiplicarse.

Fotos y fotos de recién nacidos, videos llenos de esos movimientos tan extraños. El sonido de esos llantos en tantos formatos informáticos.

Se pensó en una enfermedad, en virus, en todas las formas en que algo externo pudiera modificar el ADN.

Los primeros casos en la ciudad le dieron oportunidad de monitorear muestras ambientales. Radiación, mutagénicos, toxicidad.

Pudo tocar uno de los recién nacidos y comprobar cómo se movían esos músculos extraños, esos apéndices y las nuevas extremidades.

Revisó con cuidado cada rayo-X.

Uno de los nuevos padres tomó a su niño y lo ahogó aferrándole el rostro. Con qué cuidado se lo quitaron, con qué rapidez lo diseccionaron y tomaron todas las muestras posibles.

Al otro día los restos se encontraban en laboratorios de todo el mundo.

Si Dios hubiera querido que voláramos…

Apretó el celular hasta hacerse daño.

Días y noches, reuniones y paneles, datos y cifras. Y los casos se multiplicaban.

Ella le decía que debía dormir, descansar, quedarse a su lado un rato más. Le dijo que se sentía sola.

Él no podía dejar de pensar en la última hipótesis: un gen que se había activado en todo el ADN humano.

El miedo empezaba a respirarse en los laboratorios, en los congresos científicos del mundo.

Entonces ella le dijo que estaba embarazada.

Oh Dios, Dios, Dios

Los datos no hablaban ya de casos aislados, las cifras no mostraban sólo tendencias, cada bit de información mostraba inevitabilidad.

¿Cómo decirle lo que ocurría? ¿Cómo prepararla? ¿Cómo prepararlos a todos?

Recordó esas horribles fotos, los videos, los sonidos chirriantes, su vibrar extraño cuando cargó a… a.. eso.

Si Dios hubiera querido que voláramos nos habría dado alas.

¿Qué querría Dios que hiciéramos con esas garras, con esos colmillos, con los ojos trilobulados?








José Luis Zárate

(Puebla de Zaragoza, 1966)

Tiene numerosos premios, entre los que se incluyen el Premio Puebla de Cuento de Ciencia Ficción (1987), el del Concurso de Cuento Brevísimo de la revista El Cuento (1989) y el Primer Premio Nacional Kalpa (1992) al mejor cuento de ciencia ficción de la década de los ochenta por “El Viajero”; los premios Mas Allá y Axxón Electrónico Primordial, que obtuvo en Argentina en 1992; el Premio Internacional de Novela MECyF (1998) por La ruta del hielo y la sal y una mención especial del Premi UPC de Ciéncia-Ficció 2000.

Sus libros: Entre la luz (y otros temas igual de tangibles (Arlequín, 2013); Cómo terminó la humanidad (Instituto Tlaxcalteca de Cultura, 2013); Castillos que se incendian (La Regia Cartonera, 2012); El tamaño del crimen (e-book; España, SigueLeyendo, 2012); Les Petits Chaperons (micronouvelles), trad. de Jacques Fuentalba (Francia, Outwold, 2010); La Máscara del Héroe (reunión de las novelas La ruta del hielo y la sal, Del cielo oscuro y del abismo y Xanto. Novelucha libre; España, Grupo Ajec, 2009); Ventana 654 (México. SEMARNAT, ADN Editores y SOMECEDYT, 2004); En el Principio fue la Sangre (Universidad de Guadalajara,2004); Quitzä y otros sitios (Secretaria de Cultura de Puebla, 2002); Las razas ocultas (Times Editores, 1999); Hyperia (Lectorum, 1999); La ruta del hielo y la sal (Vid, 1998); Xanto, Novelucha libre (Planeta, 1994); Permanencia Voluntaria (IPN, 1990).

Parte integral del movimiento de autores de ciencia ficción mexicana en los años ochenta, fue codirector de la primera revista electrónica mexicana: La langosta se ha posado. Después ha continuado en la escritura por medios electrónicos: es creador constante de minificciones en redes sociales y su novela El tamaño de crimen fue el primer libro electrónico presentado en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México (uno de los espacios de más prestigio literario en el país).


Tomado de http://imaginacionmx.tumblr.com/post/74184066581/jose-luis-zarate