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sábado, 22 de mayo de 2021

Un vaso con lava sobre una mesa de luz

 

"Big Rip", la experimental y extensa novela de Ricardo Romero que aborda el fin del universo

Una ciudad como el centro del universo, de la ficción -es una ciudad atravesada por una multiplicidad de historias- y del futuro. El futuro está aquí, en el presente, llegó hace rato. Y para colmo, pronto nos damos cuenta de que estamos ante algo ineludible: el futuro está por terminar. Estamos frente al fin del mundo. En su monumental y experimental novela Big Rip, Ricardo Romero, escritor y editor, va mucho más allá de la ciencia ficción o del género de anticipación y catástrofes. Se lanza con todo a explorar la potencia de la novela fractal para tratar de capturar todos los planos posibles de un mundo que se desmorona, pero que todavía se merece un relato que trate de entenderlo.


El origen, el comienzo, el big bang, fue una frase: “un vaso con lava sobre una mesa de luz.” Ahí quedó, sembrada, en la cabeza siempre perpleja de Ricardo Romero, durante más de veinte años. Pasaron varias novelas, escrituras, mudanzas, libros, lecturas, y la frase siempre estuvo ahí. A la frase, con el tiempo, se le sumó otra imagen; la de un hombre en un monoambiente. Un hombre solo, de edad y aspecto indefinido, aunque, asegura Romero, se parecía bastante a él; alto, pelo enrulado, atlético, que sale a correr tres veces por semana al parque Lezama ubicado a pocos metros detrás de sus espaldas. Sentado en el antológico Bar Británico – uno de los tantos cafés de la zona que frecuenta para sentarse a leer o a escribir-, Romero dice que cuando el hombre del monoambiente se convirtió en un viejo, la frase que cifraba algo se abrió. Y así, todo empezó.

“Cuando apareció el personaje del viejo empecé a entender hacia dónde iba la historia. Sabía que iba a ser largo, y que iba a cambiar mucho en el camino. Eso era lo que más me interesaba”. En marzo del año 2016, Romero tuvo la oportunidad de viajar al norte de Francia para asistir a una residencia de escritores de la Villa Marguerite Yourcenar. Ahí, armado con unas novelas largas y un mes de tiempo a sus anchas para escribir. Si no arranco ahora, se dijo, no la hago nunca. Apareció entonces la historia de Alfonso y Tomás, dos amigos – amigos por inercia y continuidad - que se cruzan en la galería en donde Tomás tiene un negocio de tatuajes. Alfonso es un tartamudo al que le gusta dibujar. De a poco, forjan una amistad en base a pasar tiempo juntos en una galería plagada de negocios vacíos. Ambos frecuentan un bar llamado “El Castelar”. Asistimos a sus peripecias, sus amores y sus desencuentros. De pronto, algo, una falla en el sistema, empieza a cambiar las cosas. La gente desaparece, las cosas de pronto no están. En paralelo, un hombre muy viejo desde un monoambiente cuenta un relato –más bien la impresión de un relato- como si el futuro ya hubiera llegado. Y es que el futuro, para las más de 800 páginas que tiene Big Rip, no es solamente algo que llegó, sino que está ahí; tanto adelante, como atrás, al costado. El futuro es lo que ocurre en el presente.

El narrador omnisciente de la primera parte se borronea. Irrumpe, con un epígrafe de David Foster Wallace y de Miguel Abuelo, en la segunda parte, un narrador en primera persona llamado Pripián que monologa o, mejor dicho, parece llevar un diario, un registro, un manuscrito, sobre lo que está pasando en el mundo. Porque en el mundo están pasando cosas. Mientras ocurren una serie de sucesivas Crisis (con mayúscula) que van cambiando el tiempo y el espacio tal y como lo conocemos, y que, como dice Pripian, “desgarran la realidad”, el narrador se relaciona la señora Coombe, una señora muy vieja que padece una enfermedad muy extraña. Aparece la historia de un Soldado Desconocido, que se agazapa en una trinchera luego de que la Cuarta Crisis termina por modificar el mundo. En la página 300, mientras el lector avanza en el relato entiende que resumirlo a un simple argumento sería emprender una tarea vana, y que, como en las grandes novelas largas que imponen su propia forma (desde Moby Dick de Melville hasta La Broma Infinita David Foster Wallace y El arco iris de la gravedad Thomas Pynchon pasando por Adan Buenosayres de Leopoldo Marechal y 2666 de Roberto Bolaño) el lector se rinde al arte de narrar de Romero, a la forma pausada y vertiginosa que tiene de conectar ideas diversas para lograr y encontrar sentidos novedosos.

Lo que a Romero le interesa es quebrar la lógica causal de los relatos. La estructura de la narrativa decimonónica; el lenguaje al servicio de los hechos y a un esquema más o menos confiable de acción y reacción. El lector a la espera de un resultado. Qué pasa, se pregunta Romero, si no pasa una cosa detrás de otra, sino cientos de cosas a la vez. El epígrafe con el que abre la primera parte (y la tercera parte) es de Thomas Wolfe, un escritor que resuena en la novela por su lógica “maximalista”, tal como lo definió el autor mismo en una carta enviada a Francis Scott Fitzgerald: una novela no debería dejar nada librado a la sugerencia. En su búsqueda tendría que incluir todo. “Quería dar cuenta de las discontinuidades de la experiencia vital, y de la experiencia de la escritura” dice Romero. “Mientras iba escribiendo, había cierta lógica de partitura en mi cabeza. Me voy con estos dos personajes, creo un texto más corto, uno más largo, y después vuelvo a los personajes para ver qué les pasa”.

Acopiaste mucho material, para empezar.

-El problema de la idea del acopio es que uno escribe y después reordena. Acá no quería reordenar. Volviendo a la idea de partitura, hay algunos textos que los escribí hacia el final, cuando sentía que había algún desbalance rítmico con respecto a lo que tenía en mi cabeza. Para mí era importante mantener una idea de ritmo, no solamente en relación al lenguaje, sino al relato. Crear saltos argumentales que se cruzan y se rompen. Esa clase de música que se desprende del texto, mientras uno escribe, me interesa mucho.

¿Cómo fue el plan de escritura?

-No quería pensar en un resultado, no quería que la zanahoria estuviera en el futuro. Quería la experiencia de escritura. Con sus flaquezas, sus hallazgos, sus ripios; que eso también entra en la novela. En ese sentido Foster Wallace fue un escritor muy liberador para pensar. La manera que él tiene, tanto en La Broma Infinita como El Rey Pálido, que me parece una gloria, de romper con la linealidad. Esa libertad, en donde puede pasar cualquier cosa, me resulta muy atractiva.

Una idea lúdica de la escritura.

-Lúdica, sí, pero al mismo tiempo con seriedad. Porque hay que hacerse cargo de que acá puede pasar cualquier cosa. Alberto Laiseca, por ejemplo, es un tipo que trabaja muy seriamente sobre el delirio, en novelas extensas como Los Sorias o El Jardín de las Máquinas Parlantes, y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Acá puede pasar cualquier cosa y al mismo tiempo hay que hacerse cargo de lo que pasa. Hacerse cargo del desorden hasta donde te den las fuerzas, digamos. Que los personajes, por ejemplo, cambien de identidad, que mueran, reaparezcan y vuelvan a morir de distintas maneras, pero de un modo que para mí fuese importante. Quería hacerme cargo de todo eso y ver qué pasaba.

¿Cómo hiciste para mantener la cordura durante el proceso?

-Escribiendo.

Dice Romero, y se ríe.

LA CIUDAD Y LA CIUDAD

Aún recuerda el impacto que tuvo una ciudad grande en su psiquis. Nacido en Paraná, provincia de Entre Ríos, Romero tuvo una infancia feliz. Atravesó su educación formal en un colegio franciscano sin problemas y descubrió la lectura gracias a los libros que su padre le traía luego de sus largos viajes por trabajo a Buenos Aires. Cuando decidió que estudiando la carrera de Letras podía conseguir una forma de ganarse una vida, afín a la literatura, se mudó a Córdoba, la capital de la provincia vecina, para continuar con sus estudios formales universitarios.

Era la primera vez lejos de casa. La experiencia de vivir solo, en un monoambiente, le produjo una sensación rara. El hecho de sentir que a su alrededor había otras vidas ocurriendo de manera simultánea; vidas que llevaban adelante sus ritmos, sus charlas, sus historias; que se movían, hacían ruidos y hablaban, le causaba mucha perplejidad. Se quedaba, cuenta Romero, escuchando en el silencio y la oscuridad de su departamento esos murmullos inconexos, los distintos niveles de ruidos, la forma que tenía el sonido de crear relato. No sabía qué hacer con ese asombro, dice. Y esa sensación quedó en él sin que la pudiera procesar. Hasta que se sentó a escribir Big Rip.

La ciudad que se respira en la novela es un espejismo de varias ciudades. Muchos bares que Alfonso y Tomás frecuentan en la primera parte recuerdan a los bares del Bajo, de San Telmo y de Barracas, los barrios por donde Romero anduvo, vivió y habitó, una vez que, con título en mano, decidió viajar hasta la ciudad de Buenos Aires para ver qué pasaba, ciudad en la que Romero desarrolló, por otra parte, un intenso trabajo como editor al frente de distintas colecciones, tanto en Gárgola como en Aquilina. En sus descripciones arquitectónicas (hay una secuencia con una inmobiliaria que desaparece y que recuerda a las vicisitudes de los inquilinos a la hora de conseguir un hogar en el caos de las grandes ciudades), la ciudad de Big Rip serpentea, se duplica, se vuelve un túnel largo y oscuro, hasta morir en una noche oscura. Aunque es la ciudad de Córdoba, dice Romero, la gran ciudad invisible detrás de la urbe que reúne a los personajes con sus ritos de pasaje y sus mitos.

FOTO DE BERNARDINO AVILA

La noche está presente en la novela, con sus mitologías y sus parrafadas largas y nocturnas. El primer libro de Romero sintetizó en cierto modo esa obsesión, los cuentos reunidos en Tantas noches como sean necesarias, en donde narraba historias que había recolectado en sus pasos por pensiones del barrio de San TelmoLa noche porteña atrajo desde un principio a Romero que, junto a otros cuatro escritores -Federico Levin, Leonardo Oyola, Ignacio Molina y Lucas Funes– formó parte de las lecturas organizadas bajo el nombre de El Quinteto de la Muerte. En esa época, mediados de la década del 2000, una época particularmente fructífera, surgieron varias editoriales independientes. Muchos escritores y escritoras, aún inéditos, se juntaban para leer en bares y centros culturales de la capital porteña. Organizaban lecturas que se extendían hasta altas horas de la madrugada en días hábiles. Ese clima noctámbulo se expande en varios de sus relatos y novelas hasta su último trabajo.

En un momento de la segunda parte de Big Rip, Pripián, el narrador, muy propenso a teorizar sobre lo que cree que está pasando, dice: “Sabemos que hay 'algo' ahí (yo sé, yo miro la plazoleta, la fuente y estos angelitos, y sé). Para algunos esta consciencia es una especie de consuelo. Para la gran mayoría, es un terror vibrante con el que estamos aprendiendo a convivir como antaño lo hacíamos con la soledad. Porque esta consciencia no dialoga con nosotros. No nos protege ni nos ataca. Está ahí. La percibimos en su empuje ciego. Es un dios tardío y múltiple, nacido de vaya a saber qué encrucijada cuántica, que se despliega, se contrae, se alimenta e hiberna todo el tiempo como nosotros, sus habitantes”.

En La ciudad ausente de Ricardo Piglia una máquina organizaba y procesaba las historias, la ciudad de Big Rip condensa la experiencia moderna; no es un hardware, sino una pantalla táctil y oscura que se traba, que pierde espacio, que se estira, que se conecta simultáneamente con miles de experiencias fugaces y diversas.

-Acá la máquina que pone a esas historias a correr es el lenguaje, y es una máquina de la que todos somos engranajes. Todas esas experiencias que incorporamos están, como decís, en lo digital pero también en lo analógico. Los límites no siempre son claros. Incluso todas esas vidas que uno se cruza en una ciudad. Esa cantidad de vidas que son importantes para uno y de pronto, de un día para el otro, desaparecen. Uno naturaliza muy fácilmente esas desapariciones, a veces con dolor, a veces con un duelo, a veces no. A veces el ruido del presente te permite avanzar y vos recién lo procesás mucho tiempo después.

En ese sentido, parece hablar de la pandemia.

-La pandemia no hizo más que exacerbar estos quiebres. Por eso vuelvo a la idea de continuidad. Nosotros para mantener cierta cordura hacemos un relato continuo de nuestra vida. Nuestra vida es un caos, un desorden de simultaneidades, de ideas y de experiencias, que incluso se contradicen entre sí. Vamos eligiendo de ahí el relato con el que queremos contarnos. Incluso, si cambiamos de interlocutor, muchas veces vamos a contar otra cosa sin que necesariamente estemos mintiendo. Yo quería que la novela diera cuenta de eso desde mi experiencia.

ROMPAN TODO

Hacia la tercera parte, todo lo que de algún modo tuvo una forma contenida, un relato causal y un principio de realidad, se tuerce. El fin del mundo, ese “Rest in Peace” que se anuncia en el título, empieza a ocurrir, inexorablemente. Los personajes se desdoblan y cambian de nombre. Aparecen Theodore y Charles (¿Tomás y Alfonso?), aparece un gran basural en donde los personajes se transfiguran y recolectan entre los objetos perdidos y dejados una trama residual.

No es la primera novela larga de Romero. Historia de Roque Rey (2014), relato de formación, construye el arco dramático de un joven bailarín en quinientas páginas. Perros de la lluvia (2011) combinaba el policial con la novela social abriéndose hacia una polifonía de voces (género que había transitado en las novelas El síndrome de Rasputín (2008) y Los bailarines del fin del mundo (2009), publicados en la colección Negro Absoluto) en casi trescientas páginas. La extensión no es un dato menor en su literatura; es lo que Romero necesita para crear la sustancia de sus personajes. Para moldearlos y lanzarlos al camino interno y errático de sus novelas. Personajes que, en cierto modo, se encuentran al margen de la norma establecida. “Me interesan los personajes marginales, no en un sentido policial ni sociológico; no me importa a qué clase social pertenecen. Mis personajes están desconectados de lo que la sociedad propone como un discurso, o como una visión de lo real. Entonces ellos, desde donde están, hacen lo que pueden para organizar lo que les pasa”.

Romero necesita saber de qué están hechos los personajes, pero sobre todo qué historias llevan dentro, y esas historias hacia qué otras historias lo pueden conducir. Un libro que le resultó revelador para pensar la estructura fue Manuscrito encontrado en Zaragoza, el clásico de la literatura gótica de Jan Potocki, publicado en el año 1805, historias dentro de historias que surgen como esquirlas de una explosión, o bien desde un detalle menor, una conversación casual y banal, y se extienden hasta buscar su propia convulsión.

El gran tema con el que se enfrentan todos los personajes de Big Rip (junto con el lector) es el largo y dilatado fin del mundo. La novela no deja de pertenecer a ese género que podríamos llamar, a falta de otro nombre, de “catástrofe”: qué nos pasaría si el mundo, tal y como lo conocemos, se termina. Pero su pregunta va más allá, ese mundo que creemos conocer, ¿lo conocemos, realmente? Y si apenas lo conocemos, ¿cómo sería su final? ¿Sería un solo final o existirían varias formas de habitar ese final? “Pienso que los que mejor pueden sobrevivir al caos, al fin del mundo, son los que no están tan atados a la versión más estandarizada de lo real, por eso hay en la novela marginalidades de todo tipo. A los dos seudo protagonistas que aparecen en la tercera parte –yo los llamé protagonistas falsos– no les queda otra que dejarse llevar por un camino de crisis. Y ese dejarse llevar es su herramienta de supervivencia. Por eso cambian, y hasta cambian de físico. Me interesaba no solamente romper con la idea de continuidad sino también con esta idea de lo continuo y de lo cerrado que se usa para pensar una identidad. Yo soy esto, pero eso no quiere decir que no soy todo esto otro”.

Los personajes en los relatos de catástrofe parecen actuar en contra de lo que pasa cuando el mundo se termina, como si existiera en ellos una negación hacia un cambio.

-Me molestan mucho las historias que cuando hablan del fin del mundo lo hacen como relatos ordenados. En esos relatos, tenés una visión perfecta de lo que está pasando y donde deberías estar vos ahí. Y cuando terminas, estás limpio. Pero para mí la lengua, con la que se está contando, también tiene que tener algún tipo de desajuste, sobre todo si lo que estás contando es la crisis del mundo. En general, en los relatos de catástrofe, todo el mundo tiene en claro que está en el fin del mundo. Pero nosotros, en nuestras vidas, no tenemos en claro dónde estamos parados. Y estos personajes tampoco. Algunos lo tienen más claro que otros, y lo interpretan como una posibilidad, y otros están metidos en sus mundos, en sus intimidades. Esa es otra cosa que me perturba de esos relatos de catástrofes: las intimidades parecen vacías. Solo están atravesadas por la coyuntura. Viene el fin del mundo entonces tu intimidad colapsa, pero la intimidad tiene su propia lógica, y no necesariamente va a colapsar de la misma manera o al mismo tiempo en que colapsa el mundo. Me gusta esa idea, una intimidad que sobrevive al fin del mundo. Como una partícula. Las partículas que dejaría el Big Rip cuando todo se desgarre.

El libro parece hablar sobre el miedo a la muerte, a que todo termine.

 

-Más allá de todas las vinculaciones genéricas que hay, porque sé que están mis lecturas, las películas que miro y la música que escucho, mi desconcierto es lo que más presente está en la novela. En cuanto al miedo a la muerte, no lo hice consciente. Sí hay algo en relación a la experiencia orgánica con respecto a la muerte, una experiencia que es muy rica y de la cual estamos recibiendo información contradictoria todo el tiempo. Y el cuerpo procesa y procesa, y lo orgánico tiene su propio relato. Uno puede organizarlo y catalogarlo desde el discurso científico, pero lo orgánico burbujea todo el tiempo. Hay que tratar de escuchar esa música, ese ritmo, ese burbujeo, en el propio cuerpo. Y lo único que tengo para experimentar todo lo que te digo, soy yo mismo. Yo soy el horizonte de posibilidades. Yo soy el fin del mundo. Es lo que plantea la novela. El fin del universo está en tu mirada. 

Esta tecnología tiene ramificaciones

 PALIMPSESTOS

Nos llega desde el litoral santafesino esta lectura creadora y creativa que realiza Juanjo Conti de la novela de Juan Mattio, donde indaga en ciertos aspectos del texto, evidenciando que toda crítica es autobiográfica y proyectiva y que solo la pereza impone las interpretaciones acomodaticias a las que estamos acostumbrados. Una suerte contar con textos que refrendan nuestra vocación, y devoción, crítica.

 

La historia es la de una obsesión. Una mujer, Katy, está, o estuvo, tras las huellas de una máquina. Un aparato utilizado durante la última dictadura militar argentina como una forma de detectar subversivos para capturarlos. Un sistema instalado en la red telefónica capaz de identificar ciertas palabras y deducir la naturaleza disidente de las conversaciones.

Sin embargo, esta tecnología tiene ramificaciones que llegan hasta cincuenta años más tarde y es utilizada por una programadora japonesa como base para una nueva aplicación de realidad virtual. Un producto disruptivo, un servicio que ha incorporado tantos usuarios que ha logrado replicar el mundo real.

La novela, entonces, tiene dos partes que se entremezclan. Tiene, lo que se llama, una estructura pendular. La historia 1 es la del narrador/protagonista, heredero y deudor del proyecto de la mujer que amó. Como en un rompecabezas, intenta reconstruir los hechos que su amiga estuvo investigando durante los últimos años de su vida. La historia 2 es el relato, en apariencia independiente, del diseño y la implementación de esta red social virtual que lo devora todo y sobre un sector en particular de la red, Die Toteninsel, donde el código de los usuarios fallecidos se acumula como en un eterno purgatorio.

Mis comentarios se van a centrar en esta segunda historia.

 

Tradicionalmente la ciencia ficción se encargó de naves espaciales y seres de otros planetas. En forma paralela a esas publicaciones, se desarrolló en la Tierra una tecnología totalmente distinta, inimaginada, que posibilitó ese otro nuevo mundo inexplorado: internet.

Esto dispuso nuevos materiales y por lo tanto, nuevas escrituras. Cada vez con más frecuencia aparecen relatos en los que los protagonistas ya no son científicos (como en Asimov) o proletarios (como en Philip K. Dick), sino programadores, tal vez un personaje intermedio que es a la vez poseedor de un conocimiento específico y mano de obra al servicio del capital. También los escenarios cambiaron; ya no se camina con cuidado y protegido por un traje espacial sobre la superficie de una geografía amenazadora (como en tantas space operas), sino que los cuerpos son dejados de lado en favor de sus representaciones virtuales. Los personajes son menos carne que procesos mentales ocupados en manipular estructuras igual de abstractas.

En esta línea de novelas, se inscribe Materiales para una pesadilla, de Juan Mattio, que cuenta con hermosas imágenes como esta para hablar de algo que para la mayoría de las personas es rígido e indiferente: «Paseaba por un espacio que no era más que código que se desplegaba frente a ellos como un origami hecho no de papel, sino de matemáticas».

 

El origen de la pesquisa de Katy se ubica en la Biblioteca Nacional, donde trabaja en el novel Departamento de Cibercultura, que tiene el objetivo de investigar el impacto de la cibernética en la sociedad: estudiar códigos de programación como una forma más de la creatividad. En el primer capítulo se nos cuenta que los viejos investigadores de la institución se negaron a participar del proyecto, ya que, según ellos, “el código no era texto” y un programador nunca sería un escritor.

La refutación de esa tesis es una idea central en el libro. Cuando se nos presenta a Haruka, la programadora japonesa que vive en un polo tecnológico en Berlín y es la otra protagonista del libro, no se la describe como una persona sin visión más allá del código que tipea, sino como alguien que tiene muy presente que su accionar modifica el mundo, que el diseño “es una rama de la filosofía”. Alguien consciente de sus capacidades y de su alcance. El diseño, piensa, “es aliado del cambio y de los débiles”.

En algún punto de la historia, esta visión choca con la de los inversores.

(Haruka reflexiona sobre cómo programar el cielo de esta nueva realidad virtual que está construyendo: “Quería que fuera un tono azulado imposible de encontrar en la naturaleza, un azul sintético, que no imitara el mundo real, sino que hiciera evidente la condición artificial de todo el entorno”. Y después: “Los inversores querían tranquilizar a los usuarios. Haruka, en cambio, querían incendiar sus percepciones”).

Cuando los ángeles de capital secuestran la tecnología para sus fines espurios y desplazan a Haruka de su rol de Jefa Creativa, ella rescata el código y los datos de los usuarios fallecidos y los lleva a nuevos servidores en en los que crea una isla, un lugar oculto en la red donde los nuevos usuarios que logran encontrarlo desarrollan su propia cultura, con mitologías y religiones.

Erik, uno de los visitantes a Die Toteninsel, reflexiona por qué el lugar es tan distinto a la realidad virtual comercial que había conocido hasta ese momento: “…se pregunta por qué habían programado ese polvo persistente sobre todas las cosas”.

La explicación no se hace esperar: “Los entornos RV solían ser mundos simplificados que prescindían, sobre todo, de fenómenos climáticos y ambientales por la complejidad que suponían para el lenguaje de programación y lo poco que aportaba a la experiencia”.

Ahí encontramos el leitmotiv de Haruka y de Mattio. El trabajo por la belleza. Las máquinas con espíritu. Lo hipnótico de la repetición. El valor de lo roto y vuelto a armar. El libro, este libro, como mecanismo.

 

Juanjo Conti (Santa Fe, 1984). Programador y escritor. Publicó las novelas Xolopes, Las lagunas y Las iteraciones. Desarrolla Automágica, un software libre de maquetación automática.

La imagen que ilustra el texto es la tercera versión de Die Toteninsel de Arnold Böcklin.

Aparato excretor de todos los miedos

 

EL FUTURO EN FUGA SINIESTRA

Por Omar Genovese

El sonido de las cosas de Gonzalo Santos, Azul Francia, abril 2021.

El duermevela del discurso fuera de sí, inflamado por los fantasmas en la desconexión con lo humano para ser otro y no serlo, ése fallar en percepción y juicio hasta el delirio, es más que un personaje, es el estilo mismo. En qué momento comenzó el delirio de la enunciación con pretensiones filosóficas, trascendentales, para hacer eterna esa mirada que en el fondo ampara los peores rasgos de una tribu desesperada por la perduración, es la sospecha. Porque en El sonido de las cosas, reverbera la falla de la verdad en lo apocalíptico. A tres páginas de lectura surge que el primer hablante no le hablaba a nadie, fue el primer incomprendido de nuestra especie. ¿Por qué el texto encarna una vindicación de tal unicidad como despliegue de alas ante el abismo tan mortal como inminente? Por eso Santos da un giro especular: “¿No es lo no dicho, eso que está debajo del iceberg, lo que le da sustancia a un relato?”

Desde la ventana ocurre el espectáculo de la pantalla mediatizada e individualista. Lo representado es material, o materia de un afuera inconcebible, el horror mismo con su dolor en ciernes. Pende sobre la existencia, como un teléfono inteligente injertado al cerebro, virtualidad capaz de interceder en todo espacio como en la compra de alimentos en el supermercado, pero con la supervisión del ojo orwelliano existe la sanción por puntos si la mirada virtual osa expresar el deseo, culpa de acoso. Xiaomi Neura es la red neuronal, artefacto que plantea esa frontera inequívoca: no nos consta que detrás de tanta tecnología exista lo concreto.

Para Kilian, los recuerdos son el magma de la duda, mientras el taconeo de la madre alcohólica anida el ritual de marca imborrable. Lo terrible se oculta hábil, pero duele más intenso entonces, regurgita lo posible, hace carne a la inteligencia artificial que asiste al escritor del que sabemos escribe sobre Ergo, una proyección de todas las incertidumbres (la IA tiene nombre, incluso conjetura sobre lo escrito: Elián), como largo epitafio sin lectores futuros. Para eso la novela corta resulta el acertijo literario más efectivo respecto al artefacto de la fantasía, le da dimensión para que derive en el lector en reflejos fraccionados, salidas de emergencia cuando la catástrofe ya es inevitable.

La existencia se torna aparato excretor de todos los miedos, los configura, les da dimensión para aterrorizar eso que queda de vida. Y allí, ¿esto era la vida? El Golem consagrado por el algoritmo dice de sí, apabullando al escritor: “A la lengua de los hombres ya no le podía sacar más provecho”. Ése capullo del monstruo, tal amenaza, habita un cordón conurbano que es el infierno de las copias fallidas. Cuando la genética es ése frasco que muestra impávido tanto lo posible como su negación. Así, lo artificial del experimento es la pérdida de futuro, una reclusión a perpetuidad, un giro en falso de toda narración buscando a quién se dirige, en la imposibilidad del otro, huella farresiana que se disipa entre los dedos del que escribe.

Publicado en el Suplemento Cultura de Perfil Diario el 09/05/21

También quiero las del mismo autor y las de la colección "Arqueologías del futuro"

 

TERRITORIOS SIN CARTOGRAFIAR: LO NUEVO DE KIKE FERRARI

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Por Elías Fernández Casella

Enrique “Kike” Ferrari, uno de los principales exponentes de género negro en el país, presenta su nuevo libro, Territorios sin cartografiar. Para esta experiencia apuesta al trabajo conjunto con la editorial Indómita Luz, “con las características de las pequeñas editoriales, la energía de la militancia popular y el aprendizaje compartido.”

El autor de novelas como Operación BukowskiQue de lejos parecen moscas y Todos nosotros, comenta que este libro es “un dispositivo híbrido entre el libro de cuentos y una novela. Cada relato tiene autonomía narrativa pero a la vez, leídos en conjunto, conforman una unidad”. Y agrega: “Pero es una unidad quebrada, porosa, puesta en estado de pregunta. Porque el libro intenta jugar con la incertidumbre y el asedio a eso que solemos llamar realidad.”

Territorios sin cartografiar es parte de la colección Arqueologías del futuro. “En esta colección nos proponemos”, dice Juan Mattio, director de la editorial, “circular una serie de libros -a veces desde la ficción, a veces desde la teoría- que exploren los imaginarios alucinados de la ciencia ficción, el fantástico y la literatura weird”.

Todas las variantes posibles es el sueño de mi vida

 

“Los accidentes geográficos”: cómo reconstruir una y otra vez una historia de amor

La autora de “Lolas”, “Bolas” y “Pulpa” cuenta en esta nota cómo fue el proceso de escritura de su nuevo libro, editado por Obloshka: todas las variantes posibles del matrimonio formado por Greta y Henrik

“Los accidentes geográficos” (Obloshka) de Flor Canosa
“Los accidentes geográficos” (Obloshka) de Flor Canosa

Los accidentes geográficos no nació en un viaje a las tierras nórdicas sino cruzando en diagonal y pisando las piedras anaranjadas de la Plaza de los dos Congresos junto a Janice Winkler, una calurosa tarde de noviembre de 2016. No siempre se puede recordar el momento de la concepción de una historia con tanto detalle. Ambas fuimos invitadas a un programa de radio. Ambas teníamos nuestros libros publicados y una novela juvenil escrita a dos manos que todavía busca hogar. En esa geografía salvajemente doméstica del barrio de Balvanera se ancla el primer mojón de esta novela que me acompañó cinco años extraños de mi vida.

Janice me pasó el poema “Un bello matrimonio” de Silvia Arazi y no podía sacármelo de la cabeza. Yo estaba casada con un extranjero altísimo, quien hacía seis meses había vuelto, transitoriamente, a su tierra natal. Nos estábamos separando, sin saberlo todavía. Recién iniciando un viaje interno sin boleto de retorno. Janice tampoco sabía que su vida iba a tener un par de reveses emocionales y el proyecto de escribir esta novela juntas se iba a truncar.

O no. Quedaron sólo dos de las cuatro manos originales, pero el proyecto estaba allí. Porque el indicio de historia que me regaló Janice, la de un matrimonio que vivía en un país nórdico una relación totalmente gris y desamorada, pero que soñaban al unísono que eran felices en un clima tropical, cobró cuerpo.

Dos días más tarde, le envié un primer capítulo. Luego de un tiempo de silencio, continué. Ya mi matrimonio se había roto; mi marido había sellado su pasaje sólo de ida a su país de origen y yo estaba tratando de reconstruir la vida compleja que me había caído en suerte. A veces, cuando un proyecto se destruye, sólo queda juntar los pedazos y convertirlos en algo.

De pronto, Greta y Henrik necesitaban hacerse carne. Le daba vueltas a la idea de hacerlos felices en un sueño compartido y recordé viajes y situaciones, e imaginé qué pasaría con ellos en distintas ciudades, climas, posibilidades. Ya no como un sueño, sino como la chance de reconstruir una y otra vez una historia de amor, como si el estribillo de una canción nunca se repitiera idéntico.

Flor Canosa
Flor Canosa

No es la novela de mi matrimonio ni la novela de mi separación. Tampoco refleja ninguna historia de amor que haya tenido y tal vez sí, quizás un poco de todas. Quizás fui Henrik o Greta o Hilde o Sven o Lucien o cualquiera de los demás personajes. Aunque nunca visité Oslo ni Manta, sí recorrí la génesis y la extinción de amores que nacieron para durar para siempre y, sin embargo, murieron luego de una más o menos larga enfermedad terminal. El ciclo vital de la pareja, o, como piensa Greta: “Así no puede terminarse un matrimonio. No puede morir como si nunca hubiese vivido. El final de un matrimonio debería ser, a lo sumo, una mariposa estrellándose contra un foco.”

La pandemia me daba picazón en la punta de los dedos y este libro estaba ahí. Si “los delfines volvían a Venecia”, ¿por qué no podía encontrar yo el norte y transitar por las calles de Roma otra vez? ¿Por qué no podía revivir los adoquines de San Telmo o imaginar en la boca la textura de la arena de una playa ecuatoriana? Caminar despacio por los callejones de la construcción de un universo múltiple, respirar en los recovecos húmedos de la piel de sus criaturas, guiada ahora por la certeza de que el tiempo oxida ciertos materiales para despojarlos de brillo, pero los llena de historia.

Silvia Itkin, mi editora en Obloshka, me dijo hace unos días: “Es como tener una cajita de música cerrada, la abrís, y en lugar de encontrar a una bailarina clásica, aparece una stripper” y creo que es una metáfora perfecta de la forma en que me sale escribir. Es tal vez la manera en que concibo la vida y la literatura, como una hermosa cajita que adentro contiene algo que no debe estar, disruptivo, muchas veces espantoso. Como dar la vuelta a la esquina y cruzarte con otra versión de vos mismo. Como si todos esos monólogos internos, esas conversaciones mentales llenas de palabras que permanecen muertas al no ser emitidas, pudieran desprenderse del cuerpo y nos dieran la posibilidad de vivir varias versiones de una (nuestra) misma historia.

Francisco Cascallares, desde la contratapa, lo explica así: “Todo lo que podría pasar pasa siempre y a la vez (...) en una novela sobre las variantes con las que versiones de los destinos de Greta y Henrik se van entretejiendo en sus crisis infinitas”.

A través de la cronología única o múltiple de Greta y Henrik, atravesados por la línea del ecuador, respirando el verano romano, masticando carne de reno noruego o perdiéndose en los pasillos de un edificio porteño, intento esbozar, o conjurar, o comprender qué sucede en las entrañas de esos amores cuya misma potencia los condena a la extinción. En definitiva, como dice el narrador de Los accidentes geográficos, “de lo importante a lo insignificante, nadie ama porque sepa. Sabiendo, es imposible amar”.