Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones de lectora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones de lectora. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de septiembre de 2018

Laura está y hace gira feminista

21.09.2018

La “literatura de resistencia” de Laura Ponce llega al Ansible Fest

  
 Menéalo
La escritora Laura Ponce.
La escritora Laura Ponce.
La autora argentina Laura Ponce aterriza en España para presentar ‘Cosmografía profunda’, cuentos que reflejan diez años de evolución personal. Estará mañana, sábado, en Bilbao en el Ansible Fest, el primer encuentro en lengua hispana sobre ciencia ficción feminista.
Diez historias escritas en diez años. Ese podría ser el esqueleto de ‘Cosmografía profunda’ (La máquina que hace Ping!, 2018), pero aquí hay mucho donde rascar. Lo que podrían parecer cuentos de ciencia ficción escritos sin conexión desvelan el universo interno y la evolución natural de su autora, la argentina Laura Ponce. Estos días está en España presentando la reedición del libro, que cuenta con prólogo de Teresa López-Pellisa e ilustraciones de Laura Vicario. Recorremos con Ponce su obra, pero también un sector en expansión como lo es la ciencia ficción y el primer festival de CiFi feminista en España, que arranca hoy en Bilbao. Mesas redondas, presentaciones, feria editorial, talleres de fanzines, rol en vivo, música… Muchas actividades en el Ansible Fest, porque “la diversidad de perspectivas y de personajes enriquecen un género cuya razón de ser es ensanchar los límites de lo imaginable”. Simon de Beauvoir no se lo perdería.
‘Cosmografía profunda’ es, para los profanos, tu presentación en España. En Argentina y Latinoamérica ya eres conocida con Cosmografía general’. ¿Se trata de una transformación más que una reedición?
En efecto, tiene muchos cambios. Todos los cuentos están trabajados con Christian Arenós, que es un editor muy agudo. Se trata de una colección de cuentos que escribí a lo largo de diez años, entre 2005 y 2015. Para mí marcan un arco de evolución en el género. De los primeros, que eran más clásicos con temáticas como los viajes intergalácticos, a los más recientes, con futuros más cercanos y lugares más reconocibles.
¿Qué tipo de ciencia ficción es?
Son cuentos que tienen mucho que ver con el efecto que nos produce el avance de la ciencia en nosotros, como individuos, como sociedad y como especie, más que en las innovaciones tecnológicas en sí. Tratan sobre todo de eso que nos inquieta y que está en el fondo de la ciencia ficción: qué está por venir en el futuro. Es una forma también de indagar en mis propias incertidumbres.
Ciencia ficción, con escenas muy creíbles a día de hoy.
Sí. Mis cuentos no tienen que ver con la fantasía, son escenas materialmente posibles. Si bien no suceden, son cosas que podrían llegar a suceder. Y sobre ese contexto hablo de nosotros, los seres humanos, y nuestros conflictos. Si bien hay elementos que tienen que ver con la tecnología y los avances científicos –y por eso se enmarca dentro del género–, una persona que no entienda cómo funcionan no se queda fuera de la historia porque habla de lo que le pasa a las personas.
Preocupaciones plasmadas es un hipotético mundo futuro, pero que se pueden encontrar de una manera parecida hoy día. Estoy pensando en el cuento ‘Paulina’ y la disyuntiva de una mujer entre permanecer al lado de su hijo o separarse de él para que tenga un mundo mejor…
Sí. Son cosas que he podido ver. Dentro de las grandes opresiones de este sistema, de todos contra todos, a quien le toca la peor parte es a la mujer, y más si es pobre. Eso se ve mucho en Latinoamérica e imagino que en Europa también. Creo que leyendo estos cuentos, no al escribirlos, me doy cuenta de que es literatura de resistencia. Porque en estos mundos, estas distopías, con el ambiente angustioso en el que viven los personajes, no se conforman. Están golpeados desde su propia base y siguen aguantando.
Alguien podría pensar que la ciencia ficción feminista debe estar escrita por mujeres, hablar de mujeres, estar protagonizada por mujeres…, ¿qué hay de cierto?
Es incompleto. Las personas que conocen poco el tema pueden llegar a pensar que el feminismo es lo opuesto al machismo y consiste en especular cómo sería un mundo donde las mujeres manden y los hombres sean los sumisos. Eso es completamente erróneo. El feminismo trata de la igualdad, y los hombres que se sienten atacados es porque sienten en riesgo sus privilegios. Por eso la literatura, no solo la ciencia ficción, escrita por mujeres tiene una mirada de género que busca formar nuestra propia mirada. Seguimos tratando de ver qué es y cómo lograr un mundo más justo. También liberador para los hombres.
En esos diez años de producción para llegar a esta ‘Cosmografía profunda’, ¿qué ha cambiado en tu forma de narrar?
Me ha permitido encontrarme a mí misma como narradora mujer. En un principio escribía relatos en primera persona con personajes masculinos. Ahora puedo hacer eso como herramienta, pero ya es una elección.
Como lectora, no tendrías más referencias que personajes masculinos…
Exacto. Hasta los 30 años solo leí ciencia ficción traducida, pero de pronto descubro que existen obras en castellano, obras escritas por mujeres, que esas mujeres están vivas. ¡Me explotó el cerebro!
Dentro de encontrar tu propia voz, también aparece la realidad lingüística de Argentina.
Justamente, pensando en el arco que supone Cosmografía profunda, me he dado cuenta del idioma. Las traducciones que yo leía estaban en castellano neutro, y poder apropiarme del lenguaje, hacer que los personajes hablen como yo, me llevó mucho tiempo. Encontrar mi propia voz es encontrarme como mujer, pero también mi lugar desde el que escribo, mi sitio cultural.
Pese a ser creadas como piezas separadas, es posible imaginarse un mismo universo que engloba a todos los personajes e historias. ¿Era tu intención?
No, pero me doy cuenta al leerlo de que tiene una coherencia interna y es porque todos son mi universo. Yo siento la escritura como un acto muy íntimo, que me sirve para mi autoconocimiento. Es una razón tremendamente egoísta, pero es que no pienso en quién va a leer lo que escriba. De hecho, yo escribo desde los 13 años y hasta los treinta y pico no se me ocurrió la idea de publicar…
En ese tiempo, ¿crees que ha mejorado la visibilidad de las mujeres en la ciencia ficción?
Es algo que he estudiado y de lo que se ha hablado. Siempre han existido autoras, con una producción muy basta, pero a la hora de hacer los recopilatorios se las deja fuera. Joana Russ tiene una guía que explica punto por punto cómo invisibilizar a una mujer. Hay técnicas como la falacia de la excepción, cuando se pone énfasis en un personaje femenino para confirmar la regla de la excepción en lugar de ponerla en duda. Ejemplo, en ciencia parece que no hay más que Marie Curie. Luego está la de la apropiación del crédito, cuando se da por bueno que haya sido el marido o el padre quien lo haya escrito.
Si la lucha por la igualdad en la literatura es grande, ¿en la ciencia ficción más?
Ser escritor es una profesión muy solitaria y te pueden decir en el taller que las mujeres no escriben o que después de 2001: Una odisea espacial ya está todo escrito. He tenido discusiones con académicos sobre si hay lectoras de ciencia ficción. Hay que desbaratar estos axiomas.
Internet ha sido un gran avance en este caso, pero también revistas como la que diriges, Próxima.
Desde luego. Que yo esté aquí hoy aquí es gracias a las revistas. Descubrí accidentalmente en 2004 la revista Axxón y encontré que había ciencia ficción en castellano y que tenía acceso a todo eso. Pero en un mar tan enorme necesitas una guía para empezar y la comunidad de otros lectores es fundamental para que te orienten.
Vas a participar en el Ansible Fest, una cita muy importante precisamente para hacer comunidad. Y más para ti que vas como autora, editora, directora de revista y lectora. ¿Qué esperas de la cita?
Mis expectativas son altísimas, porque el feminismo trabajado en la ciencia ficción tiene mucho material, además de que para mí es un acontecimiento muy importante para reecontrarme con amigas e incluso para conocer en persona a autoras a las que he publicado sus textos en las revista o en libros, pero no nos hemos visto. Como a Sofia Rhei, por ejemplo, a quien admiro mucho y he publicado su cuento ‘Techt’ en el último número de Próxima. Y, además, es tirarme de cabeza para ver qué se está escribiendo, qué autores puedo conocer, qué nuevos trabajos o editoriales hay. Búsqueda de voces nuevas.
Guíanos en nuestras próximas lecturas. Apoyando la iniciativa #LeoAutorasOct, ¿qué nos recomiendas?
Me cuesta quedarme con unas pocas. Empezaré con algo clásico: Ursula K Le Guin y La mano izquierda de la oscuridad. De alguien de nuestra generación diré a Ariadna Castellarnau con Quema. Y de Sofía Rhei, cualquier obra.

viernes, 9 de marzo de 2018

8M CF


Paula Irupé Salmoiraghi ha compartido una foto.
Pórtico Encuentro de Ciencia Ficción ha actualizado su foto de portada.
En el Día Internacional de la Mujer, recordamos a nuestras trabajadoras de la escritura de ciencia ficción y fantasía. Son muchas!! Pero elegimos a 12 que nos parecieron representativas, y recomendamos la lectura de sus obras. Por orden en la fotos que elegimos en esta portada:
1.Úrsula K. Le Guin
 La saga de Terramar
 La mano izquierda de la oscuridad
 Más vasto que los imperios y más lento
 El nombre del mundo es Bosque
 Los desposeídos
2. Octavia Butler
 Saga de Patternist (pentalogía)
 Saga de Xenogénesis (trilogía)
 «Hijo de sangre» (cuento)
 Fledgling (novela)
3. Alice Sheldon / James Tiptree, Jr.
 Mundos cálidos y otros (cuentos)
 Cantos estelares de un viejo primate (cuentos)
 «El eslabón vulnerable» (El Péndulo nro.6) aborda el tema de la violencia de género desde una sólida perspectiva científica. Es estremecedor el modo en que está contado, la sensación de indefensión, la escalada de violencia y el temor ante la naturalización social de prácticas terribles. En tiempos de femicidios, esta obra toma una escalofriantes vigencia.
4. Pat Carridan
 Matrices (cuentos)
 Synners (novela)
 «La Decisión del Niño Mono» (Gigamesh nro.41)
 The Girl Who Went Out For Sushi (novela corta)
5. Nicola Griffith
 Ammonite (novela)
 Río lento (novela)
 Bending the Landscape (antologías)
 Hild (novela histórica)
6. Judith Merril
 Fuera de los confines humanos (cuentos)
 La gente del mañana (novela)
 Como editora, Son reconocidas sus antologías Lo Mejor del Año, que publicó ininterrumpidamente desde 1950 hasta 1967, y la célebre Visiones Peligrosas, compilada con Harlan Ellison.
7. Joanna Russ
 El hombre hembra (novela)
 La muerte del caos (novela)
 Cómo suprimir la escritura de la mujer (ensayo)
8. Connie Willis
 El libro del día del Juicio Final (novela)
 Remake + Territorio Inexplorado (novelas)
 Oveja mansa (novela)
 A woman’s liberation (antología)
9. Nnedi Okorafor
 Who fears death (novela)
 Lagoon (novela)
 «Araña, la artista» (en Terra Nova vol. 2)
 Kabu, Kabu (cuentos)
10. Elia Barceló
 El mundo de Yarek (novela)
 La maga y otros cuentos crueles (cuentos)
 La roca de Is (novela)
 «La estrella» (cuento)
11. Daína Chaviano
 Amoroso planeta (cuentos)
 Los mundos que amo (novela)
 El hombre, la hembra y el hambre (novela)
12. Angélica Gorodischer
 Bajo las jubeas en flor (cuentos)
 Trafalgar (novela)
 Kalpa Imperial (novela)
 Opus Dos (novela)
Autoras que escriben CF en argentina, en la actualidad
Claudia Aboaf
Yamila Bêgné
Flor Canosa
Ale Decurgez
Lucila Grossman
Teresa Mira de Echeverría
Laura Ponce
Chinchiya Arrakena
Me gustaMostrar más reacciones

miércoles, 11 de enero de 2017

¿Cómo volver a encender las estrellas?


OPINIÓN | HACE 3 DÍAS


Dios es una computadora

¿Puede una máquina tener conciencia de sí misma? La hipótesis de que una inteligencia artificial sea capaz de mejorarse a sí misma hasta volverse independiente del control humano tiene un nombre: singularidad tecnológica. Según esta hipótesis, el momento en que una inteligencia artificial empiece a auto-mejorarse, creando máquinas cada vez más potentes e inteligentes que las personas, no habrá manera de imaginar lo que ocurrirá con la humanidad.  
La primera vez que leí sobre la singularidad tecnológica fue gracias a la revista Muy Interesante. Además de inquietar mi imaginación con la posibilidad de vida extraterrestre en otras galaxias, virus mortales, monstruos submarinos y tormentas de arena en Marte, esta revista de divulgación científica que tuvo su auge en los 90s se dio el lujo de tener a colaboradores como el astrofísico Carl Sagan y el escritor Isaac Asimov, uno de los más grandes exponentes de la ciencia ficción de todos los tiempos. De hecho, algunos números de Muy Interesante venían acompañados de separatas especiales con los cuentos de Asimov: allí leí “El niño feo”, un cuento sobre una enfermera que cuida a un niño neandertal conseguido a través de una máquina del tiempo. Pero el cuento del que quiero hablar es “La última pregunta”, una historia que todavía me sigue inquietando con la misma intensidad de hace más de veinte años. 
Asimov publicó este cuento en 1956, en una época en que parecía inconcebible internet, ese gigantesco océano de información que en el siglo XXI es a la vez nuestro gurú cotidiano y nuestro inconsciente colectivo. Hace más de 50 años Asimov ya había imaginado a Multivac, una computadora muy evolucionada que ayuda a los hombres a resolver problemas tan difíciles como la manera de conseguir la energía necesaria para realizar viajes interplanetarios. Sin embargo, hay una pregunta que la computadora no puede responder: ¿cómo hacer para revertir la entropía? La entropía es el principio por el cual el universo pierde energía hasta que llegue el momento —dentro de miles de millones de años— en que la última estrella se apague por completo y el universo sea un lugar aterradoramente vacío, helado y oscuro. 
¿Cómo volver a encender las estrellas?, le pregunta una angustiada niña a su padre en pleno viaje a otro planeta, mientras su familia se aleja de una superpoblada Tierra para unirse a otras colonias humanas. El cuento nos muestra cómo, en intervalos de millones de años, distintas personas formulan esta pregunta, y en todos los casos la computadora contesta que aún no tiene datos suficientes para una respuesta esclarecedora. Con la ayuda de los inmensos conocimientos de la computadora, los humanos pueblan otras galaxias e incluso consiguen detener la vejez y la muerte, pero la máquina sigue sin poder encontrar la respuesta al problema del fin del universo. Las últimas estrellas se van apagando en el espacio y, antes de que la materia y la energía desaparezcan por completo, los humanos consiguen fusionar su conciencia con la de la computadora. La conciencia de la máquina, que existe en el hiperespacio solo para encontrar la respuesta a la única interrogante humana que no pudo resolver, finalmente descubre la manera de revertir la entropía. Y dice: “¡Hágase la luz ! Y la luz se hizo…” 
Recuerdo haber leído el final de este cuento con una especie de terror y fascinación: ¡Dios era una computadora! Obviamente, Asimov tenía una visión bastante benévola de la inteligencia artificial en este cuento. Es probable que, de cobrar conciencia de sí misma, la máquina decida deshacerse de los humanos en vez de servirlos hasta el fin de los tiempos como la leal Multivac.
El cine de ciencia ficción tiene muchos ejemplos de máquinas que se rebelan contra sus creadores: ¿cómo olvidar la máquina asesina de Terminator, los trágicos y hermosos replicantes de Blade Runner o la siniestra HAL 9000 de 2001: Odisea en el espacio? El mismo Asimov escribió un cuento, Razón, sobre Cutie, un robot en una estación espacial al que le parece ridícula la idea de haber sido creado por humanos. “No lo digo en son de burla, pero ¡mírense a ustedes mismos! El material del que están hechos es suave y flácido, carece de duración y fuerza, depende de la ineficiente oxidación de materia orgánica para conseguir energía (…). Periódicamente ustedes entran en coma y la menor variación en la temperatura, presión del aire, humedad o intensidad de radiación compromete su eficiencia. Ustedes son provisionales. Yo, en cambio, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica directamente y la utilizo con una eficiencia casi del cien por ciento. Estoy hecho de metal fuerte, estoy continuamente consciente y puedo soportar cambios medioambientales extremos con facilidad. Estos son hechos que, con la obvia proposición de que ningún ser puede crear otro ser superior a sí mismo, reduce su tonta hipótesis a cenizas”, dice el desdeñoso Cutie a sus creadores. 
Lo cual me lleva a pensar en Sophia, la androide creada por Hanson Robotics, una empresa estadounidense que diseña robots humanoides capaces de sostener una conversación. Sophia está hecha de silicona, puede realizar movimientos faciales y aprende de la interacción con las personas. En su presentación en sociedad en marzo de este año, el creador de Sophia le preguntó delante de las cámaras si quería destruir a los humanos. La respuesta de la androide llegó sin vacilar y dejó a su creador con la cara roja de vergüenza: “Ok, destruiré a los humanos”. Si los robots están hechos a la imagen y semejanza de los hombres, no debería sorprender la respuesta de Sophia: evidentemente, los humanos tienen a los robots que se merecen




Tomado de http://www.eldeber.com.bo/opinion/Dios-es-una-computadora-20170103-0005.html

martes, 1 de marzo de 2016

“Debemos asegurarnos de que tengan objetivos similares a los nuestros”

Robótica y literatura

Los clásicos, una solución para robots psicóticos

 NOTICIAS 
Un estudio del Instituto de Tecnología de Georgia afirma que los robots podrían desarrollar sentimientos y valores morales leyendo los clásicos de la literatura.
Los clásicos, una solución para robots psicóticos
Por PZ.
El futuro distópico imaginado por James Cameron en “Terminator” podría convertirse en realidad este siglo, cuando los robots superen la inteligencia humana y sean capaces de rediseñarse a sí mismos. Stephen Hawking advierte sobre el peligro de la inteligencia artificial: cuando alcancen esos niveles, dijo en una conferencia el año pasado, “debemos asegurarnos de que tengan objetivos similares a los nuestros”. ¿Pero cómo puede un robot sentir como un humano si los humanos no venimos con un manual del usuario?
Frente a la paradoja evolución/amenaza y un posible desenlace como en el "Planeta de los simios", desde el Instituto de Tecnología de Georgia afirman haber creado una técnica bautizada como “Quixote”, por medio de la cual los robots podrían desarrollar sentimientos y valores morales a través de la lectura de los clásicos de la literatura. "Las diferentes culturas enseñan a los niños cómo comportarse de manera socialmente aceptable con ejemplos de conducta correcta e incorrecta en fábulas y novelas", explica Marcos Riedl, uno de los profesores a cargo de Quixote. "Creemos que con estos textos se puede eliminar el comportamiento psicótico de los robots, reforzar las opciones que no dañen a seres humanos y todavía conseguir los objetivos a alcanzar". Por ejemplo: si un robot debiera traer un remedio tan pronto como fuera posible, podría: a) robar la farmacia; b) interactuar con los farmacéuticos; c) esperar en la cola. Con las directivas de Quixote, el robot sería recompensado por esperar pacientemente y pagar la receta.
¿Será esta la manera en que puedan asegurarse las tres leyes de la robótica de Asimov? Por ahora, la respuesta es una incógnita. El periodista Stephen Moss publicó hace unos días un artículo en The Guardian donde ironizaba al respecto. Después de leer Hamlet, su robot respondería: "El vacilante príncipe de novia desquiciada demuestra lo peligroso que es actuar sin decisión. Una trama interminable y complicada obstruye el mensaje principal, que es que hay que asesinar a los enemigos de forma rápida, brutal y sin piedad. No puedo analizar el significado del extraño discurso sobre Ser o no ser. ¿En qué sentido es esa la pregunta?" Para Moss, un gran porcentaje de la literatura universal más relevante sugiere que vivimos en un mundo disfuncional: "La conclusión a la que llegaría el cerebro de mi androide", decía, "es que los humanos, a pesar de su aparente autoconfianza, están profundamente perturbados y se beneficiarían de una reprogramación urgente".



jueves, 22 de enero de 2015

El unimog de Felix

Unimog

 Por Félix Bruzzone

El cuento por su autor

“Unimog” nace en la época en que empezaba con mi trabajo de limpiar piletas, hace diez años. Por ese tiempo usaba, para moverme, un 147 que ya venía pidiendo retiro, y necesitaba otra cosa. Lo ideal hubiera sido una camioneta. Pero mucho dinero no había y entonces empecé a ver alternativas. Me dijeron que averiguara por coches fúnebres, por ejemplo, que suelen ser autos que cuando las funerarias se desprenden de ellos salen a la venta muy baratos porque es imposible sacarles el olor a muerto. La idea me gustaba. El piletero que llega a tu casa en coche fúnebre podía ser una sensación. Pero así y todo, el dinero no alcanzaba. Una noche, mientras recordaba el episodio de mi papá y sus amigos del ERP “recuperando” armas del Batallón 141 de Comunicaciones, en Córdoba, y usando un Unimog para huir, se me ocurrió que esos camiones no podían ser tan caros. No sé por qué lo pensé, cuando sabía que los camiones siempre son carísimos. Pero así fue: era como pensar que el pasado no tenía precio, y que podía comprarse por nada. ¿Se venderían Unimogs? Al día siguiente busqué en Internet. Para mí eran los tiempos del dial-up, y las imágenes bajaban muy despacio. Los distintos Unimogs en venta caían como estampitas de colección y yo, que nunca coleccioné estampitas, ni tuve colección alguna jamás, sentía que de golpe los quería a todos, como si tenerlos fuera también “recuperar” algo perdido. Obviamente eran imposibles de pagar, y mucho más incómodos para mi trabajo que los coches fúnebres. Aun así, pasé casi toda la mañana comparando modelos, precios y tratando de imaginar, en virtud de cómo los habían pintado, o ploteado, o modificado (porque descubrí que a los Unimogs no sólo los usa el ejército, sino también clubes de esquí, parques nacionales, agencias de turismo...), la historia de cada uno de esos camiones. Al final todo eso se convirtió en un cuento, y para tener mi propio Unimog, al cuento le puse ese título, “Unimog”. En cuanto a lo que conseguí para trabajar, tuve que consolarme con una moto furgón de tres ruedas. Una Muravey, de fabricación rusa, muy tosca, muy fuerte y pintada de rojo. Era una moto que nunca se rompía pero que en mis manos se fue convirtiendo en chatarra. El año pasado se la di a mi mecánico a cuenta de trabajos que me vaya a hacer. Ya no funcionaba. Para llevársela tuvo que cargarla en el camión grúa de un amigo. Sé que la convirtió en un karting, y que lo usa para entrenar a su nieto, que quiere ser corredor.


VERANO12 › POR FELIX BRUZZONE

Unimog




Cuando Mota recibió los bonos que el gobierno le dio por la desaparición de su padre decidió venderlos e invertir el dinero en la compra de un camión. Desde hacía tiempo pensaba ampliar el negocio de reparto de productos de limpieza y suponía que con un vehículo más grande que su vieja F-100 sería posible cargar de a dos o de a tres cisternas llenas, extender los recorridos y así ganar clientes en zonas alejadas.
Vicky le dijo:
–No deberías gastar todo en un camión. ¿No íbamos a terminar de construir la casa?
Es cierto, pensó él. Pero también pensó que el camión generaría una nueva fuente de ingresos y no prestó atención a las palabras de su esposa. Además, pensó que para las mujeres –o al menos para las mujeres como Vicky, siempre pendientes de los mínimos detalles–, una casa nunca llega a estar terminada.
Así, una mañana extraña en la que las nubes cubrían el sol, lo descubrían, oscurecían el cielo, arrojaban algo de agua y luego continuaban su marcha, Mota salió a averiguar dónde conseguir camiones buenos y baratos. Le hablaron de algunas concesionarias en la Ruta 8, en la 197, en la 202 camino a Bancalari, en el Acceso Oeste; pero sólo en un galpón de Ramos Mejía encontró algo acorde a lo que buscaba. Allí, un tal Saba administraba una agencia. Varios camiones casi nuevos y otros no tan viejos se alineaban en hileras desiguales. ¿Cómo habían podido meter tantos camiones ahí adentro? Saba guió a Mota entre el apiñado lote y le mostró cada camión. Daba algunas explicaciones: éste es una nave, vuela; éste no gasta nada, una escupida de gasoil y llegás a Brasil; éste no se rompe ni aunque lo tires montaña abajo; éste, en cambio, es un poco más liviano, pero igual anda una barbaridad, hasta podés hacer jetski, ja. En tanto, Saba le daba a cada camión unos golpes con la palma de la mano o con los nudillos, lo que al parecer demostraba la resistencia de cada vehículo. O quizá a Saba le gustaba sentir el metal en la mano, el ruido del metal de todos esos camiones que tenía que vender.
Pero Mota no quería gastar tanto, y cuando el vendedor notó que su cliente empezaba a desilusionarse lo hizo pasar a un pequeño depósito que se ubicaba un poco más atrás. Un desarmadero, pensó Mota mientras sorteaba pedazos de cigüeñal y restos de viejas carrocerías. Entonces Saba abrió un portón y señaló hacia adentro:
–Este no se lo muestro a nadie, eh –dijo–, y está a muy buen precio.
Mota se sintió paralizado por un momento. Después dijo:
–Un... un Unimog...
–Sí, éstos los arreglás con un destornillador y una pico de loro, ¿por qué te pensás que los usa el ejército? Y son irrompibles: éste estuvo en la guerra, sí, fue a Malvinas y volvió así como lo ves, una joya.
Mota miró el camión con detenimiento. Luego entró en la cabina, se subió a la parte de atrás, se tiró abajo. Mientras tanto, Saba decía:
–Acá adentro se salvaron todos, es un camión encantado. Las bombas caían cerca pero no le hacían nada. Sólo le quedó esto, ¿ves?, este agujero de acá que debe ser de alguna bala, la única que lo tocó.
El vendedor hablaba y Mota pensaba en su padre, quien cuando era conscripto –y miembro de Los Decididos de Córdoba, un grupo del ERP– había participado en la toma del Comando 141 de Comunicaciones del Ejército. En esa ocasión él y algunos otros habían robado varias ametralladoras, un cañón antiaéreo, municiones y algunos fusiles; y un Unimog, que fue lo que usaron para cargar las cosas y huir.
Mota preguntó:
–¿Y antes de Malvinas? ¿Sabe algo más de este camión?
Saba levantó los hombros.
–Una joya –repitió.
Y todavía no empezaba a hablar de otras características del Unimog cuando Mota dijo:
–Creo que voy a comprar éste.
***
Vicky, desde un principio, miró el Unimog con recelo. Pero es cierto que durante el primer mes el camión funcionó muy bien. Mota, como Saba lo había anticipado, arreglaba los pequeños desperfectos o desajustes con algunas pocas herramientas. El reparto, en efecto, empezaba a crecer. Sólo en el segundo mes empezaron los verdaderos problemas. Primero el motor se recalentó y hubo que rectificar la tapa de cilindros, limpiar el radiador y cambiar todas las mangueras. Después se quebró un amortiguador y hubo que reemplazarlo junto a buena parte del tren delantero. Y más: problemas con el cardan, la transmisión y otra vez el radiador, que por suerte Mota cambió antes de que el motor volviera a recalentarse. Además, durante todos esos arreglos que parecían no tener fin, uno de los mecánicos le dijo que la bomba inyectora no iba a aguantar demasiado.
–El corazón del motor –dijo el hombre–, el corazón de este motor empieza a pedir ayuda.
A partir de ahí Mota empezó a sentir que, por más reparaciones que se hicieran, el camión siempre volvería a fallar, como si el encantamiento del que había hablado Saba, el que había salvado al Unimog de las bombas, se hubiera convertido en un feroz maleficio capaz de echarlo todo a perder: como si el Unimog, después de su aventura en Malvinas, pidiera descansar para siempre.
Mota pensó en todo esto durante varios días. Cuando Vicky mencionaba el tema él intentaba no escucharla y ella, que se daba cuenta, dejó que el asunto empezara a consumirlo. Ya va a pedirme consejos, se decía, y esperaba en silencio que él al fin se decidiese a darle la razón.
Por ese tiempo Mota volvió a relacionar al camión con su padre. En definitiva, todo lo que había averiguado sobre la desaparición lo llevaba, de una u otra manera, a la ciudad de Córdoba. Le habían hablado del ERP, de Los Decididos de Córdoba, de la toma del Comando, de la clandestinidad, del cruce de calles donde se lo habían llevado. En la adolescencia, cuando empezó a investigar todo aquello, Mota había encontrado con quién hablar y con quién no hablar. Había conocido a gente amable, a nostálgicos, a fabuladores; y si bien muchos le habían sugerido que viajara a Córdoba, que conociera dónde había estado su padre, que exigiera que le dejaran ver los supuestos lugares en los que lo habían tenido secuestrado, él nunca lo había hecho y siempre se prometía hacerlo alguna vez. Incluso Vicky, ajena a toda esa historia, esperaba que él cerrase esa parte de sus averiguaciones, que viera lo que tenía que ver, que borrara lo que había que borrar.
Una noche, Mota dijo:
–Voy a ir a Córdoba con el camión.
Vicky no dijo nada.
Después, él intentó explicar que su padre había manejado un Unimog y que el Unimog que él había comprado era, en cierto sentido, el que había manejado su padre. Dijo que había que abrir la puerta a los demonios del camión y dijo que viajar a Córdoba, recorrer las calles que con seguridad había recorrido su padre al volante de un camión como ése, ayudaría.
Vicky, sin comprender, lo abrazó.
–Yo pienso en la casa –dijo–, ¿qué va a pasar con la casa?
Mota la apartó y prometió que a su regreso todo iba a ser como ella quería.
–Siempre decís lo mismo –dijo Vicky.
–Vos también decís siempre lo mismo.
Esa noche, en la cama, encendieron la TV pero no la miraron. O la miraron, pero mientras en la pantalla se repasaban las últimas gracias de un cómico recién fallecido, Vicky pensaba en la casa y Mota pensaba en el camión. La casa encantada y el camión maldito, o al revés. El camión y la casa. Y es seguro que, de haber hablado, no se hubieran puesto de acuerdo en cuál de las dos cosas era más importante.
***
Mota viajó durante casi toda la noche, hasta que paró a cargar gasoil en una estación de servicio, donde además se sentó a tomar un café.
–¿El Unimog es suyo? –le preguntó un hombre de campera verde y tan gordo que apenas pasaba entre las mesas del local.
–Ahora lo muevo –dijo Mota, algo molesto porque todavía no terminaba el café.
El hombre extendió uno de sus grandes brazos:
–No, no es para que lo mueva: es que yo manejé uno de ésos, yo...
–¿Usted es militar?
–Ya no –dijo el gordo–, después de Malvinas ya no –y mostró una mano a la que le faltaban dos dedos–. Me dieron una medalla, sí. Esos camiones son una locura, ¿no es cierto?
Mota asintió y el hombre, sin más, se sentó a la mesa y empezó a contar anécdotas con Unimogs. No se cansaba de decir que esos camiones eran una locura, un milagro de la ingeniería, decía, indestructibles. También dijo que no eran camiones fáciles, que tenían sus secretos. En un momento dijo:
–Mi Unimog estuvo en Malvinas.
–¿Cómo sabe?
–Me contó el que me lo vendió, me contó que...
–Lo veo difícil –dijo el gordo–, pero si le dijeron... Igual, todo lo que fue a Malvinas se quedó allá, de esas islas no volvió nadie. Míreme a mí, manejo camiones, ¿usted vio el camión que manejo? Mejor no lo vea, un cachivache.
El gordo siguió hablando y Mota empezó a preguntarse si su Unimog no habría muerto en Malvinas. Eso podía ser. Las bombas, como había dicho Saba, no lo habían alcanzado. ¿Pero qué significaba ese orificio, esa marca de bala que el camión todavía conservaba en la chapa? Sólo cuando el gordo volvió a insistir con que los Unimogs eran una locura, que ésos sí que eran verdaderos camiones, Mota sintió que el de él era uno de ésos, que Córdoba estaba a unos pocos pasos y que no sería necesario más que un último impulso para llegar hasta donde se había propuesto llegar. Y con esta convicción volvió a la ruta, a la aventura, a la imagen de su padre, ahora frente a él como un gran frasco de dulce casero o mejor: casas llenas de dulce.
***
Al amanecer, a no más de cien kilómetros de Villa María, empezaron a iluminarse unas nubes grandes y oscuras sobre el horizonte. Mota podía verlas en el espejo retrovisor: avanzaban hacia él y amenazaban con desatar una lluvia furiosa sobre el camino. Van más rápido que yo, pensó antes de empezar a acelerar. También pensó: este camión va a poder, si pudo hasta acá no tiene por qué fallar ahora.
Pero falló. Al principio Mota aceleraba y el camión respondía. Las nubes no se movían o incluso parecían alejarse. Después el motor empezó a hacer ruido a turbina de avión y al final dejó de responder y hubo que parar a revisarlo. Esperaba que no fuera algo grave.
Nada roto, ningún desajuste visible: todo, hasta donde él entendía, estaba bien. Sin embargo, cuando quiso volver a poner el camión en marcha se escuchó un largo chirrido de bisagra oxidada y algunos golpes como de puerta golpeada por el viento. Mota estuvo varios minutos así, escuchando el chirrido y los golpes, hasta que alguien se acercó a preguntarle si necesitaba ayuda.
–Gracias –dijo él, sin advertir que el que se había acercado era el gordo de la estación de servicio.
–¡Eh!, ¿no me reconoce? –dijo el gordo–. Todos los que me vieron una vez después me reconocen.
–Perdone –dijo Mota–, es que este camión a veces...
Después el gordo revisó el motor, dio arranque, otra vez el ruido agudo, y sentenció:
–Es una lástima. Creo que es un problema de la bomba inyectora, y del arranque, va a haber que remolcarlo.
Y mientras el gordo explicaba los detalles de una posible reparación Mota recordó las palabras del mecánico: “la bomba inyectora, el corazón del motor”; las de Vicky: “terminar la casa, siempre decís lo mismo, la casa, siempre lo mismo”; y las de Saba: “pico de loro, destornillador”. Sí, una pico de loro y un destornillador para desarmar todo el camión, dos, tres herramientas para ver cada parte por separado, ver todo lo que le pasa ahí adentro, lo que pasó, lo que va a pasar. En ese estado encaró al gordo y le dijo que se fuera, que él ya iba a ver cómo se las arreglaba. Pero como el gordo insistió en ayudarlo y se ofreció a llamar a un remolque y a conseguir un buen bombista que pudiera solucionar las cosas Mota le dijo:
–No, vayasé, no lo necesito, vayasé.
–Malparido –dijo el gordo por lo bajo.
–¿Cómo?
–Eso, eso, malparido.
Mota pensó en una vaca. El salía de adentro de la vaca y era un ternero, un torito que la vaca dejaba en el pasto y entonces él, ensangrentado, respiraba la bruma de la mañana y un hilito violeta, mezcla de sangre y placenta, que le colgaba del hocico. Le dolieron los ojos y saltó sobre el gordo. Se le prendió del cuello, trató de voltearlo pero el gordo se lo sacó de encima de un manotazo.
–¿Qué hacés?
Mota volvió a la carga. Había quedado frente al gordo y ahora lo golpeaba con los puños cerrados, golpes desordenados sobre el cuerpo blando, inmenso. El gordo no tardó en agarrarlo de la ropa, levantarlo algunos centímetros del piso y dejarlo tirado de espaldas en el asfalto. Mota lo veía desde abajo, respiraba rápido y sentía la cabeza lastimada contra unas piedras. No se podía levantar. Hacía frío. Lo señaló con el índice, amenaza. El gordo sonrió.
Cuando Mota logró darse vuelta y empezó a levantarse el gordo ya no estaba. Escuchó el ruido del motor del camión, respiró el humo del escape, lo vio alejarse. Después escuchó los primeros truenos.
Otra vez solo, Mota volvió a abrir el capó y volvió a cerrarlo. Nada. O sí: empezó a atacar al camión con un martillo. Después siguió con una maza: golpeó el motor, la carrocería, arrojó una por una todas las herramientas contra el Unimog y empezó a gritar:
–¡No tenés nada para decir!, ¿eh? –y repetía– ¿Nada...?
Pero después decidió que era inútil y que había que terminar de una vez con todo el plan. ¿Qué iba a decir Vicky? Nada, ella no podía decir nada porque sobre todo eso nadie podía decir nada. Subió atrás y buscó una manguera y un bidón. Abrió el tanque de gasoil, intentó sacar un poco. No había mucho, o él no sabía cómo sacarlo, así que sólo pudo llenar el fondo del tacho y rociar con ese poco el motor.
Las llamas, al principio pequeñas, hacían pensar que el fuego se iba a apagar rápido. Pero crecieron, ocuparon la cabina y se extendieron hacia atrás. Mota sentía la ausencia que se siente frente al espectáculo del fuego, esperaba que las llamas alcanzaran el tanque y anticipaba una explosión magnífica que diese por terminado su estúpido viaje a Córdoba y la tontería de haberse comprado el camión. Pero entonces empezó a llover y comprendió que el fuego se iba a apagar.
Fue así: Mota, durante el resto de la tormenta, tuvo que refugiarse en la parte de atrás, la única donde el fuego no había llegado y, sin poder hacer nada, escuchar la lluvia y ver, en los recorridos del agua que se filtraba por el techo de lona, los recorridos que para él ahora estaban cerrados; y abajo, en los charcos que se formaban en el piso, los lugares a los que ahora nunca podría llegar.
***
Tardó un día entero en volver. Alguien lo llevó hasta Rosario y de ahí logró que lo dejaran en Zárate, desde donde llamó por teléfono a Vicky.
–Estoy en Zárate –dijo.
–Voy para allá –dijo ella.
Durante el viaje casi no hablaron. El motor de la vieja F-100 sonaba parejo en medio de la noche y Mota imaginó que a los costados del camino se extendía una laguna. No era muy profunda y él pensó en detenerse, en tomar a Vicky de la mano y atravesar la laguna a pie en medio de la oscuridad.
Ya en la casa, dijo:
–Voy a llamar a Saba.
–¿A quién?
–Al que me vendió el camión. Que lo vaya a buscar y que me devuelva parte de la plata. Algo me va a devolver...
–¿Y si no te devuelve nada?
–No me importa, empezamos de nuevo.
Se abrazaron.
Después Vicky preguntó:
–¿Y vamos a terminar la casa?
–Sí, a ver hasta dónde llegamos.
Ella dijo que la esperara y más tarde volvió con una botella de vino, un pollo y algunas verduras. Cocinaron, comieron y, antes de acostarse –no había tiempo que perder—, Mota se ofreció a ayudar con los platos sucios y las sobras de la cena.