Akta Gamat – Cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres
AKTA GAMAT «Son cinco hermosas ejemplas de lo que se está escribiendo en nuestras regiones en este preciso momento. Narraciones que sienten profundamente la posibilidad de una esperanza, de multiversos nacidos después de cumplido el ciclo vida-muerte-vida respetuoso de lo salvaje, historias simples y amorosas que logran «patearle más la madre a los líderes mundiales».
En estos cuentos, la utopía no es un ideal racional y razonado sino una elección afectiva que siempre estuvo al alcance de la mano y nunca fue tomada por las ideologías del patriarcado.
Antología de cuentos de cinco escritoras chilenas: Cristina Mars, Verónica Arévalo Gutiérrez, Sofía Ramos Wong, Zahorí Balmaceda, Leticia Herrera Cubillo.
La ciencia ficción tiene una madre y dos padres, por eso los argumentos cuir son tan fáciles con ella. La frase anterior puede ser denunciada como falacia o aplaudida como metáfora del origen. Espero que cuando termines de leer este artículo puedas usar la frase sin miedo, encontrar placer en especulaciones antipatriarcales y, de ser necesario, defender el carácter cuir de la especulación científica en cualquier ruedo. Vamos allá.
Lo primero es que, en efecto, la ciencia ficción tiene una madre, Mary Shelley (1797-1851) y dos padres, Robert Louis Stevenson (1850-1894) y Julio Verne (1828-1905). Este trío de intelectuales del siglo XIX definió las bases de la especulación científica tal y como la entendemos, con sus eternas disyuntivas éticas (Frankenstein o el moderno Prometeo, 1818), sus ingeniosas extrapolaciones técnicas (Veinte mil leguas de viaje submarino, 1870) y experimentos de sorprendentes resultados que traen inesperadas revelaciones sobre la naturaleza humana (El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, 1886). La idea de usar la ciencia para comprender, describir y dominar la naturaleza estaba inscrita en la base de estos textos, en sintonía con el discurso positivista del siglo XIX y su idea del universo como un espacio mapeable con recursos naturales infinitos, cuya explotación permitirá el enriquecimiento de la humanidad -o al menos de la humanidad blanca, cristiana y heterosexual. Estas dos convenciones: el orden jerárquico del universo y la infinitud de los recursos naturales, pueden sorprender al público contemporáneo, pero son imprescindibles para comprender por qué las primeras historias de ciencia ficción son tragedias inevitables o aventuras de conquista violenta.
Llegaremos a la sexualidad pronto, no te preocupes, solo establezco un lenguaje común.
Uno de los elementos comunes entre las tres novelas fundacionales que mencioné en el segundo párrafo, es que sus protagonistas chocan con la imposibilidad de lograr lo que supuestamente es derecho natural del hombre: controlar las fuerzas del universo para crear una sociedad mejor. Los destinos de Víctor Frankenstein, el Capitán Nemo y el Doctor Jekyll son trágicos porque las fuerzas naturales a las que se enfrentan —reveladas y desencadenadas a través de sus experimentos—, les superan.
Dentro de los mismos textos se asume que el problema no es el objetivo, sino que las herramientas científicas para ejercer el control no están lo suficientemente desarrolladas. La solución es clara: para dominar la naturaleza los hombres —literalmente los varones— deben completar con voluntad y fuerza el espacio que no puede cubrir la ciencia. La ciencia ficción de fines del siglo XIX se empieza a combinar con los tropos del viaje de exploración y conquista y deviene canto a los proyectos colonialistas eurocéntricos del periodo, como Los quinientos millones de la begún(Julio Verne, 1879) o El mundo perdido (Arthur Conan Doyle, 1912).
El progreso de la ciencia y la supremacía del capitalismo serán el medio y el fin de la mayor parte de la ciencia ficción durante el siglo XIX y el XX, hasta que "pequeños eventos" como la Revolución Rusa, el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, o el colapso de los imperios coloniales en África y Asia, obliguen a todo el mundo a repensar las ideas de supremacía blanca y crecimiento indetenible. Digo la mayor parte, porque desde el inicio hay quienes usan la ciencia ficción para, literalmente, invertir el mundo y ver qué sale de eso.
Es el caso de La máquina del tiempo(1895) donde H. G. Wells denuncia la desigualdad social oLa guerra de los mundos (1906) donde hace a Gran Bretaña víctima de una invasión colonialista. Mientras, las feministas se preguntan si los avances de la ciencia no servirán para “resolver” las “naturales” desigualdades entre los géneros. Así en Mizora: una profecía (1881), Mary E. Bradley Lane describe un planeta de mujeres con reproducción por partenogénesis, videollamadas y carne artificial. Sí, feministas y veganas. Otro ejemplo de debates sobre las relaciones entre los géneros es Develando un paralelo(1893), donde Alice Ilgenfritz Jones y Ella Robinson Merchant envían a un hombre en aeroplano a Marte. Allí, tanto en la capitalista Palaveria como en la socialista Caskia, hombres y mujeres viven en igualdad de condiciones.
Aunque la primera ola del feminismo produjo bastante ciencia ficción y utopías, esos materiales fueron ignorados por la crítica literaria y dejaron de imprimirse, por lo que su impacto en las siguientes generaciones es casi nulo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la inconformidad con las desigualdades sociales y sexuales produjo sus propias expresiones en ficción especulativa, como el tropo de los úteros artificiales que, por fin, liberan a las mujeres de la maternidad. Así llegamos a la explosión de los sesenta, donde por fin se da el paso final y cuando alguien pregunta: ¿y por qué todo el mundo es blanco, heterosexual y cisgénero en el futuro?, no le mandan al psiquiatra, sino que le publican.
En Babel-17(1966), el escritor afroamericano gay Samuel R. Delany hace a una mujer negra autista protagonista de la historia. En La mano izquierda de la oscuridad (Ursula K. Le Guin, 1969), El hombre hembra(Joanna Russ, 1970), Mujer al borde del tiempo(Marge Piercy, 1976) y Houston, Houston, ¿me recibe?(James Tiptree Jr., 1976) se exploran causas —evolutivas o artificiales— para el surgimiento y desarrollo de sociedades sin género, donde las ideas de heterosexualidad, reproducción como objetivo central de la vida y violencia en las relaciones interpersonales se deconstruyen de modo radical.
En Cuba, Agustín de Rojas con Espiral(1982), Chely Lima con Espacio abierto (1983), Alberto Serret con Un día de otro planeta(1987) y Daína Chaviano con Fábulas de una abuela extraterrestre (1988) también especulan sobre la familia, la organización social y las relaciones de género desde la perspectiva del "Tercer Mundo". Los aspectos tecnológicos parecen superados ahora, pero el valor ético de sus especulaciones permanece intacto, porque el patriarcado y la heterosexualidad compulsiva siguen aquí.
Tras la caída del Muro de Berlín y el fin del “Socialismo Real” en 1989, hubo un cambio de perspectiva radical. Durante la década final del siglo XX, el avance del capitalismo neoliberal a escala planetaria y la popularización de las computadoras llevaron a la ciencia ficción a proponer métodos de resistencia y cambio social en un escenario donde la idea de identidades fijas o ancladas a parámetros biológicos pierde sentido: el ciberespacio. Matrix (1999) es una atrevida metáfora trans en formato cyberpunk que las hermanas Lana y Lilly Wachowski colaron en los escenarios hegemónicos de Hollywood. Es uno de los productos más sofisticados y populares de su momento, pero no el único.
En 1993 Eleanor Arnanson publicó Círculo de espadas, donde la humanidad ve frenada su expansión espacial por la cultura hwarhath. Es ciencia ficción antropológica claramente influida por La mano izquierda de la oscuridad, pero con otra vuelta de tuerca: Arnason propone una civilización homonormativa, que entiende la heterosexualidad como tabú último -y por tanto, duda de la racionalidad de la especie humana.
En lo que va del siglo XXI, la idea de “diversidad” fue incorporada a los espacios intelectuales liberales: catálogos literarios y audiovisuales de ficción especulativa incluyen voces cuir de modo paulatino, esto no es espontáneo. La autoorganización de grupos feministas, afrodescendientes, indígenas, migrantes, LGBT, físico y neurodivergentes dentro del gremio de la ciencia ficción y la fantasía permitió el encuentro, el apoyo mutuo, la gestión de espacios de publicación y promoción. Pioneras en ese empeño fueron las organizadoras de WisCon, la Convención de Ciencia Ficción de Wisconsin fundada en 1977 con foco en el feminismo y la justicia social.
En lengua castellana, Sara Antuña, Ana Díaz Eiriz, Cristina Jurado, Leticia Lara, Cristina Macía, Iria G. Parente y Selene Pascual y Lola Robles, por citar a algunas, trabajan por dar visibilidad al pasado y presente de autoras de ficción especulativa de América Latina y España. Así surge en 2014 la serie de antologías Alucinadas, que ya va por su cuarta edición.
Los podcasts se convierten en otra punta de lanza en esta lucha por la visibilidad: Las Escritoras de Urrases un proyecto transmedia de la cubana Maielis González y la española Sofía Baker que busca hacer accesibles las obras de autoras de ciencia ficción, fantasía y horror en castellano o inglés. Las Escritoras de Urras —incluye un podcast y un blog— es una iniciativa colaborativa que apela a campañas de micromecenazgo para su financiación. El capitulo número 72 es el más reciente y el proyecto ha promocionado la obra de escritores —cis, tras y no binaries— de varios países, entre ellos Argentina, Bolivia, México, Brasil, India, Nigeria, Reino Unido, Cuba, Chile y Estados Unidos de América.
Sofía Baker y Maielis González, creadoras de Las Escritoras de Urras.
En fin, que la ciencia ficción es cuir porque se trata de cómo podrían ser las cosas, del modo en que tecnologías e ideas limitan o liberan nuestras vidas. Lo era en las utopías feministas del siglo XIX, lo es en las denuncias ciberpunks de Nalo Hopkinson. La buena ciencia ficción no contempla el mundo, sino que te pregunta qué harás cuando esté en tu mano salvar algo, tecnología mediante. Vamos allá.
La literatura argentina tiene su propio canon que se apoyó en el fantástico, el terror y la ciencia ficción desde sus orígenes, así que llevamos el weird en las venas latinas de esta tierra que nos compele a la imaginería, el horror y la belleza.
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Por Florencia Canosa
El presente es raro. Las fronteras tienden a ser borradas y hay nuevas formas de vínculos y autopercepción. Ese desvanecimiento de los límites se traslada a la literatura y deja resquicios para que los géneros «impuros» encuentren su cauce. Hace rato que perdimos la pureza, si es que alguna vez la tuvimos.
Esto es un panorama de algo de lo que brilla en el barro de la literatura.
Una editora me dijo una vez que mi literatura era abrir una cajita de música y que de adentro saliera una stripper. Esa es una definición sui géneris del new weird. Pero ¿qué es? Es ficción especulativa que enfrenta al costumbrismo, siembra la incomodidad y ese desquicio busca rutas alternativas sin apoyarse en explicaciones racionales ni científicas o religiosas, y crea un sentido sobre la incertidumbre. Simplificando, el weird se aparta del romanticismo y la fantasía tradicional combinando ambos elementos con el mundo real.
En la lección inaugural del curso sobre literatura fantástica que dictó en Sevilla en 1984, Jorge Luis Borge dice: «La literatura fantástica nace con el hombre. Está en el primer capítulo del Génesis». “El Matadero”, cuento fundacional de la literatura argentina, es un híbrido de géneros, tomando la forma del romanticismo, pero incluyendo el ensayo, el artículo de costumbres y un coqueteo con el terror. Comienza como una crónica, se torna cuento (va y viene en la categoría), y luego nos pega un sopapo de horror. Con su convergencia y simultánea interrelación de planos, funciones y elementos, “El Matadero”, además de una obra maestra, es un híbrido inclasificable. ¿Estamos, quizás, ante el primer caso de literatura weird local? Por supuesto que no, pero es interesante para pensar la relación de la literatura argentina con los géneros desde sus inicios. Dejo acá la digresión o se va a notar mucho el intento de arrastrar el balde de agua hacia mi propio molino genérico.
Si el nacimiento del género weird se relaciona con Lovecraft, el casting de autores que escriben o han escrito weird incluye a George R.R. Martin, Franz Kafka, Haruki Murakami, Neil Gaiman, Stephen King y Daphne Du Maurier, entre otros.
El weird pasó casi un siglo para reconvertirse, reconstruirse, resignificarse y llegar a lo que hoy, en el siglo XXI, podemos llamar el new weird o, para decirlo en nuestro idioma, la nueva ficción extraña. Ahora encontramos un mix de surrealismo transgresivo, ciencia, ficción histórica, sátira política y fantasía urbana sobre ciudades y personas que se mueven en lo irracional y extraordinario. ¿Será otra etiqueta para englobar lo inclasificable? Sí y no. Se distingue de otros géneros porque es como un hermanito bastardo; tiene un aire de familia, tal vez comparte varios genes, pero no termina de ser aceptado. Lo miran de costado, con cierta desconfianza, con esos tropos no convencionales, sembrando el caos y sin dar explicaciones. El hermano rebelde de una familia de costumbristas y autoficcionales quiere parte de la herencia literaria. Pero, aunque no parezca, el new weird tiene sus propias reglas y no es el nombre de fantasía de todo texto que no sabríamos dónde poner.
Algo nuevo bajo el sol
La editorial Caja Negra, nacida en 2005 con la dirección editorial de Ezequiel Fanego y Diego Esteras, se presenta así: «Caja Negra es una entidad pensante, un organismo tentacular cuya misión es mapear la historia de episodios radicales de experimentación estética, política y vital. De esas experiencias hace libros, y de esos libros una proliferación de alianzas, activaciones culturales, discusiones y recursos críticos orientados a desprogramar la maquinaria del presente y multiplicar futuros inciertos».
Caja Negra salió al mundo con materiales no convencionales, rescates y sorpresas. Nucleó en un mismo lugar a filósofos y pensadores como Bifo Berardi, Mark Fisher, Byung-Chul Han, Helen Hester y Sarah Ahmed, por citar los nombres más conocidos. Se maneja con un par de colecciones en torno a distintos movimientos. La editorial sale de lo tradicional por su estética post-punk, con libros de diseño que lucen como discos y que contienen universos ideológicos, obsesiones de sus editores, fuera del circuito. Tiene libros que se escuchan, libros que se ven, con una lógica experimental que los ubicó en un espacio huérfano dentro de la edición en Argentina; una suerte de laboratorio del lenguaje.
En 2022 dio un salto cuántico y decidió abrir una colección llamada Efectos Colaterales, apostando a la ficción extraña. En una entrevista, Fanego dice: «la realidad se parece más a un universo múltiple y poroso en el que los registros se confunden (...) Si bien decimos que Caja Negra está comenzando una colección de ficción, lo más justo probablemente sería decir que Caja Negra va a experimentar con nuevos registros textuales (más lúdicos, más fantasiosos, más poéticos) para explorar los temas que siempre nos obsesionaron»
En esa línea, comenzaron con dos piezas deliciosas: “Miles de ojos” del boliviano Maximiliano Barrientos, un road trip ballardiano en un antiplano desquiciado contaminado por el metal y el culto a los autos, y “Vaquera invertida” de la australiana Mckenzie Wark, especie de autoficción salvaje y fuera de catálogo que atraviesa la transformación de su autora. Luego se le sumó “Detalle infinito” de Tim Maughan, ficción especulativa sobre la relación con la tecnología. Los próximos títulos del 2022 serán “El reemplazo” de Alexander Laumonier, “Historia universal del after” de Leonardo Felipe y “Espacio negativo” de B.R. Yeager.
La decisión de publicar esta colección fue fruto de mucho tiempo de lectura e investigación colectiva. Los editores hacen circular textos, los discuten, van surfeando entre autores y editoriales y escuchan a otros referentes, como el caso de Mariana Enríquez, quien les sugirió que publicaran a Barrientos.
Caja Negra es una irrupción necesaria en estos tiempos, hibridando literatura con otras experiencias urbanas (música, fotografía, pintura, filosofía), y haciendo del lenguaje un virus −parafraseando a Burroughs− que puede contaminar otras disciplinas.
El new weird argentino
Un fenómeno interesante se da en el seno de la editorial independiente Indómita Luz (editorial que integra la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular - CTEP) que inauguró una fascinante colección de nueva ficción extraña bajo la dirección de Juan Mattio y Marcelo Acevedo (referentes del estudio de los géneros) llamada Arqueologías del futuro. Entre los autores publicados y por publicarse encontramos a los mayores y mejores exponentes del new weird argentino y latinoamericano.
Y también cabe mencionar a Ayarmanot, editorial súper independiente a cargo de Laura Ponce, tal vez una de las mayores referencias intelectuales de la militancia de la ciencia ficción y otros géneros en Argentina, llevando autores y materiales a la visibilidad local, regional y mundial. Laura inauguró una colección de poesía de género, con el espectacular poemario de terror “Siamesas” de María Belén Aguirre (ganadora del Premio del FNA, 2020) y “El fin de la era farmacopornográfica” de Paula Irupé Salmoiraghi, poemario de ciencia ficción.
En las tres editoriales hay una línea política transversal a sus textos, una preocupación extraliteraria de dotar a sus corpus de legítima reflexión sobre lo político y coyuntural, dando un nuevo sentido a lo que es la ficción extraña actual, sobre todo la latinoamericana. No son materiales fuera de contexto ni livianos, aunque usen cierta cualidad pulp en sus formas, sino que llegan para hablar sobre las incomodidades de los entramados sociales y proyectarlos sobre esta des-generación. Plantean escenarios donde se piensa el marxismo, los populismos, el fascismo, lo ambiental, los feminismos y otros tópicos que atraviesan las discusiones actuales.
En definitiva, somos hijos mestizos de la literatura canónica y nunca nos quedamos quietitos en el rincón para subirnos al tren de lo aceptable. La literatura argentina tiene su propio canon que se apoyó en el fantástico, el terror y la ciencia ficción desde sus orígenes, así que llevamos el weird en las venas latinas de esta tierra que nos compele a la imaginería, el horror y la belleza.
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Flor Canosa
Flor Canosa (Buenos Aires, 1978) es escritora, guionista y montajista de cine. Es Jefa de trabajos prácticos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA desde 2003. Ganó el Premio X de Novela Contemporánea 2015, y luego publicó en Argentina y España (Lolas, Pulpa, Los accidentes geográficos y La segunda lengua materna). Sus cuentos forman parte de varias antologías alrededor del mundo. También hace radio, escribe cómics y guiones de cine y TV para canales y plataformas. En Twitter es @florcanosa