lunes, 6 de enero de 2014

Sobre Marte Rojo, Matadero 5 y Aullido

Historia natural de la destrucción: Robinson, Vonnegut, Ginsberg



Paula Salmoiraghi




El cuerpo de la mujer es línea de fuga, trozo de universo con infinitos poderes, esfera en fusión de la que surgen los planetas, los vientos, la trayectorias minúsculas o gigantescas, los cometas que parten del vientre y estallan en la cabeza o en las falanges de las manos, penachos de sensaciones difundidas continuamente a los cuatro hemisferios del cuerpo y que franquean, alteran, el umbral masculino de lo genital. (Bruckner y Finkielkraut 1989: 169).





Hablar de “historia natural” implica utilizar términos biologicistas, científicos, naturalistas, ya que el concepto suele incluir el estudio de la biología, la botánica, la zoología, la ecología, la geología, la paleontología, la física. En los siglos XVIII y XIX se estudió bajo este nombre todo lo que tenía que ver con el campo descriptivo de la ciencia en oposición a las ramas del saber histórico o religioso. Una de las ideas rectoras de la historia natural es la de la evolución de las especies y el hombre como cúspide de esa pirámide evolutiva.
Vemos aquí, ya desde este inicio, una contradicción entre lo “histórico” y lo “natural”, entre el hacer una historia, humana, artificial, no natural, de la misma naturaleza, cuando se entiende como naturaleza todo lo que no es humano. Si a esto le sumamos la idea de que vamos a historiar “la destrucción” y no “la evolución” que la línea de pensamiento planeaba para nuestra especie, pareciéramos estar ante toda la complejidad del planteo. Aún así me parece que aún hay un problema mayor: La lectura de género que ha quedado invisibilizada y queremos traer al ruedo.
Los sistemas de pensamiento nombrados, tanto el natural como el histórico, se sostienen sobre el sistema patriarcal, monumento humano que se cae hace siglos, que nació cayéndose porque siempre estuvo basado en la sumisión y la injusticia. Todos los saben. (En Marte rojo, por ejemplo, leemos: “La Tierra es un mundo perfectamente liberal. Pero la mitad de la población se muere de hambre, y siempre ha sido así, y siempre lo será. Muy liberalmente.” ) Pero cuando se habla de destrucción de la humanidad, de su evolución o pos-evolución o involución o regresión, se sigue haciéndolo en términos patriarcales, androcéntricos, heteronormativos sin considerar jamás que sería posible otra línea de pensamiento. Las ficciones de los autores analizados no proponen ninguna visión de género, se piensa en “el hombre” como sinónimo de “la humanidad” y no hay más reflexión sobre ello. Así, Matadero 5 es la crónica de un filicidio en masa, del padre de Billy y sus fantasías de asesinar al hijo, de la guerra como máquina de masculinización que devora hombres-niños y las mujeres apenas aparecen en el mundo intradiegético (véase el papel de la actriz porno en el zoo de Trafalmador); “Aullido” es un recuento de hombres de “mi generación” donde no se incluye más mujer que la madre; Marte Rojo es una narración de la repetición de los errores del patriarcado en La Tierra y todas las consecuencias que sus relaciones de poder instalan en el planeta desconocido como única opción de “terraformación” (Vemos etnocentrismo, eurocentrismo, teocentrismo, androcentrismo, etc, transformados en terracentrismo en, por ejemplo, planteos como: «Dios nos dio este planeta para hacerlo a nuestra imagen, para crear un nuevo Edén». P. 134). Incluso cuando el narrador quiere mostrar una cultura distinta entre las trasplantadas a Marte, cuando quiere mostrar los caminos alternativos de mayor espiritualidad, lo hace mediante una formulación construida sobre la idea de evolución como pirámide:


Morí como mineral y me convertí en planta,
morí como planta y me levanté
como animal. Morí como animal y fui humano.
¿Por qué temer? ¿Cuándo fui menos al morir?
Pero una vez más moriré humano,
para elevarme con los ángeles.
Y cuando sacrifique mi alma de ángel
seré el que ninguna mente ha concebido. (P. 246)

No se trata, sabemos, de hombres o mujeres, ni de conceptos masculinos y femeninos ligados al sexo biológico sino de esquemas falocentrados que asignan a todos los cuerpos y sus relaciones roles fijos y atados a la lógica binaria. De lo que vamos a hacer la historia natural, entonces, es de la destrucción de lo que Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut, en El nuevo desorden amoroso, llaman “el pornogrial o la república de los testículos”. Intentaremos rastrear como la escritura, en tanto devenir, puede “salvar” a los sujetos víctimas de su lugar inamovible como objeto de destrucción conduciéndolos hacia alguna línea de fuga. (Dice María Moreno que Cesar Aira dijo: “La escritura consiste en volverse mujer de un modo u otro” Y Deleuze nos permite reunir los términos escritura y mujer en torno a la idea de devenir:

Devenir-mujer no es llegar a ser una mujer plena o completa. No es realizar el ideal de mujer. No hay que suponer que la meta ya está definida por la naturaleza o por dios o por la sociedad o por la historia. En ese caso devenir-mujer sería adscribirse a un modelo, realizar en mí el ideal que ya está determinado. En qué consista el ser mujer, es algo que hay que inventar, que hay que crear. Devenir es crear una dirección de movimiento, no definir (sujetarlo a un fin) el movimiento. Definir es sujetar a una esencia, a una idea. Devenir es crear un sentido que lleva más allá de los límites. Devenir es inventar. (…) Los devenires son movimientos semejantes a lo que Laclau llama “materialismo”, lo que desestabiliza el sistema de diferencias. Son las “fugas” del sistema. Estas fugas proceden de lo excluido del sistema.

En primer lugar, Kurt Vonnegut inicia Matadero 5 recortando para sí la función de la literatura y parece responderle a Sebald cuando dice: “Todo esto sucedió, más o menos. De todas formas, los partes de guerra son bastante más fieles a la realidad.” En Sobre la historia natural de la destrucción: ¿Qué se le reclama a la literatura? ¿Por qué la literatura está obligada a ser cronista, o fotógrafa, o historiadora de la destrucción? Para eso están los partes de guerra, la memoria sí pero sostenida, en lo literario, de un modo específico. Si, con Daniel Link, “la memoria se propaga como el sonido. La onda de memoria transmite energía a través de una materia (y esa materia es lo social en su conjunto)” tanto Billy Pilgrim como la voz lírica de “Aullido” tienen una función propagadora: Billy trae a la Tierra el conocimiento de la vida, del tiempo y de la narración en Trafalmador; Ginsberg pone en escena la vida y la muerte de su generación y con ese acto de habla que es su poema inicia una constelación de textos que repetirán el gesto y fijarán generaciones en las memorias. Por el contrario, en el caso de Marte Rojo, la destrucción parece deberse precisamente a la no-propagación de la memoria, al endurecimiento de los prejuicios estadounidenses y rusos, árabes y occidentales, masculinos y femeninos, que hacen de la “evolución” terráquea en Marte una repetición de errores sin memoria, sin aprendizaje, sin registro de catástrofes didácticas sino en presencia de una observación pasiva tipo Gran hermano que no logra modificar los defectos y prejuicios humanos ancestrales:

Este recordatorio de la enorme fama que tenían en la Tierra, como personajes de dramas televisivos, siempre era extraño y perturbador. Después del torbellino de especiales de televisión y de las entrevistas que siguieron al descenso, habían tendido a olvidar las constantes videotransmisiones, absortos en la realidad cotidiana. Pero las cámaras de vídeo aún seguían grabando metraje para enviarlo a casa, y había un montón de gente en la Tierra aficionada a ese espectáculo. (P. 132)

En Matadero 5 leemos: «Alemania se alejó de su conciencia, al tiempo que 1967 se hacía más brillante y nítido, libre de interferencias de cualquier otro tiempo.” Y vemos a Billy Pilgrim que, al pasar por el barrio de los negros, al “claramente los lugares donde habían estado los carros y los tanques de la Guardia Nacional” y la inscripción “Sangre hermana” en una pared, “hizo lo más sencillo. Salió disparado hacia delante.” Y ese salto no es precisamente evolutivo sino hacia un plano fuera de la órbita terrestre y humana, hacia Tralfamador, el planeta donde el tiempo no es lineal, o hacia la ciencia-ficción como lectura, como locura, como productora de mundos alternativos en función reparadora, balsámica. La utopía que podría hacer que las cicatrices de la guerra dejen de sangrar no es encontrada por Billy ni en sus hijas, ni en su esposa, ni en la esposa del amigo que los acusa de niños jugando a la guerra (y a quien está dedicada la novela) sino en su propio devenir escritor-mujer-creador-divulgador de un mundo distante cuyas leyes quiebran toda construcción jerárquica positivista del tipo “historia natural” del hombre. En Tralfamador Billy se da a sí mismo el lugar de máxima atracción zoológica y de macho alfa junto a beldad porno, pero no es más que la sutura que contrarresta su no ser nadie en La Tierra y lo habilita para traer ante los humanos las novedades tralfamadorianas.
El autor volviendo a Dresde, escribiendo “este asqueroso librito”, mascullando ideas para escribirlo durante tanto tiempo; el sobreviviente recordando con el amigo mientras la esposa se molesta por sus chiquilinadas de recordar la guerra como una gran aventura; Billy Pilgrim volviendo a la Tierra, sin poder apartarse totalmente y quedarse en Trafalmador, se dibujan como “estatuas de sal” (p. 50), en analogía con la mujer de Lot referida en la novela como aquella que se volvió a mirar “donde habían estado todas esas gentes y sus hogares”. La literatura, la narración de Billy en Tralfamador, son, en oposición a la afirmación de Adorno, imprescindibles para la vida, la única manera de parir de nuevo a los hombres que fueron muertos por sus padres (en una pileta, en un cañón que es “la bragueta de Dios” (p. 77) o en una guerra): “Creo que ustedes, muchachos, van a tener que inventarse un buen montón de mentiras bien dichas, o la gente no querrá seguir viviendo” (P. 217) , le dice Rosewater al psiquiatra y Billy siente vergüenza ante su madre porque ella ha hecho tantos esfuerzos por darle la vida mientras él no tiene ganas de vivir.
Entiendo el final de la novela, el «¿Pío-pío-pi?» de los pájaros no como una negación de lo que la literatura o “el hombre” puede decir sobre una catástrofe sino como una invitación a decir como los pájaros, a no buscar el testimonio descargado de Sebals sino a producir canto con el dolor, a devenir animal como opción para el abandono de la rígida postura del ser varón que va a la guerra. Matadero 5 sería el mejor “Pío” de un tal Vonnegut.
Ginsberg, por su lado, en “Aullido”, parece aferrarse al poema como distancia del mundo que se derrumba, como documento de supervivencia del yo (“Yo” he visto) frente al “ellos” se han destruido; “Yo” estaba con vos en el manicomio, pero “Yo” escribo esto y no “nosotros”. La poesía parece el lugar donde los varones (todas “las mentes de mi generación” tienen “semen”) pueden dar cuenta del desastre del siglo aunque sigan manteniendo sus parámetros binarios (lo alto y lo bajo, lo angélico y lo monstruoso, lo sagrado y lo profanado) y los elementos femeninos que, según nuestra hipótesis, podrían construir un mundo que no permaneciera en perenne estado de destrucción son mencionados solamente en la figura de la madre insana y en representación tripartita de la muerte:

…las tres viejas arpías del destino, la arpía con un sólo ojo del dólar heterosexual la arpía con un sólo ojo que pestañea al salir del útero y la arpía con un sólo ojo que no hace más que sentarse en su trasero y tijeretear los dorados hilos intelectuales del telar del artesano

Mirta Rosenberg explicó qué relaciona a los poetas y a las mujeres: "Son escritores que no entran en la corriente principal de la literatura por una cuestión de género: género poesía, género femenino" .
Otro poeta, Paul Celan, ha dedicado sus versos a ¿representar el horror?, ¿mostrarlo crudamente como quiere Sebals?, ¿huir de lo real en la construcción del lenguaje? Su poema “La fuga de la muerte” habla de “leche negra de la madrugada” y no podemos saber si se trata realmente de una metáfora. Proponemos su lectura para sostener nuestra idea de que se habla de “un hombre” y que lo femenino, en este caso, aparece en el cabello de oro y el cabello de ceniza de las víctimas. También nos parece interesante contraponer la idea de la muerte como Maestro de Alemania con la anterior de Ginsberg como tres arpías que cortan la vida de los pobres muchachos “de mi generación”:

Fuga de la Muerte
Leche negra de la madrugada la bebemos al atardecer
la bebemos al mediodía y por la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
Cavamos una fosa en el aire donde no hay estrechez
En la casa vive un hombre que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarete
lo escribe y sale a la puerta de casa y brillan las estrellas silba llamando a sus perros
silba y salen sus judíos manda cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad ahora para el baile
Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos por la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
En la casa vive un hombre que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarete
Tu cabello de ceniza Sulamith cavamos una fosa en el aire donde no hay estrechez
Grita los unos cavad más hondo en la tierra y los otros cantad y tocad
agarra el hierro del cinto lo blande sus ojos son azules
hincad más hondo las palas los unos y los otros volved a tocar para el baile
Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y por la mañana te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tu cabello de oro Margarete tu cabello de
ceniza Sulamith él juega con las serpientes
Grita tocad más dulce a la muerte la muerte es un Maestro de Alemania
grita tocad más oscuros los violines luego subiréis como humo en el aire
luego tendréis una fosa en las nubes donde no hay estrechez
Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro de Alemania
te bebemos al atardecer y por la mañana bebemos
y bebemos la muerte es un maestro de Alemania su ojo es azul
te alcanza con bala de plomo te alcanza certero
un hombre vive en la casa tu cabello de oro Margarete
contra nosotros azuza sus perros nos regala una fosa en el aire
él juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro de Alemania
tu cabello de oro Margarete
tu cabello de ceniza Sulamith.

Otro poema de Celan, a quien nos parece pertinente sostener como marco ya que se trata de uno de los supervivientes de los campos de concentración y de una familia completa perdida por el nazismo, nos permite ver lo femenino como opción, como posibilidad del devenir cuando “se nos quebraron los ojos” (la vista como el más positivista de los sentidos) pero no “se nos murió todo”:

Con todos los pensamientos me fui
fuera del mundo: allí estabas tú,
mi sosegada, mi abierta, y-
nos recibiste.
¿Quién
dice que se nos murió todo
cuando se nos quebraron los ojos?
Todo despertó, todo comenzó.
Grande vino un sol flotando, radiantes
se le enfrentaron alma y alma, claras,
imperiosas le presilenciaron
su órbita.
Suave
se abrió tu seno, silente
subió un aliento al éter,
y lo que se hizo nube ¿no era,
no era forma y a partir de nosotros,
no era
tanto así como un nombre?

Uno de los libros de Celan se llama “Amapola y memoria” y en ambos términos podemos leer el intento de reunión de lo que anestesia y lo que despierta el recuerdo, la necesidad de reconciliar contrarios, de integrar opuestos complementarios cuyo enfrentamiento parece ser la causa de la destrucción de la cultura occidental.
En Marte rojo, finalmente, vemos qué pasa cuando “el hombre” cuenta con la tecnología y la ciencia necesarias para ampliar sus mercados y sus máquinas de muerte más allá de este planeta: no hay revisión de conductas ni replanteo de premisas sino que, sobre los mismos dolores y rivalidades, se pretende “avanzar”. “Marte estaba vacío antes de que llegáramos”: Así empieza la novela, réplica de todas las justificaciones imperialistas terrestres, mito de la tabla rasa, del continente vacío, del desierto. Marte parecía un mundo sin vida y llaman “sin vida” a lo que no tiene “vida terrestre”. Pero comienzan a inventarse historias sobre vidas desparecidas por la llegada de la vida humana, leyendas de lo preexistente que nunca fue conocido, de lo que no pudo sobrevivir a la invasión. Idea, fantasmagoría, miedo, torpe temor comprobado de todo conquistador, presente también en otro clásico del género, Crónicas marcianas, donde la corporeidad de los marcianos se nos presenta en Illia, la marciana del primer relato que presiente-escucha la llegada del idioma del invasor, y se nos va perdiendo en presencias indescriptibles, confusas, limítrofes con la locura, el sueño o la duplicación a medida que los terráqueos-langostas avanzan.
Crónicas de la repetición de los errores terrestres en Marte, tanto Bradbury como Robinson, hablan de terraformación como sinónimo de destrucción. La historia natural de la humanidad se nos presenta como una historia lineal, inercial, siempre en la misma dirección (Billy Pilgrin decía que los tralfamadorianos decían que los terrestres somos “grandes explicadores”, grandes contadores de historias sucesivas pero incapaces de ver la cuarta dimensión del tiempo), una historia del patriarcado y sus únicas opciones. Los personajes de Robinson lo constatan, presos en un planeta que no les opone vida tan contundente como la tralfamadoriana:
La historia también tiene una inercia. En las cuatro dimensiones del espacio-tiempo, las partículas (o los sucesos) tienen dirección (…)¿Qué clase de Av hará falta para escapar de la historia, escapar de una inercia tan poderosa, y trazar un nuevo curso? La parte más difícil es dejar la Tierra atrás. (P. 41)

El personaje de Arkadi propone una ruptura pero la novela nos mostrará su imposibilidad:

¡La historia no es evolución! ¡La analogía es falsa! La evolución es una cuestión de entorno y suerte, que actúa a lo largo de millones de años. ¡Pero la historia es una cuestión de entorno y elección, que actúa en el tiempo de una vida, y a veces durante años, meses, horas! ¡La historia es moldeable! ¡De modo que si elegimos establecer ciertas instituciones en Marte, estarán ahí! ¡Y si elegimos otras, entonces ésas estarán ahí! (…) Decidamos nosotros mismos en vez de dejar que decida por nosotros esa gente de la Tierra. En realidad, gentes muertas desde hace tiempo. (P.71-72)

El tiempo marciano, esa diferencia de 40 minutos con lo terrestre, el plus de diferencia, el hueco no rellenado por los años de evolución y costumbre terrestres parece ser una ofrenda que los hombres terrestres no saben aprovechar:

los biorritmos circadianos humanos habían sido establecidos a lo largo de millones de años, y ahora, de pronto, disponer de minutos extra de día y de noche, día tras día, noche tras noche... no cabía duda de que tenía sus efectos. Nadia estaba segura, porque a pesar del ritmo febril del trabajo cotidiano y que por las noches estaba tan fatigada que perdía el conocimiento, siempre se despertaba descansada. Esa extraña pausa en los relojes digitales, cuando a medianoche los números llegaban a las 00:00:00 y de repente se detenían, y el tiempo no marcado pasaba, pasaba, pasaba, a veces en verdad parecía que durante un tiempo muy largo; y entonces saltaban a las 00:00:01, y comenzaban el habitual e inexorable parpadeo... bueno, el lapso marciano era algo especial. A menudo Nadia lo experimentaba durmiendo, como la mayoría. Pero Hiroko cantaba un salmo durante ese intervalo cuando estaba despierta, y ella y el equipo de granja, y muchos de los demás, y en las fiestas nocturnas de los sábados lo cantaban durante el lapso... algo en japonés, Nadia nunca averiguó qué era, aunque a veces también ella lo tarareaba, sentada mientras disfrutaba de la cámara subterránea y de sus amigos. (P.99)


Robinson muestra a algunos personajes femeninos construyendo su propia utopía y otros atrapados en el patriarcado: en la presentación de Maya, sobre todo, el feminismo y el matriarcado aparecen como defectos:

…viene de la vieja cultura del Soviet de Moscú, universidad y Partido Comunista tanto por su madre como por su abuela. Y los hombres eran los enemigos para la babushka de Maya, y también para su madre, que era una matrioshka. La madre de Maya solía decirle: «Las mujeres son las raíces, los hombres sólo son las hojas». Hubo toda una cultura de desconfianza, manipulación, miedo. (P.100)

Todo sería diferente si los humanos consideraran como “vida” algo más que la conocida y “dominada” por su ciencia y si valoraran más “la historia más grande de todos los tiempos” que sus devaneos ególatras:

—Si hay vida en Marte —decía Ann—, la alteración radical del clima podría exterminarla. No podemos inmiscuirnos mientras el estatus de la vida marciana siga siendo desconocido; no es científico, y peor aún, es inmoral. (…)Tenemos que hacerlo, a menos que digas que está bien destruir vida en otros planetas mientras no podamos dar con ella. Y no olvides que la vida indígena en Marte sería la historia más grande de todos los tiempos.


Por suerte, para ser coherentes con nuestra hipótesis, aún nos quedan dos tomos más de Robinson para saber si la literatura ha salvado o no a Marte y sus humanos en devenir marciano.


Bibliografía

Brukner, Pascal et al. (1989) El nuevo desorden amoroso. Barcelona: Anagrama.
Celan, Paul. Obras completas - Editorial Trota 1999. http://www.amediavoz.com/celan.htm
Deleuze, Gilles. Crítica y clínica, (1996) Barcelona, Anagrama.
Ginsberg, Allen. Aullido y otros poemas. (2012) Bs As Alción Editora.
Gociol J. y Kolesnicov P. “Escritoras y poetas, al borde de la literatura”(1997) En Clarín. http://edant.clarin.com/diario/1997/04/24/e-05401d.htm
Link, Daniel. Fantasmas. Imaginación y sociedad (2009) Bs As. Eterna Cadencia.
Moreno, María. “¿Qué hacer?” En El fin del sexo y otras mentiras. (2002) Bs As Sudamericana.
Robinson, Kim Stanley. Marte rojo. (1996). Barcelona. Minotauro.
Sebald, George. Sobre la historia natural de la destrucción. Barcelona. Anagrama.
Vonnegut, Kurt. Matadero 5 y La cruzada de los niños. (1969) Barcelona. Anagrama.


PAULA SALMOIRAGHI