sábado, 26 de abril de 2014

Futuro incierto y poco tecnológico

Marcelo Cohen: “En el futuro sólo los pobres irán al psicólogo: será algo asistencial”

El autor habla de su nueva novela, del fin del psicoanálisis y de su extraño paisaje futurista: el Delta Panorámico.


“Soy un tipo de pocas pulgas”, aclara sin necesidad Marcelo Cohen después de 45 minutos de charla en el último piso de la editorial Alfaguara, que acaba de editar su flamante novela Balada. La afirmación parece redundante después de escuchar algunas de sus máximas sobre literatura, géneros, ciencia ficción, psicoanálisis y la idiosincrasia argentina. Como sus libros –tómelos o déjelos– difícilmente resulte indiferente.
Balada no es la excepción, esta ágil nouvelle es la historia del viaje de redención de la antes exitosa y caída en desgracia Lerena Dost, acompañada por su ex psicólogo y ¿ex? amante Suano Botilecue, a las Colinas del Felinezo, para enfrentar su destino con Dielsi Munava líder de los Atinados, una secta “lumpen socialista”. La geografía es otra vez la del Delta Panorámico, en ese futuro incierto y poco tecnológico que aparece en otros relatos de Cohen, como en Los acuáticos y en la celebrada novela Casa de Ottro, entre otras.
Cohen explica ahora y en más de una entrevista que el Delta Panorámico nació después de leer la novela La filmación, de Christopher Priest. En ese libro aparece un archipiélago de sueños. “Qué bueno un archipiélago más sudaca…”, recuerda Cohen que se entusiasmó. “Me empecé a dar cuenta de que cada isla (del Delta Panorámico) tenía su cultura, podía tener religión o no, había algo común en ese mundo y había diferencias muy marcadas, como si fueran países”. En el Delta Panorámico –aunque no esta vez– aparecen instituciones globales, una panconsciencia , una especie de Internet mental y azarosa en la que usuarios se conectan y vagan. “Empecé a escribir novelas que transcurren en distintas islas y empecé a expandir el Delta y para mí ahora no tiene fin. Yo no sé donde termina. No sé exactamente la figuración geográfica, conozco algunas zonas, he desarrollado una moneda, he desarrollado algunos planos, sé el origen del idioma pero también hay particularidades idiomáticas en cada isla”, dice Cohen como si otro fuera el que imaginara ese futuro con pocos avances tecnológicos y bien lejos del Apocalipsis, porque no quiere “contribuir al sentimiento apocalíptico berreta tan difundido que justifica que nadie haga nada total el mundo se va a terminar”.“No quiero contribuir al costado comedor de pochoclo de los consumidores de géneros fantásticos. Pero sí me sigue interesando esto: la evasión radical de la literatura”, sentencia. Lo suyo, afirma, “es sociología fantástica”.
Y sin embargo el argumento de Balada se le ocurrió antes de inventar el Delta Panorámico, algo extraño en su proceso creativo en el que espacio y personajes aparecen juntos. Apareció “la idea de una persona manipuladora en ascenso que pierde todo, porque se excedió en su carácter avasallante, a la que el mundo le da la espalda e inesperadamente gana la lotería por un encuentro inesperado”. De eso va, en parte, esta novela.
Cohen habla con jerga psicoanálitica, habla de “obsesivos”, de “manipuladores”, de sentimientos de culpa. En éste, como en otros de sus libros, aparece un psicólogo, pero –afirma– tienen una misión específica: son figuras de la ironía y en todo caso son operadores narrativos que disparan la historia. “Como cualquier persona más o menos grande, argentina, encima judío, con interés por los libros y lector de toda la vida, el psicoanálisis es un saber que juega un papel fundamental en mi vida. Durante mucho tiempo fui lector de Freud, que siempre me pareció un escritor extraordinario. También me interesaron las discusiones de Sartre con el psicoanálisis. Soy una persona que lee no sólo literatura sino filosofía, psicología. Detesto, sin embargo, la cultura argentina de la interpretación”, separa las aguas. Las interpretaciones forzadas de las mesas de café le parecen molestas, agresivas, improcedentes, vulgares y perniciosas. “La Vulgata psicológica está enquistada en nuestra cultura”, explica. Los psicólogos de sus libros hacen un trabajo casi asistencialista. Para Cohen es evidente que en los últimos diez años a la gente le interesa cada vez menos que le digan verdaderamente lo que le pasa. “Las personas no quieren eso, quieren que los ayuden a salir de la tristeza a la que llaman depresión, o que le den una pastilla o cualquier cosa. Por eso en mis libros sólo los pobres van al psicólogo. Creo que en el futuro sólo irán ellos: será asistencial…irán, como en la antigua India, a buscar el camino espiritual”, larga. En Balada y en el Delta Panorámico la mayoría toma remedios y ansiolíticos, como el efectivo Apagamex.
Con una sintaxis clara pero compleja, Cohen no tiene grandes pretensiones de masividad ni mayores expectativas. Tiene, en cambio, algunas críticas. “Tengo la atención que me merezco. De las instituciones estatales argentinas no se puede esperar nada y de las privadas tampoco. Nunca ha sido un país interesado en eso. Nunca han entendido verdaderamente qué significa el arte. Basta ver las universidades argentinas para darse cuenta de que no les interesa. Les interesa la producción”, dispara. La literatura, como es más pobre, es más libre y sus lectores, se entusiasma, crecen como hongos. Igual, nunca se presentó a un concurso. “No es un mérito, es fiaca”. Ahora sí, aclara, como si hiciera falta: “No tengo demasiadas pulgas”.