domingo, 23 de febrero de 2014

Novela de inmersión


La Ciudad Embajada: una reseña de reseñas


Beatriz Abad




Embassytown



Hay novelas que resultan fáciles de leer y otras que no tanto. Hay reseñas de libros que prácticamente se escriben solas, y otras que no hay por dónde hincarles la pluma. Antes de continuar, quiero advertir que este texto no se trata de una reseña (más) de La Ciudad Embajada, de China Miéville, sino un comentario al hilo de unos cuantos análisis ya escritos a propósito de esta novela. ¿Por qué? Porque viene bien conocer lo que otros han escrito antes de machacar las teclas y porque a ratos consuela comprobar que los demás se topan con los mismos escollos que nosotros. En este caso, la dificultad estriba en comentar la obra de Miéville al que, de broma y entre nosotros, podríamos calificar como «el irreductible China».

Empecemos con la primera pregunta. Los aficionados al género fantástico conocerán de sobra la respuesta, pero dediquemos un par de líneas a los más despistados. ¿Quién es China Miéville? Pues un autor británico, ganador de un buen puñado de premios del género (varios Arthur C. Clarke y Locus, un Hugo y un World Fantasy Award, además de otros reconocimientos y nominaciones), activista de izquierdas (llegó a presentarse a las elecciones a la Cámara de los Comunes en 2001, pero no logró convencer a los votantes). De 41 años, con la cabeza rapada, aros en las orejas y brazos tatuados, las decenas de fotos que aparecen en Internet al introducir su peculiar combinación de nombre y apellido parecen decirnos «no soy el típico profesor universitario» (enseña Literatura Creativa en la Universidad de Warwick, Inglaterra). Tampoco parece el típico novelista.

Aunque en España acaba de publicarse Kraken (novela que arranca con la desaparición de un calamar gigante del Museo de Historia Natural de Londres, publicada por La Factoría de Ideas), por ahora nos centraremos en Embassytown, o Ciudad Embajada, editada en español por el sello Fantascy. En esta Ciudad Embajada conviven los humanos y otra raza autóctona del lugar, los ariekei, a los que los hombres tratan con respeto, ya que los consideran los anfitriones del planeta. Sin embargo, su modo de vida, sus costumbres y su lengua les resultan prácticamente inaccesibles. Los únicos capaces de comunicarse y negociar con ellos son los embajadores, parejas de gemelos perfectamente adiestrados para imitar el extraño idioma articulado a dos voces de los ariekei. La convivencia y la simbiosis entre ambas razas se trastocará definitivamente con la llegada del nuevo embajador a la ciudad.

Buceando en Internet, todos los comentaristas y críticos parecen estar de acuerdo en que la lectura de esta novela no resulta fácil, al menos durante las ochenta o cien primeras páginas. Aclaremos, antes de nada, que Embassytown es una novela de inmersión, es decir, en ella el universo fantástico no se explica, sino que el autor va introduciendo poco a poco conceptos, personajes y escenarios a propósito de la trama. ¿Es esta la explicación a su dificultad? Puede ser, pero también Miéville aprovecha la novela para desplegar conceptos políticos y lingüísticos, y se plantea como reto narrar lo que parece imposible: la alteridad, la más profunda incomprensión del otro.

«Sus novelas son muy difíciles de traducir» le dijo a Miéville, en una entrevista, una de las editoras de Fata Libelli. «Al principio el lector se asfixia» comentan en Lee más libros o «la prosa es en sí misma una barrera». La reseña de James Lovegrove para The Financial Times apunta que «más que otra cosa, parece un experimento lingüístico» y hasta Ursula K. Le Guin admite en The Guardian que «la historia, al principio, resulta un poco difícil de seguir». Sin embargo, y dicho esto, todos coinciden en que el esfuerzo merece la pena.

La palabra «puzzle» a la hora de definir esta novela aparece con frecuencia, aunque en ocasiones puede surgirnos la duda de si la pieza que acabamos de colocar encaja realmente en el conjunto. Mucho más precisa resulta la comparación de la novela con un crucigrama (Lovegrove): al principio, reina un poco el desconcierto, pero llega un momento, sin que apenas nos demos cuenta, que las letras invocan a otras letras, los significados acuden al llamado de otros y los vacíos, de repente, se completan. La novela difícil encuentra pronto «un ritmo impecable» en palabras de Le Guin, que aprovecha la coyuntura para defender el género con la siguiente perla: «Solo la ciencia ficción basura es poco exigente y predecible» y añade: «la buena ficción no se escribe para mentes perezosas».

No es por quitarle mérito al lector de Miéville (ya ha quedado claro que ni es vago ni le va lo facilón) pero que, de repente, este comprenda, se sumerja y respire dentro del libro responde no solo a su empeño y paciencia (que también) sino a una dosificación de la información que el autor va distribuyendo con sabiduría y cuentagotas. No es casualidad que el lector, casi sin sentirlo, experimente de pronto que la lectura fluye y que el ritmo de la acción se acelera. Prueba de ello la encontramos en algunas declaraciones de la entrevista al autor que antes mencionábamos: «A mí me gusta que los libros me dejen confuso si lo que cuentan me interesa». Ajá. O «no tener todas las piezas de la historia per se no es un problema, sino la forma en la que funcionan algunos libros». Como Embassytown, por ejemplo. «¿Por qué el lenguaje no puede ser una forma de aterrorizar, de inquietar, de expresar un violento nihilismo?». Y después de leer Ciudad Embajada la respuesta es: claro que el lenguaje puede significar todo eso, ¡vaya que si puede!

En la reseña de The New York Times, Carlo Rotella asegura que «gran parte del placer de esta lectura llega cuando empezamos a familiarizarnos con los neologismos de Miéville». Cuando asumimos, por ejemplo, el concepto de inmer como entidad espacio-temporal que circunda y separa a los planetas y sus habitantes, aunque en ningún momento se nos proporciona una definición específica del término. Pistas e insinuaciones estratégicamente hilvanadas, pero muy eficaces para que nuestra mente vaya reuniendo los materiales necesarios para reconstruir una atmósfera.

Que el tema principal de Embassytown es el lenguaje queda patente a varios niveles: primero en el argumento, ya que la incomprensión entre ambas razas actúa como motor que hace avanzar toda la historia; el respeto que el autor demuestra por él, al emplear un vocabulario muy cuidado y específico; la invención de términos para denominar aquello que solo existe en su imaginación; y, sin duda, lo más desconcertante de todo, el lenguaje para expresar el desconcierto de una raza que, para comunicarse con la otra, ha de aprender primero a pensar como ella, con la multitud de intentos fallidos, trabas y obstáculos que esto implica.

Algún lector señala que la protagonista (Avice, una inmersora, es decir, la que navega por el misterioso inmer) no resulta muy creíble, ni muy femenina. Volvemos de nuevo a Le Guin, gran exploradora del tema de género en la ciencia ficción, que lo justifica de la siguiente manera: «necesariamente en un mundo nuevo el género tiene que construirse de otro modo»; no sirve aquí utilizar aquello que convencionalmente se asocia con la femineidad o la antifemineidad, porque la alteridad no se halla en el otro sexo, sino en otra raza y en otro lenguaje: el de los ariekei. Un lenguaje alienígena que se limita a transponer la experiencia, que no permite la abstracción y que incapacita para mentir o nombrar «aquello que no es». Al igual que los Houyhnhnms de Los viajes de Gulliver, los ariekei, liberados de concebir y expresar mentiras, parecen más inocentes e incorruptos que los seres humanos.

Antes o después, todas las críticas anteriores (y algunas más) se rinden incondicionalmente a Embassytown. «Una lograda obra de arte», «una de las mejores novelas de ciencia ficción de la década», «una sofisticada novela que nos remite a lo que somos» o «un reto intelectual», son algunos de los muchos elogios que le dedican. La lectura de Ciudad Embajada, una experiencia al principio incomprensible, poco a poco fascinante, que enriquece al lector e incluso le irrita, suscita una profunda reflexión acerca de la incomprensión y la otredad que no se olvida fácilmente.


Tomado de http://mecanicounicornio.com/2013/12/la-ciudad-embajada-de-china-meiville-una-resena-de-resenas/