sábado, 16 de enero de 2016

¿Es la biología un statu quo?




soy
VIERNES, 15 DE ENERO DE 2016

¿De carne somos?

En 2004, el gobierno británico reconoció a Neil Harbisson como el primer Cyborg del mundo al acceder a darle un pasaporte en el que aparece con su prótesis. Una antena conectada a un chip en su cerebro le permite superar una condición de nacimiento (solo puede ver en blanco y negro): puede escuchar los colores. La prótesis ya no entendida como remplazo sino como ampliación de posibilidades de vida o de vidas, es una de las condiciones del concepto cyborg que hace años presentaba al mundo queer la teórica Donna Haraway. Ya hay una fundación en marcha para ayudar a la humanidad a ser cyborg.
 Por Laura Arnés
Neil Harbisson nació con acromotopsia, una rara condición visual que sólo le permite ver en escala de grises. Deseoso de conocer el color del pasto o del arcoíris, junto con el ingeniero informático Adam Montandon, ideó una antena -un tercer ojo electrónico, un apéndice finito y curvado como el de los insectos- que, implantada en su cerebro, le permite percibir los colores a modo de vibraciones, como frecuencias sonoras. Pero hay más: la sensibilidad de la prótesis le permite exceder las posibilidades de los cuerpos humanos, romper con alguno de sus límites. Es decir, Harbisson percibe una escala cromática mayor que nosotros, tan mundanos: los infrarrojos y ultravioletas son para él compañeros diarios -muy útiles, y lo digo en serio, para saber cuándo ponerse protector solar o para percibir la inusual aura invisible que acompaña a Al Pacino-. Además, la antena tiene un chip conectado a internet que le permite acceder a satélites. Así, Neil es uno de los pocos afortunados que pueden sentir los colores que hay en el espacio (porque el espacio que hay entre las estrellas y los planetas no es negro: hay un rango de colores que no llega a la tierra). Pero, además, este dispositivo le permitió a Harbisson derribar uno de los pares, una de las certezas, fundantes de la cultura Occidental, de nuestros cuerpos y su orden social: “Las personas no somos blancas o negras”, afirma, “venimos todos en diferentes tonalidades de naranja” (¡Si Michael Jackson lo hubiese sabido!). Después de un tiempo de portar antena se sucedió un cambio: Neil empezó a soñar en colores, su cerebro comenzó a crear las ondas sonoras sin necesidad de estímulos exteriores; su organismo comenzaba a entender el sonido como pigmento. Y, a partir de ese momento, de ese instante en el que no pudo distinguir más entre software y cerebro; de ese instante en que comenzó a sentir que el dispositivo cibernético ya no era un dispositivo sino parte de su cuerpo, extensión de sus sentidos, se convirtió no en un monstruo ni en un freak sino en un artista ciborg. Su cuerpo, así, perdió o corrió los límites de lo humano.

Antenas paradas

Neil no tiene miedo al ridículo, sin embargo, vivir con una antena no es tan fácil. Parece que obtener la aceptación de los demás fue su verdadero desafío. No sufrió sólo burlas y maltratos: ¿Qué pasa cuando quiere ir al cine? No lo dejan entrar porque piensan que está filmando, algunx también lo acusó de prácticas ilegales, fue hackeado y spameado y tuvo, por supuesto, problemas para que lo reconozcan, oficialmente, con un documento. Pero, finalmente, lo logró. En 2004, el gobierno británico lo reconoció como el primer Cyborg del mundo al acceder a darle un pasaporte en el que aparece con su prótesis. Y digo prótesis porque Neil, al igual que Stelarc, el polémico performer australiano que podría pensarse como su antecesor, concibe sus creaciones a partir de dos premisas que no explícita pero que están presentes en su discurso: el cuerpo humano es obsoleto (básicamente, necesitamos un upgrade) y las prótesis no son signos de falta sino síntomas de exceso. En este sentido, lo prostético no reemplaza una parte faltante o incapacitada del cuerpo sino que amplifica las formas de las corporalidades y sus funciones.
Neil, ahora, puede escuchar a un Picasso: la pintura se convirtió en concierto. Del mismo modo, la eterna e incesante orquesta que escucha (y que al principio le provocaba jaquecas) es traducida en cuadros irisados. Las voces también son transformadas en coloridas imágenes geométricas (parece ser que el discurso de Hitler se ve más bello que el de Martin Luther King). A su criterio, las góndolas de limpieza de los supermercados tienen la sonoridad más hermosa –más que un bosque y más que un mar- y hasta compone música con la comida en su plato. Ver a modo de notas musicales, sin lugar a dudas, modificó su modo de relacionarse con el mundo. Los premios no se hicieron esperar: la comunidad Europea lo laureó en el área de las artes y de la innovación tecnológica. Y, además, en el 2011 fue trending topic de Twitter después de una conferencia que dictó en México (a la que asistieron más de 7000 personas).
A partir de estas experiencias, junto a Moon Ribas, la coreógrafa y activista Cyborg que comenzó experimentando con sensores de movimiento instalados en su cuerpo hasta ampliar sus percepción espacial a 360 grados y a muchos metros debajo de la tierra, ya que está conectada a sensores sísmicos que la hacen vibrar constantemente (confieso que me agota el solo pensarlo) creó, en 2010, la Fundación Cyborg.

La Fundación

Esta organización tiene una meta sencilla: “Ayudar a los humanos a convertirse en Cyborgs”. Los principales objetivos de la fundación son tres: extender los sentidos y las capacidades humanas creando y aplicando extensiones cibernéticas en el cuerpo, promover el ciborguismo como un movimiento social y artístico y defender los derechos de los Cyborgs. Los sentidos que les interesa desarrollar, por lo menos en una primera instancia, son: la retrovisión, el sentido electromagnético (que permite detectar el norte, como una brújula, para no perder el rumbo) y la oreja infrasónica, que puede percibir desde erupciones volcánicas hasta la comunicación de los elefantes (y que no quepa duda: para toda oreja llegará el grito). En este punto, pienso en Kevin Warwick, el creador de Proyecto Cyborg (1998), quien se comunicaba telepáticamente con su esposa a través de un par de chips implantados en sus sistemas nerviosos, y me aburre un poco la conexión monogámica y controladora.
Si yo pudiera elegir, me quedo con el poder de la inmortalidad, como la Mujer Maravilla o, mejor aún, quiero manipular las feromonas –al estilo Zorra Carmesí- y estimular intensas atracciones sexuales (la capacidad de auto-detonación de Nitro es la que menos me copa, la verdad). Por supuesto, como siempre sucede, hay oposición: los poderes que se consideran sobre-humanos dan miedo (aunque generen fascinación) y, además, los debates se matizan con discusiones en torno al poder de las empresas. “Stop Cyborgs”, una organización nacida al calor de la polémica que provocaron el Google Glass y “otras tendencias cibernéticas”, es un ejemplo. Llamativamente (o no) los términos con los que Harbisson suele defender los deseos cibernéticos hacen eco en aquellos discursos que la comunidad LGBT tiende a usar al momento de defender los propios: “Oír mediante conducción es algo que los delfines hacen, una antena es algo que muchos insectos tienen, y saber dónde está el norte es algo que los tiburones también pueden detectar. Estos sentidos son muy naturales; todos existen ya, pero ahora podemos aplicarlos a los humanos.” Parece ser que siempre hay que volver a la naturaleza para justificar quien unx es o quien unx quiere ser, por más contradictorio que parezca. Cada unx explicará o justificará las cosas como mejor le resulte. Sin embargo, a mí, la definición de la feminista Donna Haraway me basta: el Cyborg es una imagen condensada de imaginación y realidad material. Seré naif o ilusa pero hoy, cuarenta años después del Mayo Francés y en un contexto que se perfila opresivo, me sigue provocando el lema “la imaginación al poder”.

¿Seremos todos Cyborgs?

Entiendo que este artículo puede parecer producto de una fantasía inspirada en algún guión de ciencia ficción ciberpunk al estilo Dark Angel (tal vez recuerden esas hordas de Cyborgs -bellisimxs y superpoderosxs soldados yanquis- creados y criados por inescrupulosxs ingenierxs genéticxs). Pero si pensamos retrospectivamente, es posible que la serie en cuestión estuviese cristalizando lo que la ingeniería militar venía trabajando desde hacía décadas. Y si algo está en el imaginario bélico también está en el campo del arte, un espacio mucho más inspirador, en el que el futuro, indefectiblemente, siempre se anticipa.
Creo que queda claro: ser Cyborg no es ser mitad humano y mitad máquina, como un Terminator. Da cuenta, más bien, de la fusión entre cibernética y organismo. La tecnología ya no se usa ni se lleva sino que se ES tecnología. Podemos considerar esto de, por lo menos, dos modos distintos. Por un lado, el Cyborg como esa figura que, mediante la actualización tecnológica extrema y permanente, procura la abolición de las distancias geográficas y de las limitaciones de los cuerpos. Básicamente, podríamos pensar que se construye en respuesta a tres preguntas: ¿qué es lo que realmente queremos ser y hacer? ¿Es la biología un satu quo? Pero, sobre todo: ¿Por qué mantener la forma y sensibilidad humana si es defectuosa?
Por otro lado, desde un punto de vista feminista, el Cyborg sería una entidad que establece conexiones; una metáfora de la capacidad de interrelacionarse y de la comunicación global que implica, al mismo tiempo, en tanto sujeto inesencial, el borramiento de las distinciones categoriales en las formas de los cuerpos (humano/máquina; naturaleza/cultura; varón /mujer). Los Cyborgs promoverían, así, una familia otra frente a la supuesta estabilidad humana. En un sueño utópico, Donna Haraway decía en el año 1988: “El cyborg es una criatura en un mundo postgenérico”. Y tal vez tenía razón. Me encantaría que tuviese razón, pero no estoy segura. Porque las nuevas tecnologías no son agentes transparentes ni medios democráticos que eliminan el problema de las diferencias sexuales o de las jerarquías de clase.
“Todos estamos camino a convertirnos en Cyborgs biológicos”, insiste Harbisson. Y, abonando este punto de vista, Sterlac explica que ya somos sistemas operativos extendidos: “tu teléfono sabe a través de un GPS que estás por llegar a tu casa y enciende las luces y la calefacción”. Los entiendo: pero yo soy sudaca, mujer, bisexual y vivo de mi escritura. No tengo plata para ponerme una antena, no soy la feliz poseedora de un GPS, ni de una mac ni mi casa se conecta con mis deseos. “Chupame el código”, no es una frase que refiera a mi realidad (chupame el cuil podría ser, pero no me excita, la verdad) y “me estoy quedando sin batería” sigue siendo, para mí, una metonimia y no una afirmación literal. Sin embargo, soy parte activa del sistema médico (tomé pastillas anticonceptivas y mi cuerpo fue modificado por las biotecnologías), a veces uso dildo, mi notebook es mi extensión física, y desde hace quince años convivo con mis lentes de contacto (mi cerebro ya no distingue entre vista “original” y corregida). Entonces me pregunto, y no estoy siendo original porque esto, también, ya lo anticipaba Haraway: a esta altura del partido ¿no somos todxs criaturas pos-orgánicas? ¿no somos todxs animales sin clase? ¿híbridos productos de diversos cruces? ¿nuestros cuerpos no toman acaso la forma diversa de los diversos proyectos socio-políticos en los que se inscriben?
“Ser Cyborg es algo que todos deberíamos desear”, sostienen Moon y Neil, “todos deberíamos tener el deseo de percibir aquello que no podemos. Si ampliamos nuestros sentidos, ampliamos nuestro conocimiento, nuestra percepción del mundo y cambiamos nuestro comportamiento”. Sin lugar a dudas suena bien, aunque un poco megalómano y también inocente. Porque, antes que nada, el ciborguismo debería obligarnos a repensar lo político y las diferencias. Como decía Haraway, debería ser un canto al placer en la confusión de las fronteras pero también debería serlo a la responsabilidad en su construcción. En este sentido, el Cyborg no puede ser, pienso yo, un despliegue grandilocuente e irreflexivo del que tiene acceso a lo mayor y mejor (a lo más extremo, a lo más único, a lo más absoluto, a los subsidios más gordos) sino una reflexión situada en torno a las exclusiones. La defensa del ciborguismo debería implicar un derrumbe del sujeto moderno y de las categorías dicotómicas que le dan forma (es decir, debería implicar también una reflexión sobre el género y el sexo así como también de la clase). En este sentido, sería alucinante que el Cyborg tomase la forma material de la lucha contra el poder y las diferencias. Porque si el monstruo tecnológico se convirtiese en promesa, nosotrxs, todxs, seríamos sujetxs potenciales de una posible revolución. Nos convertiríamos, entonces, en una manada queer y ciborg, en una Liga de la Justicia: lxs Súper amigxs en acción.





tomado de http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-4353-2016-01-15.html

martes, 12 de enero de 2016

Pensar-narrar todas las posibilidades de lo humano

"Cuando hablamos de ciencia ficción, la literatura, más que nunca, necesariamente se problematiza en su relación con la epistemología y busca fundar otras ontologías. De ahí que para Cohen narrar equivalga a “estirar un pensamiento en todas las direcciones” (Cohen 2003: 185).
En este sentido, pensar-narrar todas las posibilidades de lo humano (leitmotiv histórico del género) llevando el concepto de lo humano al límite de lo no-humano significa, por propiedad transitiva, pensar también en ese mismo sentido otras formas de la comunidad, de la epistemología, de la relación con lo divino; pero fundamentalmente,
vislumbrar relaciones inadvertidas entre estos términos que se encuentran cuando sus dominios se redefinen en ese juego de límites.
Es por eso que cuando hundimos las manos en la ciencia ficción resulta improductivo (y hasta contraproducente) aferrarnos a ciertos lugares comunes en relación con la especificidad de lo literario. En ese terreno de lo in-fundado y de lo por-fundar se mueve la narrativa de Marcelo Cohen: ahí donde la literatura juega a sacarle las banderas a la ciencia y se propone a sí misma como creadora de órdenes de realidad y como modelo de explicación-fundación de lo real."




Martínez, Luciana
Marcelo Cohen: Las fundaciones de la ciencia ficción
Orbis Tertius
2013, vol. 18 no. 19, p. 79-89



Tomado de http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.5991/pr.5991.pdf

martes, 5 de enero de 2016

Poesía y ciencia-ficción en Jotaele Andrade

Leí anoche el poema que voy a copiarles ya aquí abajo. Dentro del libro Los metales terrestres que me había deslumbrado hace unos días en mi media lectura y ahora terminó de volarme la peluca. Pensé qué rara era para mí esta poesía enorme, grandilocuante porque es grande y se agranda en el decir, llena de cositas diminutas que se unen para explotarte adentro y afuera y por todos lados. Pensé que mi poesía nunca es así de decidida, que me escondo en la ironía, incluso en la alegría y en la burla, que nunca mi poesía dice sin pudor, así como la de Andrade, tan desnuda y entregada.

En este poema en particular me llamó la atención, primero, el verso casi final que habla de "planetas extintos". A partir de él empecé a ver que tenía muchos elementos CF: elementos maquínicos, futuristas, utópicos, distópicos, paisajes interestelares, imágenes terroríficas, dobles realidades, resoluciones fantásticas, aires apocalípticos. Se los copio y después vemos:


La infinita soledad


a Penélope Carrera


pregunto como si diera
cuchilladas
en la vida

como si hurgara
en mi propia carne
buscando el hueso

¿hubo una vez una música
que no reventara como un globo
o una fruta
contra la cara de mis días?

¿hubo ya
un hombre en mí
que desandara
hasta su niño
y le pidiera perdón
por ser él
-yo mismo
apenas un grito
entre el chirrido de las máquinas
que montan y desmontan
cada día
los escenarios del mundo?

oh amor
el desconsuelo bate sus alas imprecisas

hace frío

hace mucho frío

y no pregunto por el sol
por la fogata donde cantan
y beben
amados inciertos o perdidos

no pregunto por el aire herido por las balas

yo sé que si pudiera
arrastrar la tierra de mí mismo
acabaría en mí

y habrían los mismos paisajes
el mismo caballo dando vueltas
alrededor de su sombra

el mismo niño
azorado por las arañas
y el paso de la muerte

bien sé que me llevo
con la resignación de aquello que se amó
y ha muerto
y permanece
todavía
como un sueño
como un roce furtivo

como una memoria que se reconoce
todavía

oh si las orejas fueran rotatorias
la música se escucharía diferente

seguiríamos el sonido del misterio
ya no como una moneda que resuena hasta silenciarse
ya no como un crujido en la tiniebla

sino como un cántico que nos canta
y que cantamos
al unísono

y acaso
entonces
nos bastara
comprender
que preguntamos por todos los planetas extintos
a lo largo de la infinita soledad
que nos habita





Cada vez que lo leés es más genial. Mirá:
Yo veo gore cuando dice:


pregunto como si diera
cuchilladas
en la vida

como si hurgara
en mi propia carne
buscando el hueso


Fantástico en:

¿hubo una vez una música
que no reventara como un globo
o una fruta
contra la cara de mis días?



La misma idea de Viaje a la semilla de Carpentier en:


¿hubo ya
un hombre en mí
que desandara
hasta su niño



Mundo ciberpunk:


apenas un grito
entre el chirrido de las máquinas
que montan y desmontan
cada día
los escenarios del mundo?



Distopía del día después del fin del mundo:


hace frío

hace mucho frío

y no pregunto por el sol
por la fogata donde cantan
y beben
amados inciertos o perdidos

no pregunto por el aire herido por las balas


Mundos paralelos:


yo sé que si pudiera
arrastrar la tierra de mí mismo
acabaría en mí

y habrían los mismos paisajes
el mismo caballo dando vueltas
alrededor de su sombra




Terror zombi en el amor muerto que te roza apenas:

aquello que se amó
y ha muerto
y permanece
todavía
como un sueño
como un roce furtivo




Cuerpo cyborg:


oh si las orejas fueran rotatorias
la música se escucharía diferente



Terror:


como un crujido en la tiniebla


Épica mística:


un cántico que nos canta
y que cantamos
al unísono



Mundos futuros o ucrónicos:


todos los planetas extintos
a lo largo de la infinita soledad
que nos habita




Por ahí me animo a escribir sobre esto en el próximo Frikiloquio.

lunes, 4 de enero de 2016

Alucinadas y elegidas por Gilgamesh Barcelona

Laura Ponce ha compartido la publicación de Cristina Macía.
3 min
En este mismo momento, entre los elegidos de Gilgamesh Barcelona... Emoticono grin
La Antología ALUCINADAS, convocada por iniciativa de Cristina Macía, editada por María Leticia Lara Palomino y Cristina Jurado, con prólogo de la editora norteamericana Ann VanderMeer, publicada en España por Palabaristas (digital) y Sportula (en papel), y muy pronto traducida al inglés como SPANISH WOMEN OF WONDER, con traducción de Sue Burke.
Cuentos de: Teresa P. Mira de Echeverría – Rockwell HopperFelicidad Martínez HerrerosLaura Ponce, Yolanda Espiñeira, Nieves Delgado,Lola Robles MorenoSofia RheiLayla MartinezMarian WomackCarme Torras, y Angélica Gorodischer

domingo, 3 de enero de 2016

La tía Inés vuelve recargada

Bueno: con alguna noticia hay que iniciar el año:
La historia de mis antepasadas en Entre Ríos, la que inició como cuento en 2010, se desarrolló como novela en 2011, fue abandonada y renacida como poemas en 2015, acaba de encontrar una veta CF que la hace menos autodensa, menos autoredundante y hasta me permite, creo, alguna fusión con historia épica feminista que no quería avanzar. Tampoco le pongan tanta expectativa, pero estoy contenta. El título del archivo de Word (y eso no significa nada) es Concordia no tiene futuro.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Distopía transhumanista y fábula

CULTURA // GUERRILLA CONICET

Hernán Vanoli: ''La literatura argentina, en general, la tolero como se tolera a la familia''

09:00 | El sociólogo, editor y escritor de la novela "Cataratas" quiebra la apacible escena literaria actual con una ficción pensada, pulida y al mismo tiempo febril. Dialogamos con el autor.

Por Mariana Kozodij // Lunes 21 de septiembre de 2015 | 09:00

Foto: Lolita Copacabana
Foto: Lolita Copacabana
Cataratas, editada por Random House, es una rara avis. No por su distopía transhumanista, que ya viene pululando por la literatura contemporánea, a veces de manera tímida y otras de manera fallida;  tampoco por su mirada política sobre el paso dictatorial y los pasados y presente democráticos.  Cataratas es una novela releída, reflexiva y trabajada: algo que no se ve editado habitualmente en la escena literaria actual.

La trama se inicia con Marcos Osatinsky, un becario que es amante de Alicia Eguren, pareja del titular de cátedra y profesor Ignacio Rucci. Un triángulo embebido en la historia peronista- sindical, teórico idealista/pragmática y guerrillera- que sirve de motor para empezar a narrar la incomodidad de un grupo de becarios  del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) que viajan a un congreso de sociología en Iguazú, Misiones.

Las cataratas que nos narra Vanoli tienen asidero en lo real como contexto geográfico, tropical y sensual. Pero son las relaciones obvias- y la sombra de las sutiles- entre la historia política, los consumos culturales, los excesos y los tráficos (de varias épocas) las que hacen que el relato sorprenda.

Cataratas está presentada en seis apartados que organizan la historia. El autor narra lo cuantitativo y lo cualitativo uniendo teoría y método sociológico con una prosa nutrida de un hiperrealismo perverso que mezcla corrupción, codicia, experimentación biológica, parias y exhibicionismo.

Las redes sociales (Google Iris, Twitter devenido en Mao) y la hiperconectividad forman parte indisoluble del universo que propone Vanoli.  Pero a pesar de esas tecnologías, nunca mejor entendidas como herramientas, los cuerpos funcionan como recipientes para enfermedades, mutaciones y como último bastión de larevolución personal; si es que existe tal cosa. Un futuro donde los cuerpos todavía mandan.

Con algunos momentos más volátiles como las riñas de "palomas moscas con hocico de gato" o el reality de Malvinas, que extienden la trama, la novela se desarrolla sólida de principio a fin.

Vanoli apela a guiños constantes con nombres, empresas, marcas y situaciones en las que un maletín con un poderoso experimento biológico y una valija decidirán sobre la vida y la evolución de este grupo de becarios.
Personajes que ya no podrán sostener el relato, que persiste,  de ser sujetos sacralizados de observación y análisis de la sociedad.

—¿Cuál fue tu disparador, además de ser sociólogo, para pensar en esta aventura llamada Cataratas?

Hernán Vanoli (H.V.) — Me atraen las novelas con muchos personajes, en general. Con muchas historias, donde pasan muchas cosas, donde el lector puede ir construyendo las geometrías en las que interactúan esos personajes. Después, la elección de los becarios viene por varios frentes. Por una parte, son unos trabajadores bastante precarizados, hay que decirlo, y a mí me interesa hablar del trabajo. También son un grupo social bastante infantilizado por su entorno, una suerte de eternos estudiantes, y me interesaba trabajar el espectro de posiciones que se pueden asumir frente a la beca, frente al sistema de investigación, frente a las tesis, era un mundo que yo conocía bastante bien por mi experiencia personal, y porque muchos de mis amigos son becarios. Entonces, por un lado está esa multiplicidad de posiciones que interactúan. Por otro lado está un desafío que como vos decís es bien de sociólogo, y es que me parecía que el trabajo de becario tiene un ambivalencia radical, al menos en las ciencias sociales, que son el mundo que conozco y sobre el que escribo. Se trata de trayectorias donde el objetivo es la generación de un conocimiento que no tiene porqué servir al mercado, que en un punto pueden pensarse como dispositivos generadores de conocimiento crítico, un conocimiento que siempre se genera colectivamente, en grupos de investigación, con directores de tesis, etc. Pero nunca se entiende bien desde dónde se efectúa esa crítica, ni tampoco se entiende cuál es su relación con el real funcionamiento del Estado.
A veces, el lugar desde donde escribe el becario es verdaderamente un no lugar, un poco tenebroso, también valiente. Después, todo ese costado de construcción colectiva se enfrenta con trayectorias súper individuales, analizadas y evaluadas de formas microscópicas como si se tratase de ciencias duras, y que fomentan destinos ultra conservadores, con un sistema de producción bien neoliberal en un punto, un modo de trabajo muy aislado, sustentado en redes de linaje y contactos personales, un carrerismo que de a momentos se burocratiza. Sabemos además que la ampliación del cupo de becarios es también un efecto de las políticas de desarrollo en ciencia y técnica de este último ciclo político, el kirchnerismo. Los becarios son, en un punto, los cabecitas rubias del kirchnerismo. El modo de vida del becario es un síntoma de nuestra falta de esperanzas en el cambio social vehiculizado por el saber sobre lo social; hace como treinta años Juan Carlos Portantiero ya había dicho que las universidades son playas de estacionamiento para hijos de las clases medias. De hecho la última novela de Piglia, El camino de Ida, es una novela básicamente sobre los mecanismos concentrados de vigilancia y sobre becarios en su senectud; uno de ellos rompe las reglas. Pero yo no pensaba en Piglia cuando escribía, eso fue una coincidencia. Yo pensaba en cómo reescribir La Educación Sentimental de Flaubert en nuestro contexto.
Siempre se trata de reescribir. Me parecía que ese libro, largo, de otra época, aburrido en largos pasajes y en otros demasiado naif, pero sin embargo genial y maravilloso, tiene muchas preguntas para aportar sobre las aspiraciones que puede tener una literatura y sobre las aspiraciones que puede tener una fracción dominada de la clase dominante en momentos de cambio social. Como Frederic, mis becarios son pequeños aristócratas del saber que buscan su destino.

— Decís que a veces el becario escribe desde un no lugar, un valiente; suena a marketing académico…

H.V. — Es que me parece que es una contradicción. Por una parte es un no lugar, es el lugar de la institución universitaria, laica, pública, autónoma, gratuita, la cuna espiritual de la clase media, su gran aparato reproductor a través de las credenciales y de la fe en un ascenso social que por lo general es falso y siempre depende de los capitales heredados –la idea de la meritocracia y el ascenso por medio del esfuerzo es el argumento principal de la Ley de Educación Superior del neoliberalismo, que sigue vigente-, y por otra parte están las trayectorias individuales que intentan sobrevivir en un sistema demente e impiadoso, altamente burocrático y separado de cualquier idea de desarrollo nacional. Quiera o no, el becario cultiva cierta intrepidez para existir en el vacío, y hay muchos que realmente tienen cosas para decir. Ahora bien, habría que empezar por reconocer que una sociedad que te obliga a elegir una carrera,  un destino, cuando tenés 16 años y atravesás la primera de las cuatro o cinco etapas de la adolescencia es un poco criminal. Una vez que una persona elige, muchas veces sin demasiadas otras opciones porque la formación de nuestras universidades públicas es totalmente abstracta e impiadosa, al menos en las facultades de humanidades y sociales, tiene que tener cierta valentía para sostenerla.
Pero esto no significa que yo haga marketing académico, sino todo lo contrario. Creo que a la academia hay que cuestionarla de raíz, como al sistema político, y principalmente a las imágenes de felicidad que nos conforman. 


— Al igual que en Pinamar, donde trabajaste con relatos de la crisis del 2001, en Cataratas se perfilan los relatos que se dan sobre la actividad académica, la política, el marketing,  las redes sociales, el tráfico de la lujuria, el dinero, los agroquímicos, etc. ¿Cómo fue el proceso de construcción de este universo que tiene los tintes necesarios para ser futuro pero que al mismo tiempo se concentran en un presente casi posible?

H.V.— Siempre me obsesionó el lenguaje de la política. Lenguaje del estado, violencia y lenguaje, el lenguaje como partícula elemental del poder. El poder necesita ser contado, y es contado por la Cultura, la Industria, la gilada o como nos guste llamarla, y la literatura es una suerte de contrarelato que vampiriza, horada, deforma. Me interesa el lenguaje del marketing porque creo que es muy performativo, mucho más rico de lo que se cree, y además ese, el del marketing, es el lenguaje de la política en la época en la que me tocó vivir. No hace falta que me refiera a los políticos, y mucho menos a los candidatos presidenciales, para que cualquiera pueda darse cuenta de que el lenguaje del marketing y de la publicidad informa al de la política pero al mismo tiempo es mucho más sensual y sugerente.

La política es la hija boba del marketing, y cuando la política supera al marketing se muestra incapaz de generar su propio lenguaje y se termina sirviendo de lenguajes del pasado. Eso es una tragedia.
Las redes sociales son un ulular constante que sólo puede ser codificado en el lenguaje del marketing; básicamente porque la materialidad de las redes sociales está estructurada para eso. Ahora bien: el hecho de que me interesen los lenguajes no significa que tuviera que escribir una novela aburrida o contemplativa. Por eso intenté unir esos lenguajes, sus rispideces, en una novela de aventuras. Dicho esto, no podía ser una historia pensada desde un realismo clásico o convencional, porque para mí eso no es realismo sino una evocación a los protocolos de lectura de la cultura literaria. Seguro es una limitación, yo siempre quiero hacer realismo y no me sale, porque no me puedo tomar muy en serio lo que pasa, siempre lo siento como la avanzada de algo mucho más siniestro y al mismo tiempo cariñoso y banal. Me interesa más el hiperrealismo, pero no entendido como “muy realista”, sino como un tipo de perspectiva que desborda los protocolos de mirada del realismo convencional sin renegar de ellos. Los personajes de Pinamar tenían otra edad y vivían en un estado de excepción donde el estado era raquítico y ni siquiera podía garantizar el monopolio del lenguaje del dinero –muchas monedas, muchos presidentes, la gente igual de vacaciones-, y hablaban el lenguaje arrebatado de una política crispada. Los personajes deCataratas viven en un estado de excepción donde el Estado es un actor central en los procesos de construcción de la subjetividad, el Estado engordó, construyó derechos y despachos, intentó enseñar el bien, pero sin embargo apenas puede garantizar la supervivencia biológica, no puede garantizar ni siquiera la privacidad porque se ve desbordado por poderes que lo exceden y con los que tiene que negociar en forma permanente. Entonces el mundo de Cataratas fue surgiendo como un universo paralelo, algo deforme, con elementos exacerbados  como la cuestión de la interfaz corporal de las redes sociales, otros congelados como el parque automotor, otros retrocedidos como el sistema de casinos instalado en las represas hidroeléctricas, pero es un mundo donde principalmente todo se negocia, mientras que en Pinamar las bandas actuaban por fuera de la ley, casi sin ley.


— Los nombres de todos los personajes tienen una intencionalidad muy fuerte (guerrilleros, sindicalistas, peronistas, famosos) como así también los lugares que visitan, las marcas que consumen ¿Desde un comienzo te planteaste esa veta tan ideológicamente visible para la historia?

H.V.— Me encantaría decirte que todo fue pensado desde el principio pero sería una mentira. La cuestión de los nombres no fue desde el comienzo, fue a medida que la historia se desarrollaba y un poco me llevaba por delante. Considero a los nombres muy importantes, por esta cuestión del realismo que veníamos hablando, no le puedo poner Juana Jiménez a un personaje y que no signifique nada, prefiero hacerlo bien artificial y que tenga un sentido. Partí de algunas hipótesis. Por un lado está la cuestión de la farándula en los ochentas, quiénes son nuestros famosos después de la dictadura militar, cuando la Argentina tiene esa enorme voluntad de reconstruir sus instituciones, modernizarse y decir “nunca más”, qué pasa en esa cuerda emocional e inconsciente que después fue recapturada por el canal Volver. Qué pasó en el ecosistema mediático en los ochentas, qué le debemos, hasta que punto la porquería que es la televisión privada argentina hoy es tributaria de eso, me parece que no está pensado. Después, está la cuestión de las generaciones de escritores. La generación mayor a la mía tiene una relación muy sacralizada con los militantes de las organizaciones armadas y los desaparecidos, en un punto se sienten culpables por no haber participado y en otro se sienten agradecidos por haber sido demasiado chicos como para hacerlo. Eso está claro en la última trilogía de Alan Pauls, esa fascinación melancólica y derrotada, pero puede rastrearse en toda una generación y sus maneras moralizantes de abordar el problema, siempre responsabilizando a la sociedad civil por su colaboracionismo, como si los escritores fueran una suerte de conciencia moral progresista de la nación. No obstante, por lo general, compraron el discurso estatal que los construye como víctimas, víctimas del terrorismo de estado.
Y aunque me parece que en un punto es cierta, a mí la figura de la víctima me parece muy problemática. Es una suerte de endiosamiento tanático que impide pensar, y en un punto es solidaria con la teoría que sostiene gran parte de la clase media argentina, más allá de su signo político, y que es que los desaparecidos eran pobres pibes arrastrados sea por las cúpulas, sea por el clima de época, que chocaron contra una maquinaria asesina, el ejército. Sinceramente creo que la dictadura militar fue nefasta, inoperante, torpe y asesina, pero también siento que aquellos que militaban en las organizaciones armadas que pretendían tomar el poder no fueron simples víctimas altruistas, fueron personas conscientes que tomaron decisiones seguro equivocadas, que decidieron matar, que decidieron combatir, que encontraron un sentido a sus vidas en objetivos que trascendían la mórbida acumulación genealógica o el turismo, que estaban fascinadas por la estética de la violencia, pero eran gente de acción, no sólo víctimas con derechos que el Estado tiene que proteger, en una figura que se usa tanto ahora, y me parece necesaria pero insuficiente porque en un punto clausura la discusión sobre la época.
Lo mismo hacen versiones de los setentas supuestamente más frescas pero en realidad más idiotas, que pintan a los militantes como personas que sólo querían coger o desplegar sociabilidad, o que por ejemplo proponen que la actividad de las Madres de Plaza de Mayo fue precursora del spam. No me sorprende, como tampoco me sorprende que la cultura de izquierdas, deplorable y añeja, no haya podido construir una épica en torno a esos combatientes, aunque es obvio porque la cultura de izquierda no cree en la trascendencia, todo termina en la muerte, el Papa es malo, etc. Si se quiere, en el universo de Cataratas los montoneros expulsados de la plaza tomaron un túnel transdimensional y fueron a parar al Conicet –un poco fue lo que pasó, exilio mediante-, con sus contradicciones, sus ambivalencias y su deseo de mejorar las formas de vida preponderantes en su entorno. Por eso elegí figuras centrales en la historia oficial, en la desaparecidología oficial, como puede ser Gustavo Ramus, pero también figuras laterales, cuyas historias no son tan conocidas, militantes rasos muchas veces asesinados en formas crueles, pero que tenían una historia de vida por detrás.


— Ubicás la posibilidad “transdimensional” de los montoneros como becarios Conicet en Cataratas… ¿los integrantes de la organización Surubí, que aparecen en tu texto, qué plano tendrían en transferencia con la historia argentina?

H.V. — El lenguaje es un juego de espejos y de sombras, y lo mismo pasa un poco con lo arbitrario de la nominación. Todos los que apelan a la transparencia, a la verosimilitud basada en un cierto vitalismo a mí me parecen unos estafadores, toman por idiota al lector. Los integrantes de Surubí no tienen ninguna referencia histórica directa, desde ya que no pueden pensarse en paralelo con las organizaciones armadas, ni con los malones, ni con los bandoleros u otras formas de violencia popular. Son otra cosa, en primer lugar porque su rasgo fundamental en tanto grupo es que son una comunidad de enfermos. Se supone que, para delimitar sus fronteras y producir un antídoto capaz de consolidarla ante los ataques exteriores, la comunidad tiene que expulsar a los débiles, producir una explicación para el sufrimiento, una teodicea, y ser capaz de expulsar a los desfavorecidos. Surubí es una comunidad de enfermos –podría decirse: de enfermos que se niegan a asumirse como víctimas-, su doctrina es una ensalada ideológica muy lábil, veneran a Henry David Thoreau (“la desobediencia es el verdadero fundamento de la libertad”), leen el Corán, no tienen un programa o una creencia demasiado articulada, su utopía es defensiva y en cierta manera premoderna aunque con rasgos de millennials; sólo te piden que te infectes, que pongas el cuerpo. Su transferencia con la historia argentina es a futuro, aunque por supuesto tienen algunos repertorios de acción nacionales y populares, como el piquete, o latinoamericanos, como la vinculación con el tráfico de droga.


— Uno de los rasgos descriptivos que se repite es la manera en la que te focalizás en las expresiones faciales de tus personajes ¿Cómo trabajaste esa idea?

H.V.— Me encantan las buenas descripciones de rostros, pero no me salen, todavía las estoy practicando, creo que son uno de los desafíos más lindos del arte de narrar, entonces preferí tomar un atajo y describir sensaciones que van tomando el poder en las facciones, y en especial esos momentos donde la vacuidad del universo y los interminables momentos de espera y desasosiego que nos conforman se nos pegan en el rostro y conforman la expresión facial neutra.


— Leer Cataratas lleva inmediatamente a Huxley pero también a todo un batallón de películas como Gattaca, Brasil, Doce Monos, Matrix, etc ¿hay influencias directas del cine en tu escritura?

H.V.— Totalmente. Consumo todo el cine de ciencia ficción que puedo. Desde lo clásico hasta lo nuevo, me gusta mucho también el trabajo sobre los géneros del cine coreano y del cine japonés. Trato de pensar lo que escribo como películas, o en realidad en diálogo con las películas. Creo que la literatura es superior a los modos de entretenimiento audiovisual, pero debe escribirse en tensión con ellos. Tiene que intentar superarlos, o al menos hacer cosas que no pueden, y creo que en ese punto lo clave es el trabajo con el lenguaje, obvio, pero también con la ideología. Si voy a escribir un libro que es como una película pero más aburrido bueno, ahí hay un problema. Si creo que soy un artista visual que trabaja con palabras, otro problema. La autonomía no existe, pretender que la literatura es un refugio del entorno mediático es conservador. Tiene que ser un revulsivo. Y por supuesto que tiene que incluir un cierto nivel de abstracción que en el entretenimiento audiovisual no existe y sí es importante en las artes visuales. La poesía tiene eso. Pero, y esto es una cuestión de gusto personal, prefiero que la narrativa se parezca más al cine que a otras artes. 

— Hace unos años, en una entrevista con Ana María Shua, señalaste que  "Si no hay violencia, si  es una literatura que te pone en un lugar muy cómodo, no funciona" ¿sentís que con Cataratas pudiste lograr esa incomodidad?

H.V.— No lo sé, al menos yo me sentí bastante incómodo escribiéndola y eso es algo. Incómodo porque si bien yo ya no trabajo más en el sistema académico le reconozco muchas cosas, me formó y de ese sistema participan personas muy valiosas. Es un lugar extraño, mi familia, mis amigos pasaron o están en ese sistema. Quizás algunas personas del CONICET se sientan incómodas, quizás algunos becarios, no lo sé, yo no escribí para eso. No me interesa incomodar a personas. Me interesa interrogar dinámicas sociales e institucionales, creo que en el fondo eso es mucho más incómodo, y aunque no haya respuestas deja algo.
El otro día un amigo editor, que fue al Colegio Nacional de Buenos Aires, sobre el cual la novela hace bastantes comentarios, me pasó un link del diario Le Monde que contaba que en Japón estaban cerrando las carreras de humanidades y de ciencias sociales porque consideraban que estaban fuera de época y no servían para nada. Bueno, yo creo que los japoneses, un pueblo al que admiro, son un poco drásticos, y desde ya que jamás creería que hay que cerrarlas. Quizás subordinarlas en serio al modelo de desarrollo que elige el país, quizás integrarlas de otra manera con las necesidades del estado, quizás generar un polo de alto desarrollo en teorías sociológicas, pero cerrarlas no. Es una discusión, y por supuesto que es incómoda, fijate que nadie, ningún político, ni siquiera el kirchnerismo en diez años, ningún candidato se atreve a tocar a la educación superior pública, al CONICET, son totems en la buena conciencia, parte de la identidad del “país de clase media” que somos. Creo en el poder redentor de la violencia, y creo en que discutir consensos- desde el plano de la fantasía- incomoda mucho más que “narrar las grietas de la propia clase social” desde protocolos que se regodeen tanáticamente en las fallas de la moralidad pequeñoburguesa a través de un realismo soso, o que invoquen a un reviente adolescente como fuente de una supuesta sabiduría conservadora.

— ¿Podemos pensar en Cataratas como una distopía transhumanista?; ¿Una fábula del  peronismo y guerrilla CONICET?

H.V. — A pleno, me gusta esa lectura que proponés. Una distopía –siempre en tensión con las utopías sociales, que son casi el único tema que me apasiona- y una fábula –en el sentido de una estructura simple y opaca a la vez, un tratado sobre las pasiones-. Y el peronismo, claro, que sigue siendo el gran tema, el Estado y el Peronismo, sus distancias, sus superposiciones, dos máquinas de guerra solapadas. El Peronismo es un acelerador de partículas narrativas capaz de vendernos que la guerrilla fue llevada a cabo por víctimas del terrorismo de un Estado que ahora es una enorme enfermera dadora de derechos y propulsora de la dignidad del trabajo. La construcción me resulta fascinante, desde luego que no la compro, pero es notable.


— Sos lector, crítico, escritor y editor ¿Cómo ves cada uno de esos espacios en la actualidad?; ¿Cuál es el proyecto cultural desde el que escribís? 

H.V.— Como lector, creo que se lee mucho, que el lector en general es muy paciente, y que cada vez hay más estímulos cada vez más complejos, y que un lector es no sólo un hermeneuta sino un administrador virtuoso de sus tiempos, porque todo el tiempo encuentro cosas que me interesan y lo importante, me parece, es organizarse. Me gusta leer divulgación científica y leer el discurso de las marcas, porque las marcas están en todas partes, son religiones en el clóset, como la literatura también lo es.
Como escritor, creo que todo el mundo escribe, que mucha gente lo hace muy bien, y que lo que hace falta es más discusión. En Twitter hay un chiste muy resentido que dice que hay más talleres literarios que escritores. Como todo chiste tiene una parte de verdad, pero creo que en realidad faltan más buenos talleres literarios, buenas escuelas de escritura ficcional, y buenos talleres de lectura y espacios de discusión; los que en general hacen ese chiste son poco capaces.
La literatura argentina, en general, no me gusta, la tolero como se tolera a la familia. Con respecto a la edición, bueno, es un poco largo el tema, yo estoy muy contento con el trabajo de edición que hago en Momofuku con Lolita Copacabana, a paso lento pero firme, y el papel en este país es carísimo porque hay un oligopolio muy ineficiente y un sistema industrial muy atrasado que tienen protección estatal.
Mi proyecto cultural como escritor es, en el plano personal, tratar de superarme libro a libro, y esto me requiere mucho tiempo, esfuerzo, sufrimiento y concentración, que desde luego no valen la pena en términos económicos, pero sí valen la pena en los términos de que la literatura como actividad vital tiene algo muy hermoso, casi religioso, es una manera de imaginar mundos, de combatir la estupidez propia, de suscitar emociones y discusiones que uno, espera, puedan de alguna forma intervenir en la imaginación pública para enriquecerla y densificar las experiencias de lo político, de la vida cotidiana, del consumo, de la tierna y peligrosa complejidad que tienen las relaciones humanas.

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Cataratas, de Hernán Vanoli
Novela, Literatura Random House
Buenos Aires, 2015.
456 p.



viernes, 11 de septiembre de 2015

Aún cuando es dolorosa, escéptica, pesimista, alarmista, e incluso apocalíptica, contiene una celebración del mundo

Marcelo Cohen: "La ciencia ficción es el género mejor equipado para indagar lo que nos pasa y lo que nos espera"


Marcelo Cohen llega a la Feria del Libro para hablar sobre su trabajo. Buena parte de su obra está inscripta en la ciencia ficción, género que reivindica por su potencia para captar aspectos de la realidad.




Por Flavio Lo Presti0




Como tantos autores latinoamericanos (Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Juan José Saer), Marcelo Cohen ha construido un territorio literario propio, señalado por una toponimia extravagante, un no menos extravagante registro civil y una extrañeza ligera en costumbres y entorno tecnológico que nos hace pensar en un mundo paralelo y cercano en el futuro. Se trata del Delta Panorámico, fundado al regreso de su exilio español: un homenaje a la cultura fluvial de nuestro país pero también un territorio cuyas reglas están bajo su control, y que funcionó para Cohen como un amortiguador contra el impacto de la vuelta a la Argentina.

Difusor y amante de la ciencia ficción, editor, traductor prestigiosísimo y fundador de grandes revistas culturales, Marcelo Cohen se presenta este viernes en la Feria del Libro y recibirá el sábado el premio Cultura 400 Años otorgado por la Universidad Nacional de Córdoba. Dueño de una prosa refinada y exigente, escritor renuente a la demanda pública, Cohen dialogó con Ciudad X sobre su obra y sobre el destino de la revista Otra parte, que fundó con Graciela Speranza y que abandonó el papel a favor de una versión digital.



–Usted ha manifestado una reticencia con respecto al crecimiento de la figura pública del escritor en detrimento de la atención a la escritura. ¿Cómo vive esta visita a la Feria del Libro y el contacto directo con los lectores de Córdoba?

–En general yo he sido muy descuidado con las estrategias y nunca he pensado qué hacer con mi presencia. Hace años que no piso la Feria del Libro de Buenos Aires, me parece un evento totalmente desmedido, descomunal en su cantidad de ofertas, imposible de abarcar, excesivamente duradero y muy ligado a la venta de libros. Los festivales de literatura en general no me gustan por esta razón que vos decís, porque la mínima visión que he tenido de algunos de esos festivales me da la impresión de que la gente va más a ver al escritor, incluso a escuchar qué dice, y ese tiempo de atención no redunda en un aumento del tiempo de atención a la lectura, que hoy (en el mundo de los dispositivos, de la gente entregada a la empresa personal de sí misma, a la confesión abierta, a la revelación inmediata de cualquier actividad que uno haga) ha mermado. Pero siempre he tenido una gran simpatía por la cultura de Córdoba, es una feria mucho más reducida, mucho más equilibrada y la invitación fue calurosa y ferviente y entonces espontáneamente dije sí, a eso voy. En general mi idea es: donde te quieren andá, sobre todo si creés que podés ofrecer algo. Además vino la grata sorpresa, inesperada, del premio de la Universidad.

Incluso el sueño está a punto de ser invadido. Hay gente que se levanta varias veces por noche a chequear sus mails. Y atacar el sueño es aniquilar la imaginación.

–Usted no tiene cuentas en redes sociales, y sorprende un poco el rechazo a ese punto tan incandescente de la relación entre hombres y tecnología en un escritor de ciencia ficción.

–No tengo fobia a la tecnología, soy un hombre que vive en esta época. A lo que me resisto es a que el mundo de los dispositivos y de la aceleración permanente se permita la ocupación total de mi tiempo. Lo que se produce con esa brutal tiranía de los dispositivos y de dar cuenta permanente de lo que uno hace sin prudencia, es la participación en una conversación tan multitudinaria que es un ruido. Si esas obligaciones ocupan totalmente mi tiempo, impiden algo que es sumamente necesario: la ausencia. La ausencia para tomar conciencia de algo que debemos saber: que somos un precipitado de las experiencias que hemos tenido con los demás, pero que el curso profundo y real de nuestra vida es para nosotros solos. Si uno no tiene momentos de ausencia no lo puede hacer, y tampoco masticar lo que le está pasando. Cuando no podemos estar solos y súbitamente lo estamos viene el miedo, y el miedo es el mayor estimulante de la neurosis, de la violencia, de los disparates. Incluso el sueño está a punto de ser invadido. Hay gente que se levanta varias veces por noche a chequear sus mails. Y atacar el sueño es aniquilar la imaginación.

Sin etiquetas
–¿Se siente incómodo con la etiqueta “escritor de ciencia ficción”?

–No, nunca me ha incomodado, lo que pasa es que yo matizaría eso. Hoy es muy difícil hablar de una sola manera de la ciencia ficción. Algunos de mis maestros literarios son escritores de ciencia ficción, que me ha ofrecido muchas cosas en cuanto al placer de la lectura y a la riqueza del pensamiento. Los grandes escritores de ciencia ficción, sobre todo a partir de los años ‘60, son muy sensuales, de una sensualidad dolorosa o fragante. No tengo problemas con la etiqueta, además creo que es el género mejor equipado para indagar lo que nos pasa hoy con lo que nos espera muy inmediatamente. Pero mi formación y las lecturas que yo quiero no son sólo esas, estoy formado y sigo leyendo literatura muy distinta.



–En “Ciencia Ficción, Utopía y mercado”, Pablo Capanna dice que la ciencia ficción salvó el impulso de abordar los grandes temas cuando la ficción generalista se retrajo hacia una interioridad estéril.

–Hay un momento culminante en cuanto a la retracción y la economía a la desnudez de la literatura central que es un camino hacia la indagación de las posibilidades del lenguaje de tomar contacto con lo real, algo totalmente inverso al de la ciencia ficción. La ciencia ficción, aún la más crítica, la más preventiva, tiene un intento de apropiación del afuera. Aún cuando es dolorosa, escéptica, pesimista, alarmista, e incluso apocalíptica, contiene una celebración del mundo. Hay una mirada sobre la prodigiosa diversidad de lo real de cuyas mezclas y combinaciones siempre salen cosas nuevas. Todos sabemos que de esa suntuosa diversidad, el lenguaje nunca va a poder hacerse cargo. Pero en la ciencia ficción está ese deseo. De todos modos, yo abogo por la mezcla. Hoy hay una gran cantidad de escritores muy interesantes, como Oliverio Coelho, Leonardo Oyola, Luciano Lamberti, o como Germán Maggiori. Estos escritores nuevos mezclan el pop, la televisión, los espectáculos populares, los mitos, los personajes ficticios de la cultura popular, el policial barrial, la comedia negra, muchas cosas con detalles de prospectiva. Con elementos futuristas. Y eso está un poco más allá de la ciencia ficción o es una ampliación de la ciencia ficción. Y a mí me gusta por lo tanto no hablar de ciencia ficción sino hablar del fantástico.

–A esta altura del desarrollo del Delta panorámico, ¿qué relación tiene con ese proyecto? ¿cómo lo ve?

–Y bueno, es un lugar donde yo vivo buena parte del tiempo, no te puedo decir más que eso. No me puedo ir de allá. Desde que empecé a escribir en el Delta Panorámico hay un solo libro mío, Impureza, que transcurre en un lugar que no es exactamente ese. M. John Harrison, uno de los mejores escritores vivos y de los pocos que hace literatura realmente fantástica, tiene una frase que yo cito mucho: la literatura fantástica es el viaje al extranjero de la literatura. Yo me paso buen tiempo ahí, en ese lugar hipotético, con la impertinencia y la confianza que me permite quedarme todo el tiempo que quiera sin molestar. También pasan cosas imprevistas, y en la medida en que las cosas que uno hace suceder se mezclan con los imprevistos, uno se conmueve. Y la mirada desde ese lugar sobre nuestro mundo es mucho más despejada, para mí, que la que uno tiene sobre este mundo mientras está adentro.

Estar en "Otra parte"
Junto a la ensayista Graciela Speranza, con quien se casó en 1993, Marcelo Cohen fundó la prestigiosa revista Otra parte, que tras 12 años y 30 números dejó de salir en papel en julio de 2014 y se pasó a una versión on line.

“La revista en papel estaba hecha por un equipo que incluía un consejo de asesores formado hace 15 años, es una revista independiente que exige mucho esfuerzo, constancia, y notábamos que el interés de los colaboradores ya no era el mismo. De modo que decidimos interrumpir, terminar el ciclo de papel, e ir a la web porque es una manera de tener muchos más lectores”, explica Cohen.

Y añade: “Queríamos reivindicar el muy desmejorado arte de la reseña breve que a lo largo del siglo 20 tuvo momentos culminantes y que hoy está muy abandonado, subestimado, maltratado. Tratamos de hacer reseñas breves que el lector pueda leer rápido pero que contengan las mejores posibilidades retóricas que ofrece el tratamiento del tema, textos alejados tanto del papel académico escrito para congresos como del periodismo apresurado. Ahora decidimos de vez en cuando hacer algo en papel, un nuevo ciclo que no tendrá una periodicidad fija: serán entregas, y la primera va a salir a fines de octubre. No queremos abusar del papel porque no hay que contribuir a la tala excesiva de árboles, pero de vez en cuando hay que tener algo que se pueda dar de mano en mano, el contacto de una persona a otra a través de un hecho físico”.








En la Feria del Libro. Marcelo Cohen dialogará acerca de su obra con Raquel Garzón. La cita es el viernes 11 a las 19.30 en el Patio Mayor del Cabildo (Independencia 30). En la UNC. El sábado 12 a las 12, en el Auditorio Facultad de Lenguas (Vélez Sársfield 187), Cohen se referirá a la tarea del traductor y recibirá el Premio Universitario de Cultura “400 años”.

Perfil. Marcelo Cohen nació en Buenos Aires, en 1951. Es traductor, crítico, novelista y editor. Entre 1975 y 1996, residió en España. Publicó las novelas Insomnio, El sitio de Kelany, El oído absoluto, El testamento de O’Jaral, Inolvidables veladas, Donde yo no estaba, Impureza, En casa de Ottro, Balada y Gongue. Es autor asimismo de los libros de cuentos El instrumento más caro de la tierra, El buitre en invierno, El fin de lo mismo, Hombres amables, Los acuáticos y La solución parcial, y de los volúmenes de ensayos Buda, Realmente fantástico! y Música prosaica. Dirige la colección de ciencia ficción Línea C de la editorial Interzona.




Tomado de http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/marcelo-cohen-la-ciencia-ficcion-es-el-genero-mejor-equipado-para-indagar-lo-que-nos